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Un brillante montaje de 'El holandés errante' impresiona en Bolonia

Yiannis Kokkos presenta un fascinante Wagner en el Teatro Comunale

En el año de Verdi no todo iba a ser Verdi. El Teatro Comunale de Bolonia ha preferido confiar en Richard Wagner para inaugurar, el miércoles, su temporada operística. El holandés errante deslumbró a los espectadores gracias al montaje en blanco y negro, sobrio y fascinante, de Yiannis Kokkos, que puso alas a la música de Wagner, a la que se enfrentaba por primera vez el director musical del teatro boloñés, Daniele Gatti.

Yiannis Kokkos ha seguido al pie de la letra las indicaciones de Wagner, que escribió El holandés errante en torno a 1840, y ha colocado el mar, inquietante, oscuro y hasta fantasmagórico, en primer plano, durante las tres cuartas partes de la representación. Gracias a un juego de espejos oblicuos, absolutamente fascinante, las olas trepan por las paredes del escenario como si éste se hubiera convertido en un extraño territorio en cuatro dimensiones. Y en medio de este mar ligado a los oscuros orígenes de los mitos, Wagner desarrolla su tragedia romántica, que es en realidad, como muchos críticos han subrayado, una obra épica, la historia de una vida predestinada a la tragedia. La leyenda del Holandés errante recogida por Heinrich Heine en 1834, sirvió a Wagner para componer primero un libreto que malvendió al teatro de la Ópera de París y más tarde para realizar su cuarta pieza de teatro musical con destino a la Ópera de Dresde, donde fue estrenada sin demasiado éxito el 2 de enero de 1843. No menos errante que su protagonista, después de sufrir sucesivos arreglos y retoques, Der Fliegende Holländer llegó a Italia y se estrenó precisamente en este mismo teatro de Bolonia en 1877. La historia relata la leyenda de un marino holandés cuya osadía de navegante es castigada por el diablo con una maldición: navegar para siempre, a menos que el amor de una mujer fiel le libere de tan agotador destino. Cada siete años el holandés llega a un puerto y encuentra a su dama, pero la fatalidad quiere que el matrimonio fracase porque ésta no es capaz nunca de la fidelidad requerida. Con todo, a Wagner le interesa menos el papel del diablo o la complejidad de las relaciones matrimoniales, y mucho más la historia de redención a través de la muerte que narra Heine. La terrible tesitura en la que se ve colocada Senta (magníficamente interpretada por la soprano alemana Marie Gabriele Ronge), ligada por un pacto sobrenatural al destino del holandés errante, encaja completamente en la órbita del llamado "pensamiento negativo" al que se sentía unido Wagner.

El barítono Greer Grimsley da vida a un holandés convincente, pese al vestuario algo confuso que lo convierte en un héroe de Steven Spielberg, mientras el más bien superfluo papel de Erik, el novio despreciado por Senta, corre a cargo del tenor finlandés Jorma Silvasti, dueño de una voz extraordinariamente bella. Daland, el capitán de la nave noruega, padre de Senta, es interpretado por Hans Tschammer. Respecto a la nacionalidad de los intérpretes (casi todos alemanes), Gatti, el director italiano reconocía que es una exigencia impuesta por la música de Wagner. "La música alemana, lo mismo que la italiana, nace pensada para un cierto tipo de vocalización. He dirigido óperas italianas en el extranjero con intérpretes internacionales. Pese a las grandes dotes de muchos de estos intérpretes, la sensación que uno experimenta es que el fraseo no es el adecuado. Algunas sopranos de escuela alemana tienen una voz con características físicas que resulta sublime cantando a Strauss y a Wagner, pero que no sirve, por ejemplo, para la Isabel del Don Carlo. Es otro mundo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de diciembre de 2000