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Tribuna:

Violentos

Acabo de recibir dos cartas sustanciosas. Una es de Marda, una amiga norteamericana que da clases a niños entre doce y catorce años en un colegio de Estados Unidos. Me cuenta que, tras la matanza de Denver, se ha instalado el miedo en todas partes. Además este es el peor momento del año para el temor, porque, a finales del curso, los niños siempre están más tensos y agresivos. La diferencia, dice Marda, es que ahora las amenazas infantiles se toman en serio, de modo que los detectives acuden masivamente a las escuelas para investigar a cualquier crío que, en una pelea del recreo, le haya dicho a un compañero: "¡Ojalá te mueras!". La semana pasada, un niño escribió en un e-mail diversas bravatas contra otros chicos, y los policías irrumpieron en su casa buscando un arsenal que no encontraron. Es la locura, el fantasma de la disociación social, el pánico negro a que tus propios hijos te fusilen.La otra carta es de mi amigo Jorge Viera, un escritor bisexual e hispanoargentino que reside en Londres. Es un texto hermoso, redactado en el dolor del atentado del Soho. Lo que está en juego, dice Jorge, "es un debate inmenso: cómo vamos a vivir juntos en una sociedad mezclada". Londres, añade, es "una burbuja de paz conquistada a través de décadas de luchas civiles, una ciudad en donde se hablan tantas lenguas africanas como en África, en donde el periódico de barrio que me pasan bajo la puerta está traducido al gujarati o en donde dos lesbianas pueden criar a su hijo mestizo con la cooperación del padre divorciado". Sí, tiene razón: es esta nueva sociedad, mudable y multicultural, lo que asusta a los neonazis. Que hoy son siempre los mismos, desde el Soho hasta Denver: jóvenes desintegrados y desconcertados, tipos débiles y sin ideología, porque la parafernalia nazi no es más que un disfraz. Son violentos porque son perdedores. Son los hijos del agobio, nuestros hijos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de mayo de 1999