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Tribuna:

Elogio de la trenza ANTONI PUIGVERD

En el atardecer del Primero de Mayo me encontraba en el bar del teatro de Sant Cugat, rodeado de signos de vida burguesa y tranquila, urbanizada y doméstica, puntual y mediterránea: había transitado por una autopista razonablemente fluida bajo una luz como de whisky, había entrado en la ciudad por una avenida que aúna césped y asfalto; estaba en un teatro de modernidad geométrica, no lejos de un bello monasterio gótico, frente a un parque. Junto a mí, diversas personas esperaban, abrazadas por la música de un piano, el momento de escuchar la voz de unos poetas, sorbiendo té o café de procedencia exótica. Quien haya leído las glosas de Xènius, quien haya hojeado los preciosos ejemplares de la revista D"Ací, d"Allà o de Mirador, quien sepa de los gustos del joven Foix (que alternaba, en los años veinte, la lectura de los más oscuros trovadores con las prácticas de aeronáutica deportiva), quien conozca no ya los tópicos del noucentisme (mediterraneidad, modernidad, catalanidad, urbanidad, clasicismo) sino también los pequeños placeres que defendieron (una especie de cosmopolitismo doméstico que permitía importar la costumbre del té a media tarde sin perder la afición al pan con tomate), quien, en fin, haya conocido de una u otra manera los gustos e ideales de los noucentistes convendrá conmigo que el atardecer dominical, en algunas de nuestras ciudades menores (Sant Cugat entre ellas, por su alto nivel de vida), recuerda, a veces, la feliz Cataluña que ellos persiguieron en vano. El acto poético acaeció con grácil naturalidad. La noche empezaba para los jóvenes: encontré a muchos de ellos, agrupados en divertido jolgorio cerca del monasterio. Reían, bromeaban. A todos, invariablemente, les oí hablar en castellano. No me sorprendió, siendo como es tan natural esta lengua en nuestras calles, pero contrastaba con la evocación del ensueño noucentista. Acompañado por estas risas juveniles, contemplé el noble perfil del monasterio, pensé en la juventud perdida e intenté imaginar la angulosa figura de Gabriel Ferrater, que murió el año en que yo, entre aquellas nobles paredes, empezaba a estudiar literatura. Acompañado por el eco risueño de la lengua castellana, recordé asimismo que una semana antes, acompañado por Carles Navales, veterano luchador del Baix Llobregat y actual director de la revista de ideas La Factoría, estuve visitando la Feria de Abril, frente al curioso mar de Sant Adrià de Besòs (un azul en libertad vigilada por los grises de las chimeneas). Allí, durante una mañana y hasta media tarde, sin aglomeraciones, pasamos un sábado excelente: viendo bailar sevillanas a unas muchachas en flor, sorbiendo finos, oliendo aceites, observando los sincronizados pasos de los caballos, aspirando la brisa y, muy especialmente, comiendo y charlando, en la caseta de la Asociación Castellano-Manchega, con Juan Carrasco, un prototipo de la emigración de los años cincuenta, un hombre que se define como un analfabeto pero que me maravilló por su sensatez política, su pasión inagotable (sindicalista, luchador de barrio, impulsor del asociacionismo cultural), por su conversación amena, por las anécdotas de su vida (cómo entró, por ejemplo, en Barcelona dando el rodeo por Lleida para evitar que lo devolvieran a su tierra "como hacen ahora con los magrebíes"). Incomprensiblemente, Juan Carrasco fue presentado, durante los meses previos a la ley de Pujals, como uno de los radicales defensores del castellano. Y sin embargo, no hay mejor expresión de su actitud que la competencia lingüística de su hijo, el cual, después de servirnos unas sensacionales migas, se sentó a conversar con nosotros en un catalán no ya impecable: culto. Juan Carrasco, un incansable animador del asociacionismo cultural y folclórico, resume, en su envidiable vitalidad, las virtudes de la gran inmigración de los años cincuenta y sesenta: alegría y trabajo. Para el gran despegue industrial de esta segunda mitad de siglo (único mérito que algunos reconocen) la inmigración fue algo vital: ha renovado la sangre asociativa y mental de Cataluña. Casualmente, Juan Carrasco vive en Sant Cugat. Entre este Sant Cugat noucentista que he descrito (con su gótico, sus parques y avenidas, y su teatro elegante) y el mundo de Carrasco, sabroso de migas y chorizos y conejo en escabeche (nos dimos, charlando, un banquete de aúpa, regado con un sorprendente blanco Valdepeñas), entre ambos mundos parece que no hay más que una especie de muro de hielo, de indiferencia. Entre el mundo de Carrasco (recuerdos de lucha, pasión por los olores y los sabores de origen, confianza en la mezcla y humor desabrochado) y los mejores ideales de nacionalismo cultural no hay apenas relación. Son dos mundos aparte. Y sin embargo, están los hijos. He dicho que el hijo de Carrasco habla un catalán que ya quisiera para sí el consejero Trias. La hija, que también servía en la caseta castellano-manchega copas y tapas, ha estudiado historia del arte y sabe más del gótico y de la estética noucentista que cualquiera de los que estudiamos en la primera Autónoma, cuando murió Ferrater. Los hijos de Juan Carrasco, animador de los llamados (¿hasta cuándo?) inmigrantes, han realizado ya su particular trenza cultural: han heredado el mundo de su padre sin dejar de empaparse de la cultura del territorio en el que han nacido. No sucede así, en cambio, con el amanerado oficialismo de la cultura catalana, que acostumbra a contemplar la realidad con las gafas puestas a modo de espejo retrovisor. Entre la Feria de Abril y el ideal noucentista están los hijos de Carrasco, cuya ilusión cunde igual en una caseta que estudiando el gótico. Lo que estos chicos han ya trenzado en la realidad, sin renunciar a nada, enriqueciéndose, tenía que haberlo auspiciado la Generalitat. Durante años, se ha desaprovechado la mejor energía. Las murallas de hielo han convertido el país en un parapléjico timorato, que sólo sabe usar una parte de su cuerpo. No es extraño que el vuelo resultante sea de gallina. La trenza: sin renunciar a nada, sumando todo. He ahí un plan político. No sólo para ganar elecciones. Para hacer que el país, abandonando los saltitos gallináceos, vuele finalmente a sus anchas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 1999