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Tribuna:

La izquierda, ¿para qué? JOSEP RAMONEDA

La cultura mediática crea marcas, modas y rótulos. La información política, también. Es una manera de simplificar las cosas porque lo simple es más fácil de vender -de comunicar- que lo complejo. Primero fue el Olivo. La marca que puso en circulación el centro izquierda italiano. Después, la tercera vía. Pero las modas pasan. Ahora lo que se lleva es la izquierda plural. El buen hacer de Lionel Jospin ha demostrado que la socialdemocracia no tiene por qué avergonzarse de ser izquierda y que se puede reunir a las distintas sensibilidades de izquierdas en un gobierno cooperativo, dejando de lado el narcisismo de las pequeñas diferencias. El entendimiento político es un buen camino para aumentar la comprensión y la colaboración entre la izquierda. En Cataluña, se acercan unas elecciones en las que, por una vez, la alternancia entra dentro de lo posible. Los medios de comunicación llevan raudos a la cita la moda de esta temporada: la izquierda plural. Pero antes de pensar en etiquetas, tenemos que preguntarnos: la izquierda, ¿para qué? Una primera respuesta es así de simple: para que la alternancia se haga carne. En tiempos pospolíticos es ésta, para muchos, una razón suficiente. Si la política ha sido sustituida por la administración de las cosas porque la historia -en tanto que proceso de superación dialéctica- ha llegado a su término, la alternancia es un fin en sí mismo. El único fin de la política: relevar, de vez en cuando, a los equipos que gobiernan por estrictas razones de higiene social. Y, sin embargo, crecen las evidencias de que el retorno de la política es necesario si se quiere una sociedad de "igualdad compleja" (Michael Walzer) capaz de frenar las formas de tiranía social que someten a una parte de la ciudadanía a la marginación, la degradación y el temor. La consolidación de la izquierda plural francesa lo confirma. ¿Qué objetivos se pueden exigir a la izquierda catalana para que un cambio sea algo más que una saludable alternancia? Se me ocurren algunos, que conciernen a cuestiones de mentalidad y actitud que tienen mucho que ver con la sensación de bochorno y calina de la atmósfera del tardopujolismo. Superar el "autismo" (Enzensberger) nacionalista, sanear la estructura clientelar y jacobina con que el pujolismo ha roturado Cataluña, gobernar sin supeditar la eficacia a los símbolos, utilizar las instituciones como factor inclusivo y democrático, y fomentar el "individualismo de la confianza" (Ignatieff). El nacionalismo sólo escucha su propia voz. Y pretende que los demás no atiendan otra palabra que la suya porque ellos son la voz de la patria, y la patria es sagrada. De ahí que con los vecinos, los que proclaman otras voces, otras patrias, otras sacralidades, cualquier forma de cooperación tenga que estar marcada por la sospecha. De ahí que cualquier otra voz interior que se haga oír, que gane presencia y audiencia, sea siempre presentada como una voz marcada, voz débil que carece de la convicción o autonomía para defender el país, voz entregada que obedece a lealtades ajenas. Este autismo es el que cansa. Esta abrumadora y desvergonzada insistencia en que sólo una voz -la pujolista- defiende Cataluña. Y su corolario: que la canción se cante a coro en todos los rincones del país. Si la alternancia quiere ser alternativa, no debe sustituir una voz por otra: debe escuchar a todas las voces, las del exterior y las del interior porque sólo desde una actitud abierta se puede pedir lealtad a los demás. No sólo de la doctrina vive la patria. Veinte años de gobierno nacionalista han creado una extensa trama clientelar sobre el territorio, bien amarrada desde el poder de la Generalitat conforme a la concepción jacobina característica de todo nacionalismo. Pero con el tiempo todo se erosiona. El caciquismo de CiU ha perdido eficacia porque la dinámica de los intereses económicos es muy viva y no siempre las terminales del sistema están en condiciones de seguirla. Desactivar el clientelismo nacionalista no quiere decir sustituirlo por otro, que es lo que se acostumbra a pensar cuando se habla en términos de estricta alternancia, sino establecer otro tipo de relación entre lo público y lo privado. Demasiadas veces la apelación a la patria ha servido para confundir entre intereses generales e intereses individuales. Cataluña necesita una renovada cultura de gobierno que no someta la eficacia a lo simbólico. Lo que ha ocurrido, por ejemplo, en materia de política cultural. La defensa de la lengua catalana es un objetivo político prioritario -así lo han entendido todos los partidos políticos-, pero lo que no se puede hacer es reducir toda la política cultural a la cuestión de la lengua. Porque se ha descuidado la mayoría de ámbitos de la cultura y se han sembrado recelos innecesarios en torno a la política de apoyo al catalán. Una alternativa al actual gobierno no puede caer en estas reducciones en que lo ideológico acaba produciendo ineficiencia y desatención a la ciudadanía. La izquierda debe defender el carácter neutral de las instituciones de Estado: desde ellas debe garantizarse la redistribución necesaria de bienes y servicios para que la sociedad abierta no se cierre bajo formas de tiranía social. De pronto, la izquierda parece haber descubierto que los empresarios también tienen madre y ha encontrado gusto en jalear a los emprendedores (los políticos se pirran por los eufemismos). No hay duda de que el individualismo activo ha sido una conquista de la modernidad. Pero no es la apología de la competitividad lo que corresponde hacer a la izquierda. Al contrario: apoyar un individualismo basado en la confianza y no en la lucha a muerte por los dineros. Un individualismo que sólo es posible en el marco de una cultura democrática en la que el asociacionismo ofrezca multiplicidad de pertenencias a los ciudadanos y el Estado opere como factor de equilibrio que asegure las condiciones básicas a la multitud de proyectos individuales que constituyen una sociedad abierta. Porque de la sociedad abierta se trata. Y para que ésta sea posible no se puede reducir a los ciudadanos a una sola pertenencia. Ni siquiera la nacionalista. ¿Está la izquierda plural catalana en condiciones de afrontar un cambio que no defraude después de 20 años de pujolismo? De que la izquierda catalana encuentre la forma de articulación adecuada para responder a éstas y otras expectativas dependerá el modelo. Y quizá sus posibilidades de éxito. Pero hay que saber lo que se quiere hacer, antes de definir la manera de hacerlo. Salvo que se opte por la estrategia posmoderna de ganar pasando desapercibido. ¿Para hacer qué?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de junio de 1999