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Contra los dioses

El concepto de riesgo es relativamente reciente. Against the Gods. The remarkable story of risk (Contra los dioses. La notable historia del riesgo), significativamente escrito por un consultor en inversiones, Peter L. Bernstein, constituye un fascinante ejercicio de divulgación. Hoy puede resultarnos difícil entender el pensamiento de gentes que desconocían el sentido moderno de este concepto -«que el futuro es algo más que el antojo de los dioses y que los hombres y mujeres no son pasivos ante la naturaleza » -, como los griegos, pese a que practicaran juegos de azar y a que Zeus, Poseidón y Hades se repartieran los cielos, los mares y el infierno jugándoselo a los dados. El concepto del riesgo asoma en la matemática indo-árabe, pero, sobre todo, se desarrolla a partir del Renacimiento y con el capitalismo.Pero quizá lo más original que apunta Bernstein es que a lo largo de todos estos años, y gracias a la contribución de gente como Pascal, Von Neumann o Arrow, se ha «transformado la percepción del riesgo de una posibilidad de perder en una oportunidad de ganar». Es ésa la esencia del capitalismo. Lo que ha ocurrido en las últimas décadas de este siglo, desde una teoría más desarrollada, como la de los juegos, no sólo en la economía, sino también en la diplomacia y el gran juego estratégico de la guerra fría y las armas nucleares; incluso antes y después, como están poniendo de relieve India y Pakistán, entre otros. Es la idea de riesgo la que ha impulsado el nuevo desarrollo de la prospectiva, ya no como una especie de adivinación del futuro, sino como una manera de preparar el futuro o, mejor dicho, los futuros. Tamaño empeño requiere centros de investigación, instituciones en las que se entrecrucen ideas, y un interés especial por el porvenir como tarea, y no como sino, este país se ha quedado demasiado corto en think tanks, como recordaba recientemente en este periódico Miguel Herrero de Miñón.

Este moderno concepto de riesgo nutre incluso una visión de la sociedad que hoy alcanza al Nuevo Laborismo, pues, en efecto, el riesgo y la prevención contra el riesgo como concepto social están detrás de todos nuevos modos, relativamente nuevos, de pensar. El guru del radicalismo de Blair, el sociólogo Anthony Giddens, considera el Estado de bienestar como un sistema que permite a la gente arriesgarse, porque cuenta con un colchón de seguridad. En este contexto, el riesgo, en unas sociedades postradicionales que en Europa sólo han conocido una cierta seguridad personal en pocas décadas de su larga historia, se ve como una apuesta de progreso.

De hecho, esta idea del riesgo ha permeado el Libro Verde sobre El nuevo contrato para el bienestar, propuesto por el Gobierno de Blair, en el que recoge como uno de sus ocho principios clave, concretamente el segundo, «asegurar (ensure), en la medida de lo posible, que la gente está asegurada (insured) contra los riesgos previsibles», entre otras cosas. Puede que haya mucho de sentido común en tal visión; pero también de modernidad en este Estado de bienestar en Europa, ante el cual el filósofo Richard Rorty se plantea una pregunta básica, por muy aburrida que resulte: «¿Se le ocurre a usted algo mejor?». «Si así es», señala, «discutámoslo».

Sin embargo, hay una manera totalmente opuesta de abordar el concepto del riesgo, incluso la idea de sociedad del riesgo, expresión que ha hecho fortuna en los últimos años. El libro del mismo título del también sociólogo Ulrich Beck (Paidós, 1998) llega con un retraso de 12 años a España, pues salió en Alemania coincidiendo con la catástrofe de Chernóbil. Para Beck, hemos pasado de una sociedad que distribuye la riqueza a otra que reparte los riesgos. Tomando el ejemplo del medio ambiente, resume bien su pensamiento al considerar que «la miseria es jerárquica; la contaminación es democrática». Yendo más allá, para Beck hemos pasado de la solidaridad de la miseria a la solidaridad del miedo que produce el riesgo, y aún más, la soledad. Era un riesgo, o condición, que esta sociedad no previó.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 24 de mayo de 1998.

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