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Tribuna:

Instantánea al óleo

El pintor Antonio López se ha propuesto, según leímos hace unas semanas, plasmar en uno o varios lienzos la ciudad de Madrid. Ya era hora y enhorabuena viniendo de tan acreditados y magistrales pinceles. Lo que no se sabe, quizá por defecto de información, es si ya ha acometido la gran tarea desde una azotea del barrio de Chamartín, porque no está el clima de ahora para desarrollar trabajo alguno que sea nuevo, ni malo, bajo este sol de justicia. Creo que la mayor parte de los seres humanos y similares tienen una irresistible inclinación hacia los pintores realistas, donde hay que demostrar mucha mayor competencia, originalidad y perfección que en otros estilos. Cualquier alumno de la Escuela de Bellas Artes parece capacitado para dibujar fielmente del natural, pero habrá un abismo, perceptible incluso desde la media distancia, con el trazo maestro, como cuando se equiparan, lo que es muy frecuente entre personas candorosas e irresponsables, los cuadros de Miró con los chafarrinones que han vertido al papel nuestros hijos antes de cumplir los ocho años. Fuentes autorizadas aseguran que existen notables diferencias.Antonio López ya ha pintado otros lugares de la capital: la Gran Vía, en sus comienzos. Ya nos gustaría no sólo poseer una de esas telas, sino la considerable cantidad de pared indispensable para colgarla. No se trata de hacer una crítica -¡Dios me libre!-, sino una mera observación, en el sentido de que se echan de menos algunos personajes, cierta vida habitando tamañas obras de arte. Puede que perdiesen solemnidad, aunque ganarían en calor y color costumbrista. Por el lugar que ha elegido don Antonio nos tienta la apuesta de que pueda inmortalizar las torres basculantes de la llamada Puerta de Europa, junto a la encrucijada que fue fulminantemente bautizada como "plaza de la Astilla", vivero de picapleitos, jueces condescendientes y subasteros avispados.

La cuestión, para un artista, imagino que consiste en escoger, con tino y acierto, los ingredientes y personajes que piensa meter en el bastidor. Empeño relativamente fácil, si algún día se quiere hacer habitar el paisaje urbano de la Gran Vía, por donde han pasado sinnúmero de generaciones, desde los ratas de zarzuela hasta los proxenetas centroafricanos de hace poco. Las gitanas, con churumbel o las manos ocupadas en mostrar décimos de lotería y dispuestas a decir la buenaventura; las violeteras, que marcaban su territorio por la acera de Chicote o la del Abra; las meretrices de cierto lujo, frecuentadoras de esos bares ingleses y Pidoux, más que profesionales, amigas y compañeras de los parroquianos asiduos, porque Madrid fue en otra época lugar donde un número elevadísimo de hombres iban a tomar el café y la copa como quien asiste a un rito o a una obligación insoslayable.

Era una Gran Vía populosa, viva, comercial, recorrida, paseada de arriba a abajo por una miscelánea y curiosa muchedumbre. Los forasteros fueron visitantes fieles y empedernidos, que subían la cuesta nacida en la Cibeles con el consuelo restaurador de los muchos cafés que, desde la bifurcación, brindaban veladores y barras a los sedentarios y a los apresurados. Eso es lo que noto a faltar en las obras representativas de nuestra Villa, que no ha tenido unos Renoir o Pissarros que llenaran los espacios urbanos de landós, caballeros con chistera y señoritas con talle de avispa y canotier con un velito. Ya sé que hay notables artistas -Laharrague, entre otros-, pero sospecho que existe el pudor de no reflejar lo que pueda pasarse de moda. Por ejemplo, hoy resultaría chocante o inesperado, en una representación ciudadana, la figura de un cura; sin embargo, en tiempos que hemos vivido, lo raro era no encontrarse con varios sacerdotes, religiosos o monjas, incluso abadesas, por la calle, en los ministerios, donde se pudiera pedir algo, e incluso en los primeros vuelos de Iberia durante los años cuarenta a los sesenta. Palabra.

También le cabe al ilustre colorista -y quizás entre en sus planes- inmortalizar la costa Fleming, aunque ya no es ni pálida sombra de lo que ha sido. Porque las calles, los barrios, crecen, se ponen de moda y luego decaen sin que se conozcan los verdaderos motivos, que siempre resultan económicos. Por el momento, parece que se ha llegado a la saturación en la representación bancaria, que busca esquinas sólo en los nuevos asentamientos. Esperemos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de julio de 1998