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Tribuna:

Adulterios

En las culturas cristianas, el adulterio ha estado prohibido para cualquiera de los dos sexos, pero eran incomparables las consideraciones sociales y morales según fuera el hombre o la mujer su protagonista. En el derecho penal español, un hombre que sorprendiera a su esposa yaciendo con otro podía matar, matarlos, y protegerse después ante el juez con las atenuantes decisivas del arrebato. En general, se prestaba comprensión al adulterio de los varones y se bromeaba con estos hechos como esas andanzas de mujeriegos o de simpáticos granujas. No se tomó, desde luego, a broma, las conductas semejantes de la mujer, ni fue fijado un castigo igual. Sólo ahora están cambiando rotundamente las cosas. O invirtiéndose. Mientras los hombres adúlteros son ya unos canallas, las animosas chicas adulterinas parecen estar "rompiendo una lanza -como dice Helen Fisher en El primer sexo- a favor de la libertad sexual". En consecuencia, la situación viene a ser ésta: si antes existía una doble moral, benéfica para las infidelidades masculinas y cruel para las femeninas, ahora se da la vuelta a todo. En los últimos veinte años no sólo han crecido mucho los adulterios de mujeres sino que han adelantado espectacularmente su precocidad y ya hay un buen porcentaje con peripecias extraconyugales antes de cumplir los treinta. ¿Quiebra moral de las costumbres? ¿Alarma social? Basta seguir las revistas femeninas o poner atención a las conversaciones de mujeres para confirmar que muy lejos de tomarse el fenómeno a la tremenda se trata de una noticia de carácter jovial. Una vaga idea de venganza junto al descubrimiento de un romanticismo venal otorga a este joven adulterio femenino un valor muy contemporáneo, sexy, transgresor y casi vanguardista. Así que mientras los hombres de nuestro tiempo se afanan por adquirir, de acuerdo a la moda, algunos rasgos de delicadeza, ternura e inteligencia emocional que cumplan con lo que es políticamente correcto, la nueva mujer traza, con empujes de independencia psicológica, una desconocida geografía en el quehacer sexual. No sólo fuera sino dentro del matrimonio, con el hombre fuera o dentro de la casa. Con el otro compartido, vacante o amortizado en la conyugalidad diaria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de junio de 2000