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Venecia tendrá otro Guggenheim mientras se estanca la reconstrucción de la Fenice

La ciudad pretende crear un laboratorio cultural capaz de aunar pasado y futuro

Venecia no quiere ser una ciudad embalsamada. Consciente del peso que el pasado tiene sobre una de las ciudades más visitadas del mundo (una media de 30.000 personas diarias) y de las dificultades de conservación que supone el estar cimentada sobre el agua, los representantes institucionales y el mecenazgo privado se han unido para crear un laboratorio cultural capaz de encontrar una fórmula que una el pasado con el futuro. Lanzados a la aventura de abrir una nueva sede Guggenheim en el palacio de la Dogana, no encuentran la manera de reconstruir el teatro de la Fenice, incendiado en 1996.

Discusiones

Paolo Costa, alcalde de Venecia, es consciente de que su discurso se puede reducir a dos palabras: dificultades y necesidades. Todo en su ciudad es más difícil y costoso de solucionar que en cualquier otra parte. El agua sobre la que se levanta y la hace tan atractiva es también su máximo enemigo. Todo dinero y tiempo es poco para atajar el deterioro de esta joya de la humanidad.Éstas son sólo algunas de las quejas públicas manifestadas por el alcalde veneciano, que el pasado sábado presentó a la prensa internacional el proyecto del laboratorio cultural arropado por una veintena de representantes de las administraciones y de mecenas particulares. ¿Por qué se crea ahora este laboratorio y qué significa? Se crea, explicó el alcalde, por la urgente necesidad de búsqueda de dinero y de soluciones capaces para mantener lo que tienen, reconstruir lo perdido y lanzarse a nuevas creaciones museísticas.

El mítico teatro de la Fenice, destruido completamente por las llamas a finales de enero de 1996, sigue siendo un esqueleto sobre el que hay pocas esperanzas de que su famosa sala neoclásica vuelva a dar momentos de gloria para la ópera. El dinero no es el primer problema. O, cuando menos, no es el más grave. No hay proyecto que haya resuelto la dificultad de trasladar los materiales desde el gran canal hasta el palacio de la Fenice. Los ensayos para hacer llegar el cemento a través de tubos subacuáticos fracasaron al tropezar con restos arqueológicos. El transporte aéreo puede dañar cualquier palacio colindante. En estos momentos, en lo que fue escenario de gloriosas veladas del bel canto se levanta una gigantesca grúa que supone una leve esperanza del comienzo de las obras.

Pero en el despacho de arquitectos de Aldo Rossi, la oficina coordinadora de las propuestas, se desestiman uno tras otro proyectos que no se ajustan a lo que todos los financiadores desean. El alcalde habla de un plazo mínimo de cinco años hasta poder disponer del gran templo mundial de la ópera que fue la Fenice.

Philip Rylands, director de la Peggy Guggenheim, el museo privado de arte contemporáneo más visitado de Venecia y miembro del laboratorio cultural, opina que la ciudad tiene que pagar un importante impuesto con su glorioso pasado, pero que, ante todo, debe renovarse. El nuevo proyecto para el Guggenheim veneciano, que, a diferencia de Nueva York o Bilbao, se integraría en un inmueble del XVIII, el palacio de la Dogana, es el gran desafío que Venecia tiene ante sí. Propiedad del Ayuntamiento, del Estado y de la Iglesia, tropieza con un desacuerdo inicial entre los dueños del inmueble, que no se ponen de acuerdo con el destino pese a que la Guggenheim cedería gratuitamente, durante un plazo de 10 años, una parte sustancial de su colección para la exposición permanente.

"Mientras nosotros discutimos y nos ponemos de acuerdo", lamenta el alcalde, "serán otras las ciudades que se beneficien". Y como prueba de esa desidia cuenta que, en un reciente viaje a Shanghai, ha visto cómo los chinos se han apropiado de la marca bienale, un invento artístico que, según él, es veneciano.En la mente de casi todos los integrantes del laboratorio pende la vieja y siempre aparcada idea de cobrar un impuesto a los visitantes de la ciudad. Pero el propio alcalde la desestima por impopular y clasista. "¿Quién no vive aquí del turismo? Todos. Y lo que molesta, aunque no lo digamos, es el turismo pobre, que trae hasta su bocadillo. No vamos a poner barreras a nadie. Somos nosotros los que tenemos que buscar soluciones que nos permitan hablar con todo el mundo en un idioma que no huela al más rancio pasado".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de diciembre de 2000