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Con perdón

Rosa Montero

En los aledaños del Día de la Mujer, es de celebrar que un jurado popular haya dictaminado hace poco, en Sevilla, que asestarle doce puñaladas a tu novia es un delito de ensañamiento: porque todavía perdura en nuestra memoria la estupefacción ante la sentencia de aquel magistrado que consideró, hace un par de meses, que acuchillar setenta veces a una mujer no era indicio de saña. De hecho, los abogados de Sevilla intentaron colar la pelota por el mismo marco (desde luego, si se puede apuñalar a alguien setenta veces a lo tonto modorro y sin afán sañudo, ¿por qué no doce?), pero les echaron para atrás el argumento.Me pregunto, con perdón, qué hubiera sucedido en Sevilla si en vez de ser una vista con jurado hubiera decidido un magistrado. Me pregunto, con muchísimo y acatante perdón, qué se está cociendo en la sesera de algunos de nuestros jueces para que hagan las cosas que algunos hacen. Si no fuera porque los magistrados son de órdago a la hora de castigar a quienes los critican, me atrevería a decir, con infinito perdón, que algunos parecen tener las neuronas achicharradas de machismo. Pero como en realidad no me arriesgo a ser tan explícita, señalaré tan sólo que algunas de las sentencias más recientes me han dejado bisoja.

Como ésa del Supremo que no vio delito de violación en los abusos de un padre sobre su hija. Desde los nueve años le manoseaba los genitales y desde los doce la obligaba a completar el coito, pero el Supremo consideró que no había habido intimidación por parte del padre. Cierto: el tierno progenitor no le atizó a la niña con una barra de hierro antes de forzarla. En fin, ya lo dice el Foro Contra la Violencia a las Mujeres: los jueces son los primeros responsables de la indefensión de las mujeres frente al cónyuge o al padre bestial. Así es que, con perdón, a ver qué hacemos.

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