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Tribuna:

La ciudad y los perros

LUIS MANUEL RUIZLa imagen me atrapó con el magnetismo de un enigma: el presentador de los informativos prestaba su voz en off a un cuadro que tenía algo de artificio surrealista, ese entrevero de escenas o actores incongruentes que sólo parece obrar en el escaparate de los sueños, de las pesadillas. Al parecer, los muchos trastornos económicos que padece un país como Rumania obligan continuamente a sus habitantes a cambiar de domicilio de modo drástico, brutal, sin dejar tiempo para deshacer maletas. La población ha experimentado varias diásporas en el plazo de muy pocos años, y la imagen que yo presenciaba atónito no era más que una secuela de ese cruel nomadismo. Bucarest estaba infestada de perros. No se veían humanos por las calles, tan sólo alguna señora con pañuelo que arrastraba un magro carrito de compra o algún niño amedrentado que se escondía en un portal. Pero los perros pululaban a sus anchas por las avenidas, famélicos, desorientados, abandonados por las familias que los vieron crecer, condenados al hambre, la sed, el frío y la rabia que en última instancia les dirigía contra los empleados de la salud pública que les absolvían de la vida de un disparo o una brusca inyección.

Los rumanos abandonaban a sus perros porque no podían contar con ellos en el largo inventario de sus desgracias. Los perros que a día de hoy vagan entristecidos por las calles de Andalucía son hijos de otra cosa: del egoísmo, de la irresponsabilidad. Uno emprende un viaje en coche hacia alguna playa de Cádiz o Málaga y encuentra dedos acusadores por todo el camino. Cadáveres de animales despanzurrados alimentan a las moscas en los arcenes, esqueletos recubiertos de pellejo tratan de poner fin a la sed y al cansancio interponiéndose en mitad de la carretera. Alguna pobre criatura pasea con desesperación por el área de servicio de una gasolinera, buscando el vehículo que hace un segundo lo arrojó allí como un fardo. Llega el verano y, como una plaga bíblica, como la imagen profética que presencié en mi televisor, las ciudades se llenan de perros, mascotas inservibles que eran muy simpáticas y hermosas mientras duró su infancia, pero que hoy, adultos, sin más que ofrecer que su fidelidad, resultan demasiado molestos en un apartamento o un cámping.

Hay quienes dicen, seguramente movidos por un arrebato de optimismo ecologista, que si el siglo XX ha sido el de los Derechos Humanos, el XXI ha de ser el de los Derechos del Animal. Que igual que antes se escarnecía a determinados pueblos, razas o colores del mundo por considerárselos hombres de segunda clase y ahora ellos engloban también el club de la Humanidad, debe llegar el día en que comprendamos que somos tan animales como esos seres que torturamos impunemente en los laboratorios o abandonamos al hambre y la intemperie, y que los tratemos en estricto pie de igualdad. Yo no sé qué pensar. Acabo de ver por televisión otro reportaje en que barcos japoneses degüellan ballenas sin pudor y devuelven al mar un culpable chorro de sangre. Quizá cuando nuestros genes sean completamente decodificados y entendamos qué distancia nimia nos separa del mandril y la mosca, recapacitemos y tengamos oportunidad de rectificar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de julio de 2000