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TRIBUNA

Aznar contra el PNV

La moral espontánea del político consiste en evaluar cualquier decisión o acontecimiento en función de los votos que pueda reportar. Existen contadas excepciones a esta regla. El fin de la tregua ha introducido un factor de incertidumbre en los planes de Aznar, que contaba con la pacificación de Euskadi como una baza segura para las elecciones. La tesis de la tregua-trampa que siempre defendió Mayor parece validada por los hechos. Pero se confiaba en que la ruptura no llegaría antes de las elecciones. Aznar pasa a la ofensiva. Es importante que un presidente dé la cara en un momento difícil. Pero, al convertir al PNV en objeto principal de sus virulentos ataques, se comporta más como líder de un partido en campaña que como presidente de un Gobierno capaz de dar confianza a la ciudadanía.No cabe duda de que el fin de la tregua ha sido un golpe para la estrategia del PNV. Su dirección, en vez de rectificar, parece haberse enamorado de su error. Se puede pensar que su terquedad expresa una complicidad de fondo con los etarras, con quienes compartirían los objetivos aunque discreparan de los procedimientos. Se puede conceder el beneficio favorable y aceptar que creen que la aproximación a ETA es el camino más directo para el fin de la violencia. Aunque habría que recordarles que el problema de Euskadi no es tanto de ritmo como de rumbo y que la paz es algo más que el fin de los atentados. O, simplemente, se puede sospechar que sobra vanidad para asumir los errores.

Ante el enroque del principal partido vasco, Aznar se ha lanzado por la pendiente de la agresividad, retrotrayendo el debate a los días de las movilizaciones de Ermua. La acusación es de calado: desde el primer momento el objetivo principal de los nacionalistas fue dinamitar el espíritu de Ermua. Con este argumento se entra por la peligrosa vía del choque de trenes nacionalistas, que quizás tenga rendimientos electorales para el PP, pero que difícilmente mejora la situación creada tras la tregua. La idea acariciada por los populares durante las movilizaciones de Ermua de una "renacionalización de Euskadi", en expresión de un ministro, es tan irreal como la pretensión nacionalista de imponer su modelo a la otra mitad de la población. Y lo que Euskadi necesita es recuperar el sentido de la realidad. Con la lógica frentista se ha ido a dos elecciones. Ni siquiera el señuelo del fin de la violencia ha hecho cambiar de opinión a la ciudadanía, que ha seguido votando por el pluralismo en forma de empate entre bloques y diversidad de opciones a ambos lados.

Los nacionalistas vascos dan por sobreentendida una superior legitimidad de su modelo. Montados sobre las construcciones de su imaginario, dan por supuesto que les acompaña una realidad esencial anterior a las urnas a la que, tarde o temprano, los demás deberán plegarse. El voto no nacionalista sería, desde ese punto de vista, el de los gentiles, condenados a aceptar la legitimidad de lo fundamental. El empate es una manera de descabalgar estas pretensiones. Si Aznar lanza un tren nacionalista contra otro para debilitar al PNV probablemente la ciudadanía seguirá optando por el empate.

Precisamente porque el empate es el horizonte político real del País Vasco hay que pensar en construir puentes más que en consolidar bloques. Es verdad que no es posible entenderse con quien huye; que es el PNV solito el que ha decidido desplazarse desde la centralidad hacia una orilla, pensando equivocadamente que con ello el centro de gravedad de la política vasca se escoraría del lado nacionalista. Pero en el PNV no todos están de acuerdo con una dirección que algún día tendrá que rendir cuentas por su fracaso. Cuando Aznar se lanza a la yugular de sus socios parlamentarios obliga a los nacionalistas a cerrar filas y acallar disidencias (y a sus correligionarios catalanes a solidarizarse con ellos) y hace de la ruptura beligerante del empate un objetivo, cuando lo que correspondería es buscar las vías de entendimiento que el empate reclama.

En un clima contaminado por la violencia es difícil mantener despierto el sentido de la realidad. Aznar acusa a los nacionalistas de querer plantear un referéndum de autodeterminación. No es éste el problema. Todo es planteable si se cumplen escrupulosamente los requisitos democráticos. Lo que no es aceptable es que para ello el PNV flirtee con los terroristas. La agresividad electoralista de Aznar difícilmente ayudará a sacar al PNV del error del que está perdidamente colgado. Por una vez Almunia parece más realista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de diciembre de 1999