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Lechugas españolas para McDonald's

La supervivencia de muchos agricultores polacos dependerá de su capacidad de adaptación. La empresa DAS es un ejemplo de lo que el Gobierno quiere hacer. Sus cuatro socios se endeudaron con créditos subvencionados por el Estado para aumentar a 70 hectáreas su finca de Zacrocym, cincuenta kilómetros al noroeste de Varsovia, y convertirse así en industria transformadora. Cultivan lechugas, tomates y cebollas que luego son cortados, lavados y envasados para McDonald's, uno de sus principales clientes. Durante el riguroso invierno polaco, de mediados de octubre a mediados de abril, hacen acopio de materia prima en la templada huerta española. "Nos proveemos con Avemar", explica Eduard Rytel, junto a su hijo Artur y otro de los cuatro socios, Adam Kittel.

Facturan entre seis y siete millones de zlotis (de 250 a 295 millones de pesetas), tienen beneficios desde hace un año y emplean a 50 personas. Las trabajadoras que tratan las lechugas iceberg trabajan a temperaturas que oscilan entre dos y cuatro grados y ganan 1.600 zlotis al mes (67.000 pesetas).

También le va bien a Marek Kwiatkowski. Sus 10 hectáreas de manzanos y perales y su cámara frigorífica -capaz de almacenar 210 toneladas de fruta- le permiten disfrutar de una casa espaciosa, un hermoso y cuidado jardín con pista de tenis y un Audi. "La maquinaria es cara", intenta quejarse su hijo con poca convicción.

Más reales parecen las penas de Silvester Burzynski. Su explotación se reduce a 30 hectáreas de tierras de quinta categoría que apenas dan para unas pocas vacas y una piara de cerdos. Pero la humildad no le impide recibir al visitante con un festín a media tarde: el suave y gustoso chucrut local, salchichas blancas cocidas, una fenomenal tarta casera de manzana y vodka, mucho vodka.

"Necesitamos un mercado y precios estables", se queja. "Queremos poder planificar con arreglo a las cuotas de leche, de carne, de soja, de todos los productos. Ahora estamos en la oscuridad".

Aunque las encuestas afirman que el 60% de los agricultores polacos teme el ingreso en la UE, Jan Maczewski opina lo contrario. Alcalde de Poswietne, una población rural de 30.000 habitantes, lamenta más el cierre de una empresa agroalimentaria local que la fuga a San Petersburgo de una factoría de Ford que emplea a 280 trabajadores. Maczewski quiere ingresar cuanto antes, porque "la UE ya está en Polonia, pero Polonia no está en la UE. Cada vez más alimentos vienen de fuera y no podemos competir. Eso no es juego limpio. Es inaceptable para los agricultores polacos", asegura.

Sólo las manos callosas denuncian el trabajo rudo de Agnieszka Wisnieska. Esta hermosa mujer, madre de tres hijas "que preferiría que estudiaran", obtiene 42 pesetas por cada litro de leche y quiere estar en la Unión Europea para beneficiarse de la estabilidad y las ayudas de la cuota lechera. Presume de sus 20 vacas Hollstein, aunque le gustaría "hacer un nuevo establo que nos permita producir más leche y de más calidad". Sus 45 hectáreas parecen un terreno desproporcionado para tan corta cabaña, pero venderlo no le serviría de nada, porque la tierra es demasiado barata en Jarocin. Y en toda Polonia.

El precio de la tierra es otro de los conflictos de la negociación. Diez veces más barata que en la vecina Alemania, los polacos quieren mantener durante 18 años el control de las operaciones de ciudadanos extranjeros.

"No queremos impedir la compra de tierras durante 18 años, sino mantener un control administrativo. Ya hoy los extranjeros pueden comprar, pero primero han de conseguir autorización. Autorización y prohibición son cosas muy distintas", matiza el ministro de Asuntos Exteriores, Wladyslaw Bartoszewski.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de noviembre de 2000