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Andalucía de la A a la Z

Chiringuito: pabellones de fritanga

Una persona en bañador es a una persona elegantemente vestida lo que un chiringuito a una casa diseñada por Guillermo Vázquez Consuegra, martillo de macetones, chirimbolos y otros primos hermanos del chiringuito. El chiringuito es un himno a la provisionalidad cuyos exégetas son los Morancos de Triana. Es un pabellón interclasista donde los pobres parecen ricos y los ricos parecen tiesos. El chiringuito es sombrajo y metáfora atravesada: siendo el lugar estelar para el ocio y el relajo, sirve por extensión para definir al puesto de trabajo cuando éste, paradójicamente, tiene unas características de estabilidad. Un chiringuito es la Moncloa, lo fue el despacho de Juan Guerra; vale igual para un palacio que para los infiernos que sus secuestradores crearon para Ortega Lara y Segundo Marey en Mondragón y en Colindres. El chiringuito es una famosa canción de Georgie Dann. Sí, doctor, yo soy un fan de Georgie Dann, le respondió el paciente a su psiquiatra mientras éste bailaba el Kasatchov con vehemencia veraniega. Georgie Dann es la eterna canción del verano en este país que se convierte en un chiringuito. Chabolismo sublimado con la arena en los pies y las moscas en la cabeza. Los hombres, cansados de Lorca, muestran sin pudor sus carnes orondas para sumarse al centenario del muñeco de Michelín. El chiringuito es equidistante de la orilla y el apartamento. De Vázquez con suegra, sombrilla y filetes empanados. Por muy ilustres que fueran los arquitectos que se dieron cita en el evento, por muy osadas que quisieran ser algunas de las propuestas, desde el acuario de Mónaco con Carolina de sirena al submarino de Isaac Peral y las flores del mal, el modelo de los pabellones de la Expo no era otro que estos chiringuitos que por delante tiran cerveza y por detrás sueltan fritanga. Pellón y Olivencia les llamaban pabellones para darse importancia. Pabellones se llaman los edificios invadidos por el olvido y el desdén en primera línea de playa de Chipiona, centro de pretéritos dolores y de achaques redimidos del que huyeron las batas, los fonendos y los bisturíes y sólo queda algún eco quejumbroso, ay lejano, que se pierde en el estruendo del chiringuito más cercano, entre el faro y la ermita de Nuestra Señora de la Regla. Tan chipionera. Tan africana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de agosto de 1998