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Tribuna:LA CRÓNICA

Los perros de Bucarest

Los reportajes de este diario sobre galgos ahorcados en el campo, las denuncias del joven Marc Planas sobre el gaseo de perros en la perrera de Mataró, respaldadas por una película filmada clandestinamente, conmueven muchas sensibilidades. Matan a los perros, eso es un hecho. ¿Qué pensar?En Barcelona, a veces se ve a un perro abandonado, un perro confuso, camina rasando paredes, la cola entre las patas, espectral y azul como el sonido del acordeón junto a un noray del puerto un domingo por la tarde que oyó Baroja. Por las calles de Bucarest deambulan 180.000 perros abandonados. En décadas pasadas el subsubsubdepartamento ministerial encargado del asunto se encargaba de organizar unas batidas que limpiaban las calles. Las furgonetas cruzaban la ciudad arriba y abajo, y luego desaparecían en un fundido en negro, dejando a su paso un tenue rastro de ladridos. En aquellas campañas de exterminio participaban abueletes voluntarios y patriotas, ansiosos de arrimar el hombro en la medida de sus posibilidades. Luego la ciudad quedaba durante unos meses silenciosa, en una total ausencia de perros.

En los últimos años de la dictadura, la política canina cambió, porque el problema estaba perfectamente controlado. Acabada la época de las grandes campañas, ahora la represión del perro vagabundo tenía un carácter puntual y apuntaba al individuo. El vecino al que en un momento de despiste se le escapase el perro del jardín, ya podía ahorrarse los anuncios en la prensa de "perdido perrito" o los carteles colgados en la esquina con la foto del chucho y la promesa "se recompensará". Ningún cazarrecompensas le devolvería a Fido. Al poco de andar suelto por la calle, aparecía a su lado la furgoneta y en pocas horas el fiel Fido había sido convertido en 20 kilos de carne para las fieras del zoo.

Todo eso ha vuelto a cambiar desde hace unos años. Cambió el régimen, crujieron las estructuras, variaron las prioridades, hubo dejación del tema y volvieron a multiplicarse por las calles de Bucarest los perros abandonados, los perros melancólicos, los perros cóncavos, los perros huecos que caminan rasando paredes con la cola entre las patas, hurgando en los cubos de basura, merodeando los mercados y aullando a la luna. Y al fin el Ayuntamiento preparó una de las fenomenales redadas de antaño.

Se salvaron por la campana. Imagino una escena tipo 101 dálmatas: en un siniestro despacho el mapa de la ciudad ya está extendido sobre la mesa, el índice autoritario de algún frío munícipe ya señala las grandes avenidas y las calles tortuosas por dónde avanzarán las furgonetas de la Operación Cruella de Vil... cuando suena el timbre del teléfono. Llamada de Bruselas. "En nombre de la democracia, amnistíen a esos perros".

Parece que alguna norma de la Comunidad Europea desaconseja actuaciones como la Operación Cruella de Vil; y como Rumania desea desesperadamente ingresar en la CE única manera de colocar sus productos en el mercado global y salir de una vez de la cuesta abajo por donde camina hacia el Tercer Mundo, la campaña antiperros se canceló.

Hace exactamente dos años, un avión aterrizó en el aeropuerto Otopeni, y en el hueco de la escotilla apareció Brigitte Bardot.

A esta clase de países países, ¿cómo llamarlos? Mi sardónico amigo Mircea Popa califica a su país como "europeísticamente bombardeable", hace 10 años Francia enviaba por lo menos un nuevo filósofo, para que sacudiese la melena de homme revolté y caminase de cara al viento de la historia, con la bufanda revoloteando a la espalda. Ahora, como estos países ya no están de moda y encima son un aburrimiento (¡nadie se mata allí!), envía a una ex actriz de ajado cutis y cerebro calcinado por el sol de la Costa Azul.

Brigitte se desmelenó por la supervivencia de los perros callejeros de Bucarest. Se aseguró de que en vez de exterminados fuesen esterilizados; así irán muriendo poco a poco por causas naturales. Adoptó a dos perros y se los llevó consigo de vuelta a su finca de Saint Tropez.

El mes pasado en Bucarest no vi 180.000 perros esterilizados, el hambre y el tráfico los han ido diezmando, pero vi muchos, muchísimos. Solos, en parejas, en manadas, a las puertas de las casas, por carreteras y descampados, en los grandes parques, atropellados en medio de la calzada. Cada amanecer, desde mi ventana se veía abajo a un hombre con gorro y abrigo parado en la nieve, y de los edificios de alrededor confluían hacia él siete, ocho, nueve perros. Los surcos que abrían en la nieve para reunirse con él dibujaban una estrella y luego hombre y perros se alejaban, dibujando con sus pasos la cola chispeante propia de la estrella fugaz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de febrero de 2000