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Tribuna:

Y volver

Entre las aficiones que procuro cultivar se cuenta la de leer a ciertos poetas a cuyos versos vuelvo con frecuencia, y la de leer también a otros ciertos poetas a cuyos versos sé que no he de volver. A Emilio Prados le dediqué, hace algunos años, el tiempo que estimé preciso para adquirir un conocimiento razonablemente adecuado al interés que en mí despierta su poesía. Después, he intentado mantenerme al tanto, sin dedicarle demasiado esfuerzo al asunto, de la abundante bibliografía y de los congresos varios que sobre su obra y sobre su persona van amontonándose, y, entre aquella primera lectura y este después ya casi abrumador, recuerdo que incluso acometí el riesgo de escribir algún artículo crítico que publicó el Litoral de José María Amado.Ahora, cuando ya se han cumplido los 100 años de su nacimiento, el Palacio Episcopal de Málaga muestra una exposición de textos, fotografías, documentos y fetiches que pertenecieron, fueron escritos o tienen algo que ver, incluso remotísimamente, con Emilio Prados; una almoneda, digo, de cacharros ineludibles en esos panteones con los que, más y más, nos empeñamos en embalsamar la memoria de algunos muertos gracias a los cuales sabemos que hay gente que continúa viva y que continúa coleando, que es el modo como algunos entienden el hecho de vivir, de escribir, de crear algo.

Del lugar elegido para la exposición prefiero no decir ni pío, ya que personalmente siento tanto respeto por lo sagrado que no deseo vincularlo ni por asomo con lo humano. En cuanto a la interpretación que de esta muestra se ha intentado ofrecer al público, interesado o ajeno en absoluto al evento, mis preferencias se inclinan más a ignorar dicha interpretación que a concederle ni 250 gramos de interés. No obstante, en ese excesivo casi cuarto de kilo quizá quepa cavilar sobre la desgracia de unas declaraciones institucionales, o casi, que calificaron de "imperdonable e injusto" el supuesto olvido en el que yace la persona y la obra de Emilio Prados, declaraciones que acaso llevaron a una parte legendariamente despistada de la prensa local a escribir este titular: "Emilio Prados se reencuentra con Málaga".

Me inclino a creer que semejante reencuentro tan sólo existe en el magín de quien profirió tan desinformada afirmación y en el de quien la trasladó al titular de marras, aunque también sea posible su existencia en los magines de aquellos que, obligados por su responsabilidad para con el acontecimiento, omitieron la información adecuada que hubiese evitado tanto desatino institucional, o casi. En fin, ya saben, la cultura suele ser más y mejor noticia si arrastra consigo alguna metedura de pata.

Ángel Caffarena, que era sobrino y trabajó junto a Prados en la imprenta Dardo, me comentó en más de 100 ocasiones que su tío Emilio deploraba cuanto de fetichismo y de necrofilia pudiese haber en cualquier manifestación cultural, seguramente porque sabía que las vueltas son inquietantes y las revueltas pueden ser asesinas. También solía recordarme Ángel que el culto a los muertos tan sólo sirve para que algunos personajes pasen de vivos a vivales. O sea que volver, lo que se dice volver y volver, es mejor hacerlo exclusivamente cuando se canta aquella copla, de la María Dolores Pradera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de octubre de 1999