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Sobre bajarse al moro

Como escribió hace unas semanas Vicente Molina Foix en la columna cultural titulada Para bajar al moro (EL PAÍS, 28 de julio de 1998), el "occidental que viaja al sur del Estrecho ya no tiene la inseguridad ni el privilegio descubridor del orientalista de cien o incluso de treinta años atrás. La mundialización ha llegado a todas las dunas, y avanza con más glotonería que la arena". La observación es justa: a la voluntad de conocimiento de algunos viajeros excepcionales -llámense Domingo Badía, alias Alí Bey, o Richard Burton- ha sucedido un conjunto de simplezas, clisés y estereotipos del turista en busca de comodidad y exotismo que induce a una percepción errónea de cuanto ve y escucha en la lingua franca de los indígenas, impulsándole a aventurar juicios fundados en bases engañosas. Escasos son hoy quienes se toman la molestia de aprender el árabe y se interesan desinteresadamente en un saber no rentable, en el que habrán de invertir millares de horas sin ningún provecho gremial ni académico. Aunque se trate de una lengua de la que deriva en parte la nuestra, su aprendizaje -fuera del coto o bastión de los arabistas- es juzgado inútil o mirado incluso con recelo hasta el punto de que uno de nuestros más reputados filólogos no la reconoce ni de oídas (el hecho fue grabado y bien grabado en un programa de Radio Nacional).Durante mi ya larga estancia en Marruecos me he dedicado a ratos a copiar frases y reproducir anécdotas representativas de estas percepciones falaces y trampas comunes. Hace poco más de tres años, la mujer de un célebre director de cine apuntó con el dedo, durante un paseo nocturno por Xemaa el Fná, a un corro de siluetas femeninas con el rostro oculto por un velo negro, apostadas en uno de los ángulos de la plaza: "Integristas, ¿verdad?". Su sorpresa fue grande cuando le dije que se trataba de prostitutas: el velo ha servido siempre de tapadera a las correrías de quienes, prostitutas u "honradas", no quieren ser reconocidas. Lady Montagu, la extraordinaria esposa de un embajador inglés en la corte otomana, escribió al respecto unas Cartas magistrales cuyo recorrido aconsejo a los lectores justamente preocupados por el status de la mujer en el islam. En otra ocasión, en el curso del rodaje de un documental de TVE sobre Marraquech, un miembro del equipo me confió al oído que acababa de comprar 200 gramos de quif a precio de saldo: ¡cien dirhams! Según verifiqué al punto, el supuesto cannabis vendido por un muchacho que se eclipsó apenas cerrado el trato resultó ser hoja de alheña, empleada comúnmente en Marruecos para el teñido y fortalecimiento del cabello y las expertas labores en pies y manos de la tradicional "orfebrería dérmica".

Para bajar al moro no cae desde luego en semejantes dislates (y podría citar alguno más de un conocido santón de nuestra prensa), pero la visible condición de turista del autor y el desconocimiento del árabe le hace tropezar con lo que él llama guías espontáneos, aunque no actúen con espontaneidad alguna y constituyan al revés, en todas las ciudades del reino, un gremio altamente profesionalizado: el conocido popularmente por los faux guides (así, en francés) en contraposición al murchid rasmi o guía oficial con insignia. Estos faux guides, escasamente representativos de la juventud local, son alrededor de trescientos en Marraquech (imagino que habrá otros tantos en Fez, por donde pasó Molina Foix) y merodean al acecho de los turistas en las estaciones de autobuses, zocos, bazares y las cercanías de los hoteles en donde se hospedan. El índice elevado de paro juvenil, la lucha diaria por la subsistencia, les han aguijado a la práctica cuando menos elemental de diversas lenguas: hace veinticinco años nadie conocía en Marraquech una palabra de español, fuera de las incorporadas en el habla local; hoy, por obra del turismo de mochila o en grupo, todos los bazaristas y faux guides lo chapurrean. Estos guías tan poco espontáneos, ya torpemente machacones, ya corteses y adiestrados en la manipulación ingeniosa del visitante, no componen un grupo homogéneo: bastantes son dignos y honrados; otros se las apañan como nuestros antiguos pícaros (el capítulo titulado "La verdad de la historia omitida sobre el mercado de esclavos de la medina de Marraquech", de Las semanas del jardín, se inspira en un episodio real); algunos, en fin, son francamente indeseables y ahuyentan al turista ingenuo o desprevenido (un viejo editor inglés que me buscaba en los cafés de Xemaa el Fná sufrió el acoso de uno de ellos y su acuciante retahíla de ofertas: "Verdura nueva" [chicas jóvenes], "dulces" [muchachos] e incluso "pasta" [maaxún], y llegó hasta mí pálido y desencajado. ¡Pidió al camarero un coñac, pero no sirven alcohol en la plaza!).

El bajo nivel de vida de la población (diez veces inferior al de España) y la escasez de oportunidades para mejorarla aclaran la inevitabilidad de los encuentros "casuales" o no con visitantes extranjeros de todas las nacionalidades, sexos y edades. En fecha ya antigua asistí a una audiencia del tribunal civil de Tánger. El acusado, un joven de una veintena y pico de años supuestamente culpable de "acompañar a un señor inglés", se defendió con extraordinaria elocuencia: "Al acabar la secundaria quise estudiar medicina, pero mi familia no pudo sufragar los gastos. Entonces decidí buscar empleo en la hostelería o en la administración, y no lo encontré. Intenté después emigrar a Europa y me negaron la salida. Empecé a vender tabaco de contrabando y me trajeron a esta sala. Me hice novio de una señora alemana y volví a comparecer ante sus señorías. Ahora me culpan de acompañar a ingleses. Por favor, señor juez, ¡dígame de una vez qué debo hacer!". El tribunal le absolvió. (A fines de los cincuenta, cuando España era respecto a Europa lo que Marruecos es hoy con respecto a España, "acompañar a francesas" constituía también una figura delictiva. Así lo descubrimos Jaime Gil de Biedma y yo cuando fuimos poco gloriosamente detenidos en el Barrio Chino de Barcelona, en una redada nocturna de maleantes: uno de los atrapados en ella había bailado el chachachá y mucho más con una criatura rubia de allende los Pirineos).

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Pero volvamos al guía espontáneo de la columna de Molina Foix: según leo en ella, aquél aseguró que el acompañante del escritor, "muy velludo de pecho y espalda, sería -por esa abundancia rara entre los varones árabes- el rey de la casa entre las mujeres de su familia, calculando su valor de cambio físico en seis camellos". Dicha afirmación, tan ladina como falsa, exige una rectificación, pues muestra un escaso conocimiento corporal del marroquí: los beréberes del Atlas suelen ser hircinos, y pongo a la disposición de

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mi colega y amigo, si acepta la cordial invitación a mi domicilio en su próxima bajada al moro, un pequeño archivo fotográfico que lo prueba sin lugar a dudas a condición de que no revele mis antiguas aficiones de silvicultor al crítico-estrella de este periódico, a quien la mera imagen de "gañanes peludos" perturba el juicio y apoca el ánimo.

En cuanto a lo de los camellos, es un lugar común en boca de los bazaristas, faux guides y millares de jóvenes más o menos conectados con el turismo y el sector servicios. Todas las muchachas europeas, saludadas de ordinario con el habitual "mi gacela", son objeto de un hipotético canje en camélidos. Recientemente, la hija de un matrimonio amigo alojado en casa se empeñó en medinear a solas con todo el inocente esplendor de sus quince años y regresó abrumada con el descaro y asiduidad de las propuestas. El hijo del amo de un bazar la tasó en mil camellos y, no contento con el ofertón, se presentó en mi domicilio en busca de la gacela. Le dije secamente en árabe que no volviera a acercarse sino con los mil dromedarios (en las fronteras del reino anteriores a 1975 no hay camellos), tal vez con uno más (por lo de la cifra mágica), pero ni con uno menos. El valor de cambio del acompañante de Molina Foix era en verdad muy bajo y debería haberse ofendido por tan indignante mezquindad. Al arsenal de tópicos y clisés del turista europeo, el faux guide, pícaro moderno, responde con otro perfectamente simétrico: es su manera de disfrazarse de bailaor o torero y de ponerse el mundo por montera. El visitante escucha lo que quiere oír (eso existía ya en tiempos de Flaubert) y recibe el trato que de antemano espera. Hasta la irrupción militar de los franceses, nadie había oído hablar en Marruecos de la danza del vientre y las "bailarinas" de los cafés populares eran muchachitos impúberes. Luego, con la llegada del turismo más y más inculto, capaz de confundir el Oriente Próximo con el Magreb, su práctica se institucionalizó como el tablao flamenco en Mallorca y la Costa Brava. El vertiginoso poder allanador de la mundialización completa el cuadro con toques holivudianos: un "complejo turístico" cercano a Marraquech orientaliza el palmeral con una erupción cutánea de cupulitas chillonas, remedo atroz de las mezquitas y palacios de Samarcanda o la India.

Más acertada es la reflexión de nuestro escritor acerca "de la desaparición de las mujeres que da a muchos de los paisajes y situaciones vividas un aire de campamento militar" si bien requiere a su vez alguna matización. "El islam", dijo el gran arabista Richard Burton, "parece haber aflojado adrede los lazos entre los sexos a fin de reforzar las ataduras existentes entre varón y varón" (y, añadiría yo, entre mujer y mujer). Este panorama monocorde, y en bastantes lugares asfixiante, encarrila a Molina Foix a la evocación de la homosexualidad. En la denominada "zona sotádica" por Burton, la bisexualidad es bastante común y aceptada en la medida en que no es ostentosa y permanece implícita. Las fronteras de lo sexual son borrosas y se puede transitar por ellas con discreción y discernimiento: muchos inmigrantes magrebíes en Europa vivían, antes del sida, por razones económicas y de marginación social, una vida pasajeramente homosexual que abandonaban sin trauma a su regreso a la tierra nativa. En un país de arraigada homofobia como el nuestro, unificado históricamente por su rechazo al moro, el judío y el sodomita, en donde por espacio de siglos se quemaba a los reos del pecado nefando y en el que, no obstante la abrogación de la legislación represiva y las nuevas leyes antidiscriminatorias, el sentimiento visceral de un sector de la población y la decrépita autoridad moral del máximo portavoz de la Iglesia coinciden aún en estigmatizar toda conducta impropia, la situación es bastante diferente a la de la otra orilla del Estrecho. La reivindicación gaya (¿por qué anglicanizar un término de raíz latina o incurrir, como toda la prensa nacional, en la cursilería detestable del "compañero -o compañera- sentimental", indigna del peor cupletista? Dígase coamantes, sin distinción de sexo, como nuestros autores medievales, y punto) o la asunción paródica del estereotipo de loca de argolla son dos respuestas distintas pero obligadas a una persecución o censura inicuas. Por ello, su trasplante mecánico a otras culturas resulta por ahora baldío. En la zona sotádica nadie necesita alardear de lo que es para hacer lo que desea.

La ostentación de los europeos teñidos y empelucados, navegantes sin rumbo en el mugriento alquitrán de la plaza de Marraquech, invita a veces a la sonrisa, nunca a la reprobación. La civilidad y tolerancia del público de los cafés tocante a la fauna abigarrada que desfila ante él son comparables a los de la Rambla barcelonesa. Aquí se habla de todo y nadie se escandaliza de nada. Muy significativamente, el anatema contra el invertido y la consiguiente respuesta gaya sólo se dan entre los burgueses de educación europea. Mas son una minoría exigua. Queda el escamoteo femenino, señalado por todos los viajeros de los dos últimos siglos: de su resolución depende el acceso de los países islámicos a una modernidad abierta y pausada. Pues Marruecos es ya en parte Morocco, como Spain it"s indifferent. El economicismo a secas, el fundamentalismo de la tecnociencia y la prepotencia de la industria cultural y del ocio arrasan las civilizaciones, cortan las raíces del saber y parasitan el cerebro de la humanidad entera. El futuro llegó y nos dejó en la estacada.

Juan Goytisolo es escritor.

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