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Tribuna:Viajes

Las voces de Marraquech

Allá arriba, el muecín salmodia su plegaria desde lo alto de un minarete. Los halos solares reflejan círculos simétricos, transparentes. Burbujas de color naranja sobre los estratos azules del cielo. Coronas inmóviles. El aire, pequeñas nubes, los tejados recortados contra ese fondo tórrido de la ciudad que mira al Sur, al desierto. Nuevamente el sol. Marraquech evoca sueños de arena y caravanas. Preserva ese carácter de tierra de frontera que alumbró su nacimiento. Vista así, a primera hora desde lo alto de una azotea de la medina, con el alminar de la Kutubía por encima del palmeral y la alargada línea de almenas rojizas circundando la quietud de los tejados, podría parecer una ciudad dormida, pero antes de que nos demos cuenta el silencio de la atmósfera se irá llenando de sonidos al descender en picado a ras del suelo, barriendo los muros enjalbegados y ardientes, hasta los patios y las placitas de tierra, un murmullo al principio leve, casi una brisa, como el temblor de un millar de alas que poco a poco, al aproximarnos a las calles del zoco, va subiendo de volumen hasta formar un alboroto ensordecedor: el martilleo del hierro contra un yunque, la algarabía de los vendedores de animales, voces anónimas que se interpelan de un lugar a otro, el rodar de los tornos, un aguador que pasa tañendo sus esquilas.Llegamos a sentirnos tan afectados por los sonidos heterogéneos y desconocidos que las ideas preconcebidas que hubiéramos podido hacernos de un lugar se pierden en las primeras horas: palabras ininteligibles, olores y gentes que existen materialmente con sus nombres y sus pasados y que, sin embargo, por un momento, al ser observados desde afuera se convierten en algo tan etéreo y escurridizo como el mismo aire de un continente extraño. Sueño en un hombre que olvida las lenguas de la Tierra hasta no comprender cuanto se dice en ninguna de ellas, escribió Elías Canetti en su libro de viaje Las voces de Marrakech.

Es en las callejas cubiertas de los zocos, entre tajos de luz y sombra, donde el viajero puede aprender por su cuenta cuál es el verdadero ambiente que se apodera de los sentidos como un olor: las siluetas tapadas de las mujeres zigzagueando entre los puestos; el aroma penetrante y dulzón del cordero especiado mezclado con el orín de los patios; las lanas tintadas que cuelgan de los entarimados en púrpura, en azul oscuro, en amarillo solar y negro; los talleres donde algunos curtidores aún repujan el cuero según el arte perdido de Córdoba, con cinceles templados sobre carbones de encina. Es verdad que hoy la mayoría de las lanas se tintan con anilinas y los pocos telares que existen ya no funcionan con pies y manos, sino a motor; el cuero se curte por procesos químicos, se secciona a máquina y se lo estampa en relieve con placas de acero grabadas en alguna fábrica europea. Hay mucha mercancía de dudosa procedencia, pero la forma en la que se presenta es todavía la antigua, expuesta con un curioso sentido asociativo, objetos reunidos sobre una alfombra o un mostrador como una resaca traída a lo largo de vidas enteras por el río del comercio.

El alma de Marraquech es la plaza de Xmáa el Fnaá, donde convergen todos los misterios que congrega esta capital del Sur. Uno tiene la inquietante sensación de haber estado allí antes. Su ambiente va cambiando a lo largo del día desde el momento en que los tenderos levantan las persianas de sus puestos y encienden los pequeños hornos que se mantendrán todo el día al rojo para cocinar el cuscús y los pinchos morunos. Aquí, como en cualquier rincón del Magreb, la prisa mata. Es necesario demorarse, perderse, confundirse con la muchedumbre, avanzar despacio entre las frágiles pértigas de las tiendas, registrarlo todo: las mesas de los tahúres, el espectáculo de los encantadores de serpientes o de los saltimbanquis de Amizmiz, el curioso ritual de las vendedoras de pan que cogen la hogaza con la diestra, la lanzan ligeramente al aire y la recogen de nuevo, balanceando un poco la mano como si la sopesasen, palpándola un par de veces, antes de dejarla junto a los restantes panes. Se mire hacia donde se mire, siempre hay un reclamo imantado que absorberá nuestra atención, a veces pequeñas escenas simples que nos seducen de pura sencillez: una mujer en cuclillas que se descubre la boca y alza el codo para beber de un cucharón, la tetera hirviendo sobre tres piedras en una fogata.

También hay imágenes que nos repugnan y nos hacen encoger las pupilas: mendigos exhibiendo sus miembros mutilados, la piel reventada de eccemas, azulada, viva de moscas. Viajando, lo toleramos todo. Se observa, se escucha, se queda uno fascinado ante lo más atroz. "Los buenos viajeros son despiadados", anotó el escritor judío en sus impresiones de la ciudad.

Pero el verdadero misterio de la plaza, lo que expresa toda la densidad y el calor de la vida allí convocada, reside en las voces, por algo fue declarada por la Unesco Patrimonio Oral de la Humanidad. El contador de historias está agachado en el suelo, rodeado de oyentes. La fascinación de la voz que cuenta es el origen de la memoria, palabras lanzadas con energía y fuego, incomprensibles para el extranjero. Pero en las que, si se presta atención al tono y al teatro de sus expresiones, se pueden descubrir los más velados matices de solemnidad, malicia, ira o compasión hasta el punto de alcanzar a interpretar, no exactamente su significado, sino más que nada, su sentido. Las palabras desnudas volando lejos, sin las ambiciones ni el prestigio del papel escrito, desprovistas de artificio, solas en su natural periplo itinerante: rumores comunales, nombres redondos de aldeas, lunas ansiosas, arenales y rutas.

Para tener confianza en una ciudad extraña -escribió también el premio Nobel búlgaro- se necesita un espacio cerrado sobre el que tener cierto derecho y en el que se pueda estar solo cuando el barullo de las voces nuevas aumente. Ese espacio debe ser silencioso y es preferible que nadie nos vea cuando nos cobijamos en él. Enfilar por un callejón conocido, permanecer de pie junto a un portal del que se posee la llave en el bolsillo, subir hasta la azotea sobre los terrados de las casas, ver morir la tarde amarilla detrás de los minaretes que se alzan aquí y allá, con los cantos de la fe entrando en el aire, demorándose por encima de la medina: aleros, cimborrios de estilo almorávide, las torres rojas de la muralla, al Este, entre los barrios de Bab Alien y Bab Rhemat.

El esfuerzo del viajero es arduo porque se basa en el ejercicio de una comprensión que sólo puede ser parcial. Encrucijada de sensaciones que cada cual percibirá de modo diferente. Los pequeños faroles de acetileno empiezan a encenderse en la plaza de Xmáa el Fnaá, cientos de luces blancas parpadean contra los picos negros del Atlas al fondo y las calles esquinadas en sombra. Una mujer marroquí se asoma a la ventana con el rostro descubierto para oler la fragancia de los jazmines recién regados. Su gesto forma parte de la noche que se avecina. Del Sáhara, por el Sur, viene ese añil sinuoso del firmamento que el extranjero pretende recoger en su retina sin lograrlo, agua que se escurre entre los dedos, pura luz de desierto, mapa desnudo en el que nada aparece representado. Para él es la ocasión última de aproximarse al pozo de la ciudad, cuya enigmática impronta acaso ahora por única vez, y durante un brevísimo instante, alcance a descifrar.

Susana Fortes (Pontevedra, 1959) ganó el premio Nuevos Narradores con Querido Corto Maltés (Tusquets). Después publicó Las cenizas de la Bounty (Espasa) y Tiernos y traidores (Seix Barral).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de agosto de 2000

Más información

  • En Marraquech, la prisa mata. El viajero debe demorarse, perderse, confundirse entre la muchedumbre de sus zocos. En esta ciudad del sur de Marruecos, tierra de frontera que mira al desierto y al Atlas, la atmósfera se llena de olores, de colores y de sonidos.Susana Fortes