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Crítica:CLÁSICA

La inteligencia se sienta al piano

Pollini volvió a marcar las diferencias. ¿Por qué desprende esa sensación irresistible de verdad? En primer lugar, por su inteligencia musical. Pollini se transfigura desde el piano y aborda sus interpretaciones ofreciendo una mirada interior, profunda, sin concesiones, con un perfecto control del mecanismo instrumental, con un dominio absoluto del estilo, privilegiando el análisis meticuloso del tiempo, las estructuras y el sonido.Su recital de ayer en Madrid fue prodigioso desde la misma planificación en tres partes: Schubert, Schumann, Chopin en las propinas. De entrada, un monumento del pianismo romántico: la impresionante última sonata de Schubert D 960. Pollini la enfocó desde la serenidad. "Con Schubert nace musicalmente el tiempo interior", escribe Luis Carlos Gago en sus documentadas notas al programa. Nunca había sentido ese concepto tan transparente como en la visión de Pollini, como tampoco la mezcla de amabilidad y amargura que subyace en el rondó final.

Maurizio Pollini

Schubert: Sonata número 21 en si bemol mayor D 960. Schumann: Allegro en si menor, opus 8; Fantasía en do mayor, opus 17. Concierto extraordinario Ibermúsica. Auditorio Nacional, Madrid, 4 de junio.

"Sólo cuando la forma te sea bastante clara, se te hará claro el espíritu", escribió Schumann. La Fantasía en do mayor, opus 17, fue, en las manos de Pollini, un prodigio de matización, de magia, de sugerencia sonora, de misterio. El contraste con Schubert era manifiesto. La música, los músicos, prevalecían. Y Pollini reivindicaba la creatividad del intérprete y conmovía desde una sobriedad llena de lucidez.

Asómbrense, quedaba lo mejor. Pollini planteó en sus cuatro propinas un recital Chopin: el estudio opus 25 número 1; la primera balada; el último de sus preludios y uno de sus scherzos. Pollini se agigantó -en Chopin es una referencia absoluta- alcanzando unos niveles de magnetismo, profundidad, virtuosismo y concentración verdaderamente increíbles. El público enloqueció en clima creciente de apoteosis.

Sigan asombrándose. No se llenó el Auditorio Nacional. Madrid está perdiendo musicalmente el norte, el sur, el este y el oeste. Hace unos años, cuando Pollini venía a Madrid, había puñaladas por conseguir una entrada. Las de ahora, de 3.000 a 7.000 pesetas, no se agotaron. Los que estuvieron fueron testigos del triple milagro, de un Schubert inquietante, de un Schumann estremecedor y de un Chopin absolutamente inigualable. La inteligencia se había sentado al piano. Era desgarrador. Qué cosas pasan en Madrid y algunos ni se enteran.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de junio de 1999

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