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COLUMNA

Inmoral

Cuando el mundo estaba dividido en dos grandes bloques políticos, una de las aberraciones que Occidente echaba en cara a los soviéticos era la falta de libertad de movimiento de sus ciudadanos. Limitar el derecho esencial de las personas a trasladarse allí donde deseen es una atrocidad, clamaban las democracias con toda la razón. Y es tan básica la necesidad de espacio en los humanos (somos animales ramoneantes, nómadas) que el sistema soviético se derrumbó, entre otras cosas, debido a esta opresión.

Pues bien, hoy el llamado mundo libre se afana en restringir esa libertad para la mayoría de los habitantes del planeta. Los comunistas prohibían salir; las democracias prohíben entrar. El problema de la emigración es la cuestión crucial del siglo XXI. Es un asunto que atormenta, porque nos remite a una injusticia sin paliativos. Nuestra conciencia sabe que es inmoral que nosotros tengamos tanto y otros tengan tan poco; y que de la miseria a la abundancia sólo medie el azar del nacimiento. La completa arbitrariedad de nuestro bienestar resulta vertiginosa e inquietante.

Pero, por otra parte, ¿cómo afrontar el tema? No cabe duda de que todos los humanos tienen derecho a vivir donde prefieran; pero tampoco cabe duda de que no es posible permitir una inmigración sin límites: sería el caos y se dispararía la violencia xenófoba. Estamos abocados, pues, a actuar de manera indecente; a poner algún tipo de barreras, a establecer cupos. Quiero decir que, aunque nuestra Ley de Extranjería fuera la mejor posible (y ésta, desde luego, no lo es), las iglesias seguirían llenándose de desesperados. No hay iglesias suficientes en Europa para acoger a los expulsados del bienestar en el mundo: son miles de millones. No sé cómo solucionar esta tragedia, pero existen maneras de paliarla. Hay que conceder a la emigración un interés prioritario y establecer políticas que no primen el rechazo, sino la admisión. Estoy segura de que necesitamos más inmigrantes que los legalizados y de que podemos absorberlos sin conflictos si ponemos todos los medios para la integración. Es decir, lo que es una vergüenza, y un fracaso político imperdonable, es que en El Ejido, por poner un ejemplo, perdure el apartheid más repugnante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de febrero de 2001