Tribuna:LA EXTRAÑA PAREJATribuna
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Carmencita venía viva, pero de cuerpo presente, o de 'corpore insepulto'

Dicen que es un efecto secundario de la cirugía estética. Te quitan las arrugas a base de 'rigor mortis'. Cuantas más arrugas te quitan, más rigor te ponen Ratas y zapatos

Esa mancha de la pared, que al acercar la mano resulta ser un moscardón, te da un susto de muerte, igual que esa pierna que empujas con violencia fuera de la cama y resulta ser la tuya. En el campo, a veces, vas a coger una hierba del suelo para ponértela entre los labios y de repente se convierte en un animal, con sus pros y su contras, que diría mi madre. Eso es el terror: que lo que parece una cosa sea otra. Me he acordado de mi madre, y del terror, porque hoy mismo, sobre las cuatro de la madrugada, oí unos arañazos en la puerta y fui a ver qué pasaba. Abrí y era ella.-Pero qué haces aquí, mamá, si estás muerta.

-No cierres, que viene tu padre -respondió.

Mi padre también está muerto. Murió al poco de quedarse viudo porque le parecía inconcebible. Pasó, pues, mi padre, y cuando ya iba a cerrar vi otra sombra.

-No cierres que viene también Carmencita Martínez Bordiú.

Carmencita venía viva, pero de cuerpo presente, o de corpore insepulto. Dicen que es un efecto secundario de la cirugía estética. Te quitan las arrugas a base de rigor mortis. Cuantas más arrugas te quitan, más rigor te ponen. Carmencita venía muy rigurosa. Detrás de su máscara, pude ver una anciana de El Bosco. Daba miedo. Me dio más miedo ella, viva, que mis padres muertos.

Mi madre adora a Carmencita de toda la vida, si todavía puedo utilizar esa expresión, y estaba enfadada conmigo por haberme referido irónicamente a su condición de escritora en un artículo. Quería que le pidiera disculpas. Yo tenía miedo de que se despertara mi mujer, que no traga a mi madre, de modo que me disculpé para que se fueran enseguida, pero no fue suficiente. Mi padre hizo un gesto de paciencia desde su insignificancia.

-Confiesa la verdad -dijo mi madre-. Di que tienes envidia de que el libro de Carmencita se entienda mejor que los tuyos.

-Se entiende mejor porque no dice nada -respondí-. Lo difícil es que te entiendan cuando dices algo.

Entonces alargó la mano y me dio un bofetón inmaterial.

-Ahora confiesa que tienes envidia de lo bien que se maneja en las entrevistas. ¿Has visto con qué elegancia sale de las preguntas sobre el generalísimo?

-¿Qué dice cuando le preguntan sobre el generalísimo?

-Díselo tú, Carmencita.

-Digo que para mí Franco no era más que mi abuelo -dijo Carmencita de corpore insepulto.

-Subjetividad por subjetividad, comprenderás que para mí sólo fuera un imbécil -dije yo.

Papá puso cara de este chico no tiene remedio y mi madre dio un bufido. Mi mujer preguntó desde el dormitorio:

-¿Con quién hablas?

-Con Carmencita Martínez Bordiú -dije, porque mi mujer odia a mi madre.

-Por eso detesto la democracia burguesa ésta de los cojones -añadió Carmencita-, por la libertad de expresión.

-Pues te jorobas -dije yo.

-No estoy dispuesta a seguir oyendo estas cosas -dijo mi madre muy ofendida- y se puso debajo del brazo el bolso en forma de ataúd con el que había entrado. Antes de salir, mi padre me dio un beso emocionante. En vida no me besaba nunca.

Volví a la cama y le dije a mi mujer que ya se había ido Carmencita, pero creo que estaba profundamente dormida y no se enteró. Yo me quedé despierto reflexionando, como es lógico, sobre la cirugía estética. Las ancianas que se ocultan detrás de esas cicatrices invisibles no son las ancianas normales que ves por la calle. Una vieja es una vieja como una rosa es una rosa. Y las hay agradables y desagradables, como las jóvenes, pero una vieja oculta tras una máscara de cirugía estética es igual que esa mancha que vas a quitar de la pared y resulta ser un moscardón, o esa hierba que resulta ser un animal, con sus pros y sus contras. El terror se da cuando metes la mano debajo de la cama para coger un zapato y coges una rata. Durante esa fracción de segundo en la que no estás seguro de lo que tienes en la mano, se produce una descarga de pánico que puede ponerte el pelo blanco. Dejen de sacar a Carmen Martínez Bordiú de debajo de la cama. No es un zapato. Gracias.

Carmen Martínez BordiúLa nieta del dictador detesta la democracia burguesa

que padecemos

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 25 de agosto de 2000.