Columna
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¿Todos bisexuales?

Hace unos días, la única asociación bisexual francesa existente hasta el momento, Bi Cause, lanzó su primer manifiesto en París. Los gay, las lesbianas, las minorías sexuales del siglo XX se conformaron con vindicar sus derechos para salir del armario. Los 'bisexuales', sin embargo, desean más: aspiran a propagar sus ideas y cambiar el mobiliario completo.

El comportamiento bisexual apenas alcanza a un pequeño porcentaje de hombres y mujeres, pero se erige, entre crecientes especulaciones, como el modelo del futuro. La pretensión se apoya en el espíritu mismo de nuestros tiempos postmodernos. La postmodernidad ama la mezcla, la hibridación, los cambios, la ambigüedad, el collage. En el pensamiento postmoderno las diferencias no se establecen por oposición, no existe el juego frontal o binario de izquierdas/derechas, elegante /vulgar, antiguo/nuevo, sino las polidiferencias. La postmodernidad manipula los conceptos como surtidas unidades de un muestrario y juega con los patrones de lo retro, el mix, el trans o el kitch, dentro de cuyo estilo se integra, con pertinencia, la función 'bi'.

Una vez que el sexo, tras la clonación, la inseminación artificial o la reproducción in vitro, ha logrado emanciparse de su carácter reproductivo, acrecienta con más énfasis su uso de carácter recreativo. Y siendo así, ¿no se indagarán otras nuevas oportunidades de degustación? Los bisexuales de hoy se presienten los modelos culminantes del mañana, representantes de una elección más vasta, desprejuiciada y amena (y humana). Son también, según explica el psicoanalista Christian David en Le Nouvel Observateur, individuos que se han despojado de la fatalidad sexual, porque 'la bisexualidad', dice, 'es equivalente al anti-destino. Se nace hombre o mujer sin haber participado en esa elección categórica y quedando sometido a sus efectos, mientras el bisexual conduce su designio y dispone con holgura los nexos con los otros grupos.

En una cultura que tiende a la individuación, la personalización de las vidas y a la protección de la biodiversidad, el bisexual introduce un evidente potencial de cualidades añadidas. Hasta ahora, el sexo ha sido demasiado decisivo para conformar la identidad y todas sus consecuencias. ¿Por qué someterse a su anticipado plan? Algunos antropólogos sostienen que es ahora tiempo de considerar al sexo sólo como una pequeña porción del cuerpo, como una menuda porción de identidad, y disolver la rigidez de sus barreras. Una proposición que avanza, además, en la dirección de las nuevas y mejores propuestas feministas que reclaman la diferencia no ya de sexo o de género, sino de mujer a mujer, de persona a persona.

Si el sexo, se dice, es tan bueno que ¿por qué limitarlo a una especialidad? Desaparecida su orientación reproductora ¿por qué no abrirlo a otras peripecias menos genitalizadas? O también: alterado el patrón sexual, ¿cómo no imaginar el paso de una sexualidad coitocéntrica a otra multiforme y más dispersa? El cuerpo, antes concentrado en las misiones de su herramienta genital, se desharía de su premeditación unívoca y se desplegaría pluralmente hacia otros parajes.

Porque lo unívoco, lo uno, lo permanente ya no es de este mundo. La heterosexualidad tradicional ha sido desmontada por los movimientos de las lesbianas, los gay, o los transexuales y ahora cada uno de esos grupos, antes repelidos, han hallado su lugar donde acampar entre la creciente complejidad del paisaje contemporáneo. Pero el bisexualismo significa algo más que una modalidad adosada a la abierta multiplicidad actual. Se presenta no como una opción añadida o paralela a las otras sino como la opción total, aquella opción en la que se sumirían, bajo un sistema omnicomprensivo, universal y completo, todas ellas.

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