Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

De la ganancia y del placer JOSEP RAMONE [HH] DA

Escribo sobre un paisaje, uno de tantos, de cuerpos braseados al sol, hacinados en el espacio arenoso de trazo ligeramente curvo de una playa, una de tantas. Están aquí porque han venido. Nadie les ha obligado. Puede que todavía algún cura siga tronando contra estos lugares de perdición y desenfreno. Dicen que vivimos en una sociedad hedonista y, a juzgar por lo que tengo a mi vista, más bien se trata de una sociedad apacible que llena su tiempo de ocio conforme a las pautas propias de cada momento, sin salirse de los raíles, ni siquiera a la hora de la aventura que hoy es una actividad perfectamente programada. Ya advertía Hume que la seguridad debilita las pasiones. Educados en la idea de que las ilusiones "chocan con un trozo de realidad y se hacen pedazos", para decirlo como Freud, pasarlo bien excluye cualquier elemento que escape a los límites de lo razonable. Es tiempo de ser cauto, en la vida como en el amor. Póntelo, pónselo, signo de una sociedad que sabe anteponer la racionalidad sanitaria a la irracionalidad del placer y sus no deseadas consecuencias. Y, sin embargo, el hombre que es un ser ambivalente por naturaleza debe estar bastante apaleado para amoldarse a tanta coherencia. Tratemos de aplicar el test de Hume para la determinación del placer. Dice el filósofo: "No es a partir del valor o mérito del objeto que se persigue, sino simplemente a partir de la pasión con que se persigue y del éxito que se logra con su propósito" que podemos evaluar el placer de una persona. El éxito es muy desigual. Pero una observación informal de situación indica que nada se persigue con tanta pasión como el dinero. O por lo menos así luce en las clases favorecidas, como dice el pudoroso lenguaje eufémico. No hace falta ser marxista para saber que las pautas de comportamiento sociales que predominan vienen marcadas por las clases dominantes. Sin embargo, el dinero es una abstracción y un medio. Es un intermediario con el placer. "El dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla", dice el proverbio. Parafraseando a Hume, "el amor por la ganancia prevalece sobre el amor por el placer", lo que no garantiza que la ciudadanía sea más feliz pero sí más previsible. El placer -en tanto satisfacción plena de un deseo (posesión del objeto que se persigue)- puede que se aleje, pero a donde ya no llega la pasión siempre queda la esperanza de que algún día alcance el dinero. La sociedad es apacible, pero compulsiva: por ejemplo, la compulsión de los pasajeros de un avión que esperan ansiosos el instante en que se apague la señal luminosa para conectar a toda prisa sus teléfonos móviles. Como si de repente todo fuera urgente. Tan urgente como estas masas de dinero que en cuestiones de segundos dan la vuelta al mundo, pasando por varias manos engordándose copiosamente y que son la imagen de la globalización antes de que se concreten las promesas del globalismo. La ganancia convierte en cuantitativo el sentido del placer que es algo cualitativo. Pero la fe con que se persigue hace pensar que existe la convicción social de que por el camino de la ganancia se puede llegar a la felicidad. La fórmula política que corresponde a esta quimera tiene nombre de matriz económica: se llama competitividad. Trabajar más y mejor para maximizar la ganancia. Éste es el mensaje, que confunde deliberadamente lo colectivo y lo individual. La competitividad sirve para medir las diferencias entre los países. Ser menos competitivo va camino de ser considerado una humillación nacional. En realidad, es la confirmación de que el dinero opera como medida de todas las cosas. En unos tiempos en que la política se empeña en asumir una posición subalterna respecto de la economía (y ésta es una de las principales causas de su descrédito), la principal función de los gobernantes es encauzar a los ciudadanos por la senda de la competitividad. La competitividad somete al hombre al resultado y no el resultado al hombre. Ni siquiera alcanzando los objetivos que se le exigen -él no los ha escogido- hay lugar para la satisfacción porque la competitividad siempre pide más. Pura lógica del poder. Al final de este trayecto el modelo social que se nos propone -el del buen competidor- es una recreación de un viejo y denostado personaje. Una versión de diseño del veterano estajanovista que entrega su vida para producir hasta la extenuación, rivalizando con los demás trabajadores sin ninguna solidaridad con ellos, porque uno gana siempre a costa de los demás. Antes lo hacía al servicio de la revolución. Ahora se le exige al servicio de sí mismo, dicen, de la empresa y de la competitividad nacional. El esforzado estajanovista tenía como premio el reconocimiento del partido, al neoestajanovista contemporáneo se le promete la promoción y una ración superior de dinero. Progresamos. Y se sigue con empeño buscando la ganancia, porque detrás de ella está el placer. O por lo menos así lo explican los triunfadores, que metidos en la nube ni siquiera pueden entender la demoledora ironía de Marx sobre los poderes taumatúrgicos del dinero que convierte a un jorobado en un playboy o a un idiota en el más adulado del lugar. La sociedad apacible es la sociedad del miedo a sufrir. Días atrás, Pascal Bruckner, en una conferencia sobre los límites del hombre, describía la tremenda ansiedad que provocan en el ciudadano la cantidad de actividades y obligaciones que la sociedad se ha inventado -y cada cual se ha impuesto- para evitar el sufrimiento. Cada día sufrimos un montón de veces para no sufrir. La intromisión de la ganancia en el circuito del placer corresponde a esta misma lógica de la cadena del esfuerzo y de la ansiedad. Ganar para ganar más, en pleno conflicto entre placer y seguridad. De modo que la sociedad en que vivimos será, aparentemente, apacible y tranquila, pero hedonista poco; más bien sufridora. Por la ganancia, es decir, por el medio sin siquiera pensar en el fin. Porque a menudo el ciclo acaba en el ensimismamiento: el dinero se convierte en objeto en sí mismo y lo único que importa es acumularlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 1999