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EL VIAJERO SEDENTARIO

Vísperas bochornosas de Nochevieja

Visita a Bérchules, donde preparan el fin de año en agosto, y recorrido por Ohanes y Abla

El calor aprieta y ni siquiera de su rigor se salva el viajero que se halla sentado frente a su computadora y que se ha procurado una penumbra inútil -consuelo de sombra, consuelo de tontos- para emprender la segunda jornada por su país, que imagina como una colonia de insectos atrapada en la telaraña de Internet. El viajero, en su afán de aliviar el sofoco, ha decidido iniciar la jornada en el pueblo de Bérchules, donde se estila celebrar la fiesta de fin de año el 1 de agosto. Si en Bérchules son consecuentes con sus anacronismos hoy deben estar preparando los bombos para el sorteo de Navidad. Allí, al crudo e ilusorio invierno, va el viajero en primer lugar, en busca del premio gordo o de uno menor que alivie su curiosidad. A la entrada de Bérchules (www.berchules.com) al vagabundo es regalado con música, en concreto con Las sevillanas del adiós cuando lo coherente sería, por ejemplo, un villancico y, si le dieran a elegir, uno con muchos hielos y escalofríos. A recibirlo acuden prontamente las gentes de Abnea que, aunque al viajero le recuerde una enfermedad que asalta en sueños, es en realidad el acrónimo de la Asociación Berchulera de Nochevieja. Allí conoce que, además de las zambombas y la falsa nieve, este año el programa incluye una rara experiencia, el aterrizaje "de helicópteros de las Fuerzas Armadas para darles una vuelta por encima del pueblo a algunos de los participantes. Los detalles se publicarán". El viajero, que queda a expensas de las explicaciones ulteriores, piensa que quizá se trate de un paseo virtual de ángeles o de la representación de la venida de los Reyes de Oriente. El azar quiso que el viajero royera con su ratón el epígrafe de datos estadísticos de Bérchules cuando la música atacaba la estrofa que refiere la muerte de una parte del alma cuando un amigo se va. La coincidencia le pareció oportuna pues la tasa de crecimiento anual de Bérchules es de menos dos habitantes. El viajero, un poco acongojado por el despoblamiento de la Alpujarra, se despidió de la villa, pero no caminó muy lejos, pues decidió ir a Almería. A medio camino de Abla al caminante le llamó la atención la página titulada "la preciosa y cierta historia del hundimiento de una escuela en un pueblo de la Alpujarra almeriense allá en el siglo XVIII y una receta de fondue de queso". Quiso el curioso peregrino saber de qué pueblo se trataba y el vínculo entre el queso y el desplome del colegio. La villa es Ohanes (www.geocities.com/NapaValley/2643/ ohanes.htm) y la historia, un chiste trágico en forma epistolar que comienza con una viga medio podrida y acaba con un accidente fortuito. De la relación con el queso nada se dice. En Abla (www.geocities,com.Heartland/Hills/6178/) al viajero lo volvieron a recibir con música, esta vez una juguetona y amable, y con una exclamación sorprendente: "¡¡Vivan los santos mártires y la Virgen del Buen suceso!!". El viajero, aunque no le va nada en asuntos religiosos, respondió a sus anfitriones con otro viva igual de fuerte a pesar de la contradicción que supone desear vida a quienes la perdieron apiolados o estirados en el potro de los tormentos. Pero la educación está por encima de estas dudas comprensibles y el viajero las olvida pronto mientras camina por Abla y conoce detalles de su historia, en particular de su etapa musulmana que ha sido ilustrada, acaso como apoyo pedagógico, con un dibujo de un saudita, el vivo retrato, piensa el viajero, del príncipe Abdulazih, el que acampó en Granada hace un año para ver amanecer y luego quiso comprar la sierra para construir un palacio. El viajero se entera de que el mártir principal que ha jaleado se llama san Apolo, que es un nombre que evoca tanto la estética como la astronáutica. El obispo de Guadix ordenó en 1629 que se rezara por él "con ritos de primera clase". El viajero, que sigue acalorado, decide acabar su viaje pero antes acepta el ofrecimiento y pellizca sobre el archivo musical Baile de las ánimas, pues si empezó tarareando que algo se moría en el alma bien está que ahora el alma apague su desazón danzando.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de julio de 1998