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El último encargo de la guerra civil

La viuda de un militar republicano recibe, 60 años después, el pañueloque su marido entregó para ella a un compañero antes de ser fusilado

La última voluntad de Etelvino Vega, gobernador militar de Alicante del Ejército de la República, antes de ser fusilado, ha quedado cumplida. El pasado 6 de marzo, su viuda, Isabel Vicente Esteban, recibió el pañuelo que su marido entregó subrepticiamente a su compañero de celda instantes antes de ser conducido ante el pelotón de ejecución. "Es lo único que tengo, se lo das a mi mujer", le dijo.El 15 de noviembre de 1939, todos oyeron la llegada de la chivata al reformatorio. La chivata, la camioneta que transportaba a los pelotones de ejecución, llevaba a los presos el anuncio aterrador de otra inminente carnicería. Lo demás ya era sabido: iban llamando gente por las celdas del Reformatorio de Alicante, donde se hacinaba el excedente de los 2.400 presos de la cárcel local. Ese día le tocó a Etelvino Vega, teniente coronel jefe del 12º Cuerpo de Ejército de la República y comandante militar del último bastión republicano.

Cuando ya se se lo llevaban pasillo adelante, pidió súbitamente a sus guardianes que le dejasen volver al calabozo, a recoger una prenda de abrigo. Para su sorpresa, le dejaron regresar. Procurando no ser visto, el teniente coronel sacó de la prenda su pañuelo de bolsillo, lo deslizó en el bolsillo de uno de sus compañeros, Justo López Megías, y le encargó que se lo entregase a su mujer. Volvió a salir y ya no le vieron más. Sus restos reposan hoy en una fosa común.

El improvisado albacea buscó en vano a Isabel Vicente, la viuda de su compañero, hasta el final de sus días. Escribió cartas a Rusia, al partido comunista y a Dolores Ibárruri, Pasionaria, pero nunca dio con el paradero de la mujer y el hijo de dos años de su compañero ejecutado. Falleció hace dos años sin haber podido cumplir el encargo.

El pasado 1 de febrero, una noticia en las páginas de EL PAÍS daba cuenta del "calvario administrativo" que tuvo que padecer durante 14 años la viuda de un militar republicano a su vuelta del exilio hasta que el Tribunal Supremo reconoció su derecho a una pensión de viudedad.

La sentencia del Supremo, pródiga en detalles, transcribía el acta de un matrimonio celebrado en plena guerra civil, el 19 de diciembre de 1936. Los "camaradas contrayentes", el entonces comandante al mando del batallón Octubre 1, Etelvino Vega, de 30 años, e Isabel Vicente, de 19, una joven de Aranjuez enrolada en la unidad, se unían en matrimonio para constituir "un hogar proletario".

En la localidad oscense de Jaca, alguien leyó la noticia y pegó un respingo. Victoria López Zaborras, hija de Justo López Megías, el compañero de celda del teniente coronel Vega, había oído a su padre contar muchas veces la historia. Escribió al periódico buscando entrar en contacto con la viuda de Etelvino Vega: "Mi padre estuvo preso con él y a su lado cuando le llamaron para ejecutarle. Guardó durante todos estos años un recuerdo del señor Vega para su esposa, pero nunca pudo contactar con ella. Debemos entregarle el último recuerdo de su marido antes de ser fusilado y que mi padre guardó durante 60 años". A través del abogado Manuel Rodríguez Marín, defensor de la viuda ante el Supremo, EL PAÍS trasladó el mensaje.

Isabel Vicente reside hoy en una localidad cercana a Madrid. A sus 81 años sigue en activo y no le falta trabajo: "Afortunadamente", sonríe, "no hay por aquí mucha gente que traduzca el ruso". Vivió en Moscú hasta su regreso a España y ejerció como traductora en una agencia de prensa. Su hijo, con el que salió de España en brazos, cuenta ya 62 años. Por su labor como traductora cuenta con el premio nacional de la especialidad.

El pasado día 6 las dos familias se reunieron en Zaragoza para solemnizar la entrega. En un encuentro cargado de emociones, la viuda de Justo López, Ascensión Zaborras, de 90 años, cumplió el encargo hecho a su marido por un compañero en trance de muerte.

Isabel Vicente recibió el pañuelo en una caja de madera mandada hacer especialmente para la ocasión, en la que se incluía el sobre manuscrito donde se conservó el pañuelo todos estos años. Agitada por la emoción, Isabel apenas reparó en el aspecto algo ajado y amarillento de la reliquia. Sólo pensó que envolvía el último adiós de su marido, conservado para ella por un compañero durante 60 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de marzo de 1999