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Tribuna:

Un remiendo riguroso

"Moneo ampliará el Museo del Prado" es un titular equívoco. A la vista del proyecto ganador habría que escribir: "Moneo intervendrá en la ampliación del Museo del Prado". La crónica de este desenlace anunciado debe necesariamente destacar la deliberada sumisión del arquitecto navarro a las mezquinas condiciones que imponía su cliente institucional. El resultado es una propuesta tan correcta como indigna del lugar y de su autor: el Prado ha sido el proyecto español de mayor dimensión simbólica, y Moneo es aún el mejor arquitecto del país; pero el encuentro de ambos no ha estado a la altura que uno y otro merecen. El dado vulgar junto a los Jerónimos que fijaban las reglas de este juego amañado, y una cuña acristalada, a la manera de un zaguán-invernadero, en el espacio que lo separa del edificio de Villanueva: tal es el proyecto con que se ampliará el museo.El largo culebrón del Prado ha parido un ratón con apellido ilustre, y no hace falta ser muy cínico para comprender que los políticos sólo buscan de Moneo el blindaje de su prestigio. Y nadie argumente que el concurso ha sido anónimo; porque hacer comparecer bajo lema a diez arquitectos de caligrafía ya conocida es sólo un simulacro administrativo. En su memoria justificativa, Moneo cita a Paul Valéry ( "la mayor libertad nace del mayor rigor") para defender su aceptación rigurosa de los límites establecidos por las bases. Pero el rigor está en la forma del soneto o en los cánones del retrato cortesano, que el poeta o el pintor aceptan y subvierten a la vez; no hay rigor, como no sea el rigor mortis, en la entrega a un disparatado lecho de Procusto que mutila la imaginación y el talento.

Todos los que admiramos a Rafael Moneo confiábamos en el más difícil todavía, y aguardábamos con cautela esperanzada el momento de verle librarse de las ataduras como un Houdini que nunca defrauda. Sin embargo, el maestro ha decidido sorprendernos adoptando la docilidad versátil del profesional incombustible, proclamando el esplendor de la disciplina y asegurando que, en realidad, se encuentra cómodo en la postura a que le obligan las cuerdas anudadas en torno a su cuerpo en el baúl. Y pese a todo, quizá deberíamos sentirnos satisfechos de que haya sido Moneo el designado, a la vista del nivel que manifiestan algunos de los anteproyectos finalistas. De la mediocridad se salvan sólo la propuesta inesperada y estimulante de Hernández Gil y Olalquiaga, que desplaza el claustro para usar su monumentalidad exenta como forro de un colosal lucernario; la elegancia escultórica y predecible de Matos y Martínez Castillo o Fernando Pardo; y la desconcertante abstracción escalonada de Población, Arana y Aroca. Al final el Prado se ampliará con un remiendo, y hay que confiar en la profesionalidad de Moneo para esperar que el remiendo sea -como él ofrece- riguroso, y que esta desventurada historia tenga una coda trivial y narcótica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de noviembre de 1998