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Tribuna:

Hitler y la publicidad

Hace unas semanas, durante las fiestas llamadas navideñas, el azar (aunque el azar no exista) entremezcló ante mis ojos un reportaje sobre Leni Riefensthal con una catarata interminable de anuncios televisivos. El motivo del reportaje era la reciente exposición sobre Riefensthal, la primera celebrada en Alemania, y la polémica suscitada por la oportunidad, e incluso legalidad, de un acontecimiento de este tipo sobre alguien tachado de colaboracionismo con el Tercer Reich.Aunque el eje central de la exposición era la fotografía, en las conocidas series realizadas por Riefensthal en África y las más recientes, subacuáticas, del mar Rojo, había amplias referencias a diferentes facetas de su vida. Recordé que lo que más me había impresionado de su autobiografía, publicada hace unos años, fue la demostración incontrovertible que Leni Riefensthal hacía de la amplísima adhesión que suscitaba el nacionalsocialismo en los años treinta.

Con igual desparpajo que energía, con tibias protestas de ingenuidad aunque sin asomo de arrepentimiento -tal vez porque seguía sin ver de qué arrepentirse-, invitaba repetidamente al lector a recurrir a los periódicos de la época para confirmar sus afirmaciones, algunas demasiado escandalosas para la historia burguesa del siglo. Si no me creen, consulten la hemeroteca. Por la crónica infame de los entusiasmos luego inconfesables desfilaban desde Ford, el emperador del automóvil, capaz de rogar por una invitación al congreso nazi, hasta los organizadores de los más importantes festivales europeos de cine. Una parte importante del reportaje lo ocupaban las películas de Riefensthal, y en especial El triunfo de la voluntad, un rotundo documento sobre el congreso nazi precisamente, y la célebre película sobre las olimpiadas de Berlín de 1936. Fue, azarosamente o no, en el transcurso de esta última cuando se produjo el interminable corte publicitario que introdujo en la pantalla todo tipo de coches y perfumes, rodeados, como es sabido, de decenas de cuerpos a su servicio.

Había, sin embargo, una coherencia en esa irrupción, con imágenes que encajaban con las contenidas en las películas de la cineasta alemana. La fuerza de las secuencias de El triunfo de la voluntad es innegable, hipnotizando al espectador, empequeñeciéndolo ante la grandeza del espectáculo e invitándolo, en cierto sentido, a la sumisión. En el filme sobre las olimpiadas, el admirable arranque expresionista anticipa el despliegue de la belleza de los cuerpos, deslumbradora y deseable, envidiada e inaccesible por igual.

Hipnosis, sumisión, deslumbramiento: cuando admiramos -técnicamente, con razón- la estética de las imágenes de un modo semejante a cuando elogiamos la fuerza visual de la publicidad -con medios técnicos y económicos apabullantes-, con "independencia" supuestamente de la manipulación de conciencias que pueda implicar. En ambos casos aceptamos que las imágenes carecen de verdad y de responsabilidad moral. Son, por así decirlo, inocentes, con tal de que satisfagan su función estética o retórica. De ahí que la falta de sentido autocrítico de Leni Riefensthal en sus memorias se parezca de modo notable a la de bastantes publicitarios -infinitamente menos creativos que ella, la mayoría- con respecto a su trabajo.

Ahora bien, es probable que, junto a unos pocos contemporáneos -norteamericanos, rusos-, Leni Riefensthal fuera sólo una pionera cinematográfica, mientras que, recurriendo, entre muchos otros, a ella, fue Hitler el primero que comprendió en su profundidad y alcance la alquimia totalitaria de ciertas imágenes. Para comprender uno de los rasgos esenciales del siglo XX, el nuevo poder de la técnica, caracterizado por Heidegger, es del todo insuficiente si no se contempla unido al nuevo poder de la representación icónica. La simbiosis de técnica y representación, y su mutua fecundación, es uno de los caudales más vertiginosos de nuestra época.

Hitler parecía entenderlo a la perfección al poner en marcha un mecanismo global en el que no bastaba la coacción tradicional, la de la palabra y la sangre, sino un tipo absolutamente nuevo de coacción -entrevisto por los grandes visionarios como Kafka, Wells o Huxley- basado en una telaraña icónica a la que el individuo no pueda substraerse. Por eso, el poder debía manifestarse en escenarios físicos concretos, mediante los grandes desfiles de masas, pero sobre todo debía, a través de las filmaciones, visualizarse, en el último rincón del imperio.

El que todo ello fuera al servicio de una ideología "fuerte" y tenebrosa, como su simétrica estalinista, que utilizaba métodos semejantes, no puede engañarnos con respecto a la continuidad del totalitarismo de la representación más allá del fin de los regímenes totalitarios. Que la palabra propaganda, aparentemente adecuada para periodos de dureza ideológica, confrontación bélica o "guerra fría", haya sido sustituida por la más aséptica publicidad no cambia la raíz del asunto, pese a que se facilite el ocultamiento de las intencionalidades bajo la fingida inocencia de las imágenes.

Hemos inventado, precisamente, todos los paraísos con un halo de inocencia. Lo tenía el terrenal y, mucho más cercanamente, también lo tenían los paraísos comunistas y fascistas. El paraíso neutro representado por la publicidad contemporánea para nuestro orden global y mesocrático posee asimismo esta obsesiva atmósfera de inocencia forzada, con la impunidad de mostrarse desvinculado de ideologías duras y sin hitlers o stalins de los que tener que dar cuenta. Pero es enormemente inquietante que ciudadanos libres, cada vez más indefensos y menos resistentes, se vean inmersos en engranajes puestos en funcionamiento por las peores dictaduras. Cuando estos ciudadanos son perseguidos por un incesante martilleo de consignas visuales, en sus casas y en las calles de sus ciudades, es inevitable recordar el propósito hitleriano de extender la escenografía del paraíso hasta el último súbdito, que no ciudadano, y hasta la última aldea. La hipnosis y el deslumbramiento del paraíso neutro desemboca en la sumisión.

Encerrado en esta prisión icónica, el ciudadano libre pierde buena parte de su libertad.

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de febrero de 1999