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Entrevista:

LUIS CABALLERO FLAMENCÓLOGO "Intenté ser cantaor, pero el ambiente era muy denigrante"

Cantaor y estudioso del cante flamenco, Luis Caballero (Aznalcóllar, 79 años) nunca firmó un contrato artístico. Durante 34 años trabajó en el hotel Alfonso XIII, donde fue correturnos de la bodega y valet de habitaciones, menester en el que conoció a clientes como Andrés Segovia o Arturo Rubinstein, donde se ganó la amistad de Anthony Quinn y le mostró los flecos del duende a Ava Gardner. En ese hotel conoció a su esposa, que convalece en un hospital que este hombre abandonó anteanoche para presentar su disco Al cante: infinitamente agradecido. Pregunta. ¿Qué le agradece al cante? Respuesta. Que me salvó la vida. Fui víctima de la guerra porque la perdí. A los que estuvimos en la zona republicana nos vistieron de pico y pala por miedo a que entraran los aliados. Estaba en un campo de concentración de Reus en 1942. Un día, sin saber por qué, me puse a cantar y por eso me dieron un poco más de comida. Eso me salvó del tifus exantemático que se llevó a tantos muchachos. P. ¿Por qué no se hizo profesional? R. Quise ser cantaor flamenco, pero no me gustó el ambiente de entonces. Lo intenté con mi cuñado, Pepe Aznalcóllar, pero vi que era una cosa un tanto denigrante. Había que esperar a que te llamaran, aguantar los caprichos de un borracho. P. ¿Teme que en el futuro se hable más de Aznalcóllar por la balsa que por el cante? R. No creo. Si hay culpable, será un sueco, no un minero, que bastante tiene con trabajar el pobrecito. Aznalcóllar es más que otra cosa un pueblo fandanguero. P. ¿Cómo entrará el cante en el siglo XXI? R. Como una de las músicas más apreciadas por los eruditos, por los intelectuales. Hoy, en cualquier ámbito culto se sabe lo que es el flamenco, sobre todo la guitarra y el baile, porque el cante es un enigma. Un enigma geográfico, que no se explica sólo con la aportación de los gitanos, que es interesantísima, ni con la proximidad de Marruecos. en ocho siglos pasan muchas cosas y Falla habló de lo que se llevaron de aquí. P. Algunos hablan con desdén de flamencólogos y flamencólicos... R. A la gente le fastidia mucho la palabra, es verdad, porque ha habido unos cuantos osados que han dicho lo que no era. Es el que estudia el flamenco. No es tan grave la cosa. P. ¿Es el arma de una clase social? R. Las clases se mezclan. Cuando trabajaba en la bodega del hotel, tenía mucha relación con los camareros. Los camareros de los grandes hoteles son como actores. Sirven de una manera especial y cuando salen a la calle tienen el soma de los clientes. Van muy bien vestidos aunque no tengan para tabaco. Saben pedir coñá y lo que es un Rioja. Y son grandes profesionales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 22 de julio de 1998