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Londres-BarcelonaMIQUEL BERGA

Los avatares de la política municipal han generado algunos sugerentes paralelismos entre Londres y Barcelona en los últimos años. Cuando el 31 de marzo de 1986 se consumó la abolición del Greater London Council (la entidad metropolitana del Gran Londres), la capital británica se quedó por primera vez en el siglo sin la figura de un alcalde. Sus competencias se diluyeron entre diversos ministerios y los ayuntamientos de distrito. Por aquellas fechas Pasqual Maragall empezaba, desde la alcaldía de Barcelona, a llenar de sentido y proyección sus funciones como presidente de la Corporación Metropolitana de Barcelona, un engendro del régimen anterior. Aún no se había convertido en "el legendario alcalde de Barcelona", como le llamaba recientemente un prestigioso periódico británico, pero su poder potencial ya creaba inquietudes al otro lado de la plaza de Sant Jaume. En Londres, Margaret Thatcher había conseguido, desoyendo encuestas y razones, abolir un importante núcleo de poder local laborista aplicando la mecánica de su mayoría parlamentaria. Ken Livingstone -Citizen Ken, como algunos apodaban al carismático y populista alcalde de Londres- se quedó sin empleo por decreto gubernamental. La osadía de la señora Thatcher deslumbró al presidente de la Generalitat. Al cabo de poco, un Jordi Pujol inspirado por la hazaña de Thatcher puso en marcha los mecanismos parlamentarios para desmantelar la Corporación Metropolitana de Barcelona. Su particular ciudadano Pasqual quedaba reducido a alcalde de la ciudad de Barcelona. La supresión de la Corporación Metropolitana se enmarcaba en el despliegue de leyes de régimen local que permitieron la alternativa de crear los consejos comarcales de Cataluña. La publicidad institucional ha celebrado recientemente los primeros gloriosos 10 años de estos organismos de dudosa vitalidad. Los 12 años transcurridos proyectan una curiosa luz sobre el proceso. Thatcher ya no está, y los nuevos laboristas de Tony Blair han devuelto a Londres su institución municipal y el año próximo Londres volverá a ser una capital europea con alcalde. El candidato laborista con más simpatías entre las bases para ocupar el cargo es, de nuevo, Ken Livingstone, el viejo león izquierdista que aún profiere aullidos propios de los radicales de antaño que Thatcher devoró sin piedad en los ochenta: Scargill, Foot, Kinnock. El melifluo Blair se siente incómodo. Les quiere devolver su ayuntamiento a los londinenses, pero se resiste a que lo presida su viejo alcalde, aquel ciudadano Ken que el nuevo laborismo no ha conseguido domesticar. El proceso de proclamación del candidato a la alcaldía de Londres está creando la crisis interna más notable en el par de años que el Partido Laborista lleva en el poder. Así están las cosas en Londres. Aquí, Pujol aún está, pero curiosamente debe disputar su reelección más delicada enfrentado al mismo Pasqual Maragall, a quien dejó sin Corporación Metropolitana. Sin embargo, si Maragall se ha convertido en una amenaza cierta para el poder convergente eso es debido a su brillante trayectoria como alcalde de la ciudad olímpica, a su probada capacidad para estimular y canalizar energías procedentes de ámbitos sociales y ciudadanos dispares. Eso es justamente lo que se reclama estos días para Londres. Tony Blair lo viene proclamando repetidamente: Londres debe tener un Maragall. La reforma laborista, en su empuje modernizador, quisiera encontrar lejos de la vieja escuela a alguien poseído de una "visión", como dicen los ingleses, para la ciudad. Una persona capaz de encarnar la fuerza transformadora que conviene a esa gran metrópoli europea, una sólida superviviente más allá de modas pasajeras entre las urbes europeas que no ha conseguido, sin embargo, dotarse jamás de un proyecto global y unificador. De alguna manera, la ciudad desaprovechó sus dos grandes oportunidades de reconstrucción: la que impulsó el arquitecto Christopher Wren a raíz del gran incendio de 1666 y la que planeó Patrick Abercrombie sobre la devastación de los bombardeos nazis de 1940. En la situación actual no parece emerger la figura idónea. Ken Livingstone y los otros candidatos más digeribles para la cúpula del Partido Laborista aparecen problemáticos o insulsos. El ya proclamado candidato conservador, el millonario novelista Jeffrey Archer, es un puro ejercicio de excentricidad típicamente anglosajona. Así las cosas, no debe extrañar que The Observer reclamara recientemente, con reiteradas referencias a Maragall, la urgencia de encontrar un "Titán visionario" para la ciudad. En el mismo diario, Peter Hall, catedrático de planificación urbanística de la Universidad de Londres, utilizaba el ejemplo de Maragall y Barcelona para argumentar la conveniencia de dar coherencia a la acumulación urbana que ha ido creciendo a ambos lados del Támesis a lo largo de 10 siglos, un crecimiento sin otra visión de conjunto que la que puedan aportar los retazos de monumentalidad desperdigada que certifican para Londres su condición de capital del viejo imperio. Por eso, ahora mismo, cuando la ciudad se dispone a reconquistar su independencia municipal, a unos y a otros sólo se les ocurre entonar el Homage to Barcelona y reclamar un Maragall para Londres. Si a esto se añade que un ex lateral azulgrana, el bueno del Xapi Ferrer, anda triunfando en el Chelsea mientras la prensa londinense le apoda cariñosamente The Catalan, vemos hasta qué punto Londres y Barcelona pasan estos días por un curioso momento dulce en sus relaciones intangibles.

Miquel Berga es profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra.

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