Tribuna:LA CRÓNICATribuna
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¡Viva la República! AGUSTÍ FANCELLI

El sábado tomé parte en un acto público de afirmación republicana en Barcelona. Como lo oyen. Bandera tricolor flameando al viento, unas 350 personas celebramos la derrota de la Monarquía y el glorioso advenimiento de la República. No me digan que no les meto miedo. Pero tranquilos, no se trata de lo que creen. Resulta que mi curiosa doble nacionalidad me permite profesar la fe republicana italiana sin menoscabo de mi otra mitad española, inquebrantablemente monárquica, no faltaría más. En calidad de ciudadano transalpino fui invitado por mi cónsul en la ciudad, Ombretta Pacilio, a una recepción con motivo de la Fiesta Nacional de la República Italiana. En territorio patrio, además, como debe ser. Pensarán que me he levantado un viajecito allende Tirreno by the face, pero tampoco es eso. Ese territorio se hallaba amarrado en el puerto de Barcelona, tenía forma de crucero de Vacaciones en el mar y nombre muy acorde con su aspecto: M/N Fantastic, buque que cubre la línea Barcelona-Génova, sucesor, pues, de mi añorado Canguro de los años mozos.¿La Fiesta de la República Italiana en junio? La verdad es que la fecha no me sonaba nada. Recordaba el 25 de abril, que es cuando se conmemora la Liberación de 1945, es decir, la derrota del fascismo y el supuesto fin de una guerra que fue mucho más civil de lo que hasta ahora se ha dado en confesar (empiezan a salir libros al respecto, como el excelente Le ragioni del sangue, de Alessandro Gennari: durante bastante tiempo, tras el fin oficial de la contienda, los partisanos siguieron cargándose a fascistas y curas, hasta que Togliatti preconizó el desarme de las células comunistas y la inclusión de su partido en la vía democrática). El caso es que el 25 de abril sí lo celebrábamos en el cole: teníamos fiesta, ¡yupi! Otra fecha de la que guardaba memoria, acaso porque la había estudiado como un gran hit nacional que luego encontré en Italia dando nombre a muchas calles principales, era el 20 de septiembre de 1870, cuando las tropas del general Cadorna obligaron al papa Pío IX a recluirse en la Ciudad del Vaticano, hecho que culminaba la unificación del país toda vez que cabreaba no poco al heredero de san Pedro, el cual estuvo de morros hasta 1929.

Pero de todo eso, en el mes de junio, no me sonaba nada. Llamé a varios compatriotas y deduje que mi olvido tenía algo de generacional. Investigué y descubrí que se trata del 2 de junio de 1946, cuando el primer Gabinete de De Gasperi convocó un referéndum para saber qué quería el pueblo soberano, si monarquía o república. Salió república, aunque por los pelos; en cualquier caso, los suficientes para que el rey Umberto II de Saboya se exiliara a Portugal. La República no se proclamó hasta el 18 de junio, pero la fiesta estatal quedó fijada en el 2 a partir de 1948, cuando también quedó institucionalizado un desfile militar.

No obstante, para cuando yo entraba en uso de razón política esa conmemoración agonizaba: en 1976, el ejército italiano se hallaba ocupado con el terrible terremoto que asoló la región del Friuli -de eso sí me acuerdo: hubo recogida de fondos entre la colonia barcelonesa- y no hubo tiempo ni ganas de desfilar. En franca decadencia a partir de entonces -los años de plomo de las Brigadas Rojas no invitaban a ciertas exteriorizaciones-, los soldados siguieron aún marcando el paso hasta 1988. Pero el país de tangentopoli, que puso a toda la clase política bajo sospecha de corrupción, acabó con aquellos fastos marciales.

Ahora, el presidente Carlo Azeglio Ciampi ha recuperado el 2 de junio con todos los honores. Como cabía esperar, su iniciativa provocó durante la semana pasada una encendida polémica. Los Verdes, los comunistas refundados, los pacifistas, los presidentes de los consejos regionales del norte, el propio Berlusconi al principio y los chicos de Umberto Bossi no estaban por la labor. Pero Ciampi desactivó en buena medida las protestas llenando de contenidos federalistas las celebraciones y promoviendo que desfilaran los cuerpos que han tomado parte en misiones de paz desde 1981. Todo eso me sonaba ya a muy familiar: monarquía o república, las cosas de los políticos vienen a ser las mismas aquí que allá.

El domingo me zampé entero el desfile que daban por la parabólica desde los Foros Imperiales de Roma. Qué quieren, aunque no sea muy serio, disfruté de lo lindo viendo la llegada del presidente en el Flaminia 535 descapotable rodeado de coraceros a caballo, el paso al trote de los bersaglieri, el perrito mascota ("il bastardino", dijo la locutora) de los carabinieri y el vuelo de las Frecce tricolori tiñendo el limpio cielo romano de rojo, blanco y verde. Me pareció que contemplar eso era un modo de corresponder a la amable invitación del consulado: los negroni y el queso de Parma cortado a trozos estaban riquísimos. Además, un conjunto musical cantaba Azzurro y Mambo italiano y mi patriotismo, cuando coinciden todas estas cosas, no sabe negarse a nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 05 de junio de 2000.

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