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Crítica:

Ritmo y confusión

Prince remonta en Madrid un concierto que empezó con insultos por el retraso y acabó en delirio 'funk'

Como todo lo relacionado con su visita, el concierto de Prince fue un acontecimiento veleidoso y enloquecido. Desde hace unos años, el artista anteriormente conocido como Prince funciona como un francotirador. Cede sus grabaciones a una u otra multinacional -ahora le toca el turno a Arista, del grupo BMG- que paga alegremente por el lujo de contar (brevemente) por sus servicios, con el sueño improbable de contar con su talento y dirigirle nuevamente hacia su puesto legítimo en la Primera División. Y organiza sus giras eliminando intermediarios (manager, promotores) con el fin de cosechar el cien por cien de la taquilla menos gastos. Así que su improvisado concierto madrileño tenía un cuidadoso sistema de control: aparte de los habituales cacheos -que no impidieron que se colaran magnetófonos y cámaras de vídeo o fotográficas-, al final estaba un propio que iba recogiendo las entradas para tener la seguridad de que no había disparidad entre lo ingresado y el número de asistentes.El público soportó las tres horas de retraso con paciencia, aunque en algún momento se organizó ese cariñoso canto colectivo que dice "hijo puta, hijo puta". Hacia las doce y media salió al escenario The New Power Generation. Dos teclistas, un guitarrista, un batería, una percusionista, tres metales... y Larry Graham, al bajo y al canto. Durante una hora, el concierto se convirtió en un homenaje al grupo multirracial con el que aprendimos a amar a Graham: Sly and the Family Stone. Somos muchos los que creemos que Prince tiene una deuda inmensa con las eclécticas agrupaciones de Oakland y San Francisco, pero tal vez no fuera necesaria una ratificación tan extensa.

Aquello era una descarga un tanto peculiar. Prince, casi irreconocible, con coletillas, salió sin rayos ni truenos: usaba o prescindía de sus fantásticas guitarras, cantaba y bailaba, se marchaba cuando le apetecía. Cuando su presencia no era requerida, los teclistas subían a la zona reservada para tomar sus latas de Red Bull y charlar con los vips. En el altillo del Aqualung también se materializó la exuberante esposa del artista, que se llevó a Rosario Flores y Antonio Carmona para que saltaran al escenario, ya invadido por una masa de admiradores que se contorsionaban siguiendo a la imparable Mayte. Los gitanos, obviamente, apenas pudieron improvisar unas frases: dominaba el funk duro y no había hueco para mestizajes.

La fiesta funky desembocó en una celebración de Carlos Santana, un Oye, cómo va que el respetable cantó a pleno pulmón. Hora y media después del comienzo de la actuación, Prince se dignó acercarse a lo que nos había convocado allí: su propio repertorio. Fueron cayendo Let"s go crazy, Kiss o Purple rain, en versiones concisas y dinámicas. Allí ardió Roma. Hasta las camareras del local bailaban detrás de las barras con abandonado deleite. Prince y su potente banda invocaron al espíritu de James Brown y hasta los cabreados que antes colocaban su pulgar hacia abajo terminaron arrastrados por aquel maremoto de ritmo. El cantante ya estaba en comunión con la sala: gritaba las obligadas frases de "¿Estáis felices?" y "¿Puedo irme ya a casa?" entre el delirio de un público entregado, estuviera él o no en el escenario.

Fueron dos horas y cuarto de música febril que ignoró el contenido de su apreciable nuevo disco, Rave un2 the joy fantastic. Un Prince suelto y con autoridad, saltándose por derecho los rituales del show business y haciendo lo que le salía de la entrepierna. Hacia las tres de la madrugada, los seguidores abandonaban Aqualung cargados con programas de la gira y camisetas: la mercadotecnia era barata (500 pesetas la pieza), en contraste con las 5.000 de la entrada. Y los enterados se aprestaban a seguir al artista y su gente hasta la céntrica discoteca donde se esperaba que siguieran su juerga particular.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de noviembre de 1999