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COLUMNA

Gran Vía digital

Cojo mi cámara digital y me voy a hacer fotos a la Gran Vía. Desde la calle de la Montera, Nike avanza como un gigante sin nombre, sólo ese símbolo en forma de boomerang estilizado (Nike siempre vuelve) y dos zapatillas enormes impresas en una tela que cubre el edificio de McDonald's, ese imperio de desechos cárnicos para niños que, como un coloso con los pies embarrados, se defiende últimamente en televisión de la locura bovina a través de unas preguntas casi desesperadas: '¿Por qué tanto cuidado? ¿Por qué tanta calidad?' Si los responsables publicitarios hubieran leído Adiós a la publicidad, de Oliviero Toscani, autor lúcido y radical de las controvertidas campañas de Benetton, quizá hubieran usado ese espacio privilegiado para llamar la atención sobre las condiciones en las que viven las prostitutas que trabajan a los pies de Nike o sobre los peligros persistentes del sida. En esa esquina, los yonquitaxis recogen clientes para llevarlos a los hipermercados de droga que, como la mayoría de las grandes superficies comerciales, están en el extrarradio.

En la isleta de la red de San Luis, varios policías, impecables, han aparcado sus motos, muy brillantes. Llevan sobre los pantalones botas altas (y bruñidas, tendría que decir, pero no sé si me atrevo), y uno de ellos, un pasamontañas negro que le cubre la cara. No impresionan, parece que cayeran del anuncio de Nike o fueran moteros ortodoxos llegados a una de esas concentraciones cuyo objetivo es llegar hasta allí a concentrarse en la visión de sus máquinas. Parecen, en realidad, falsos polis de telefilme norteamericano, de esos en los que lo horrible parece de mentira y se ve cómo saltan por los aires cuerpos propulsados por explosiones nucleares mientras uno se muerde un padrastro. Pero cuando paso al lado de los polis de nueva generación espío lo que les cuenta por la radio un compañero: 'A ver si podéis llegar cuanto antes, hombre, que la mujer está mal, tiene sesenta y pico años, parece que el marido le ha dado un golpe y le ha roto algo, ya hemos ido otras veces, el hombre está en tratamiento psiquiátrico pero bebe todo lo que quiere y más, a ver si llega pronto una ambulancia, hombre'. Tiene una voz muy humana.

En la puerta de Madrid Rock hay una panda de hiphoperos con enormes pantalones caídos y gorritos de lana. Uno lleva una cazadora azul celeste con grandes letras rojas en la espalda: BAD BOY. Puede que sean los que por la noche bailan en la puerta de Zara. Ponen un radiocasete y salen por turnos; algunos son buenísimos y hacen piruetas increíbles, otros son voluntariosos y se esfuerzan por no romperse las vértebras: no sé qué es más admirable.

Al lado de la Casa del Libro, debajo del rótulo de Unión Relojera Suiza, entre un entramado de andamios interminable en el tiempo, pide limosna una anciana con abrigo de paño negro y una bufanda roja. Tras ella, sobre su cabeza, dos relojes de esfera grande y blanca marcan las seis. No sé si están parados: en mi foto sí. Veo enfrente el rótulo de SEPU, ejemplo de dignidad empresarial: humildemente supera los reveses de la moda y hasta la burla. Un amigo budista de origen burgués me dice que cuando compra algo en SEPU tira la bolsa porque le da vergüenza llevarla por la calle. SEPU es la lucha de clases. Siempre vuelve, como Nike.

Pasa una chica con la cara llena de piercing y una tabla de snow board bajo el brazo. Me pilla intentando hacerle una foto y se enfada muchísimo, ni que fuera musulmana. Pasa un tío gordo con tres rottweillers. Seguro que tienen papeles. Él lleva chupa de cuero y botas militares. Los chirimbolos de la plaza de Callao ofrecen Martini exclamando '¡Viva la Vita!' Yo no paro de disparar y me descubren dos mexicanos. El más alto se apoya en los hombros de su amigo, de rasgos indios, y sonríe, provocándome. Son los únicos que no se han apartado y les hago una foto en la que me miran de frente. Cuando la veo me pregunto si tendrán papeles.

Cubriendo otro edificio en rehabilitación, un gran cartel, en el que unos adolescentes logran avanzar por un terreno escarpado de rocas con un mar bravo al fondo, advierte: 'Tú creas el camino'. No recuerdo qué venden.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de febrero de 2001