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Tribuna:

Uniones y desuniones

En diciembre de 1991, mientras en Maastricht se cerraba el tratado del que iba a nacer la moneda única europea, en los bosques de Minsk, en Bielorrusia, se sellaba el final de la Unión Soviética. La pasada semana, en Bruselas se lanzó el euro; casi a la par, en Moscú fracasaba la cumbre para reactivar la Comunidad de Estados Independientes (CEI), organización que agrupa a todos los Estados, salvo los bálticos, surgidos de la desaparición de la URSS. Este fracaso debe preocuparnos. En sí, porque no permitirá avanzar hacia una razonable organización de Europa en comunidad de comunidades . Y sobre todo, por su razón: Rusia pesa demasiado sobre sus vecinos y no ha renunciado a sus ambiciones neoimperiales.Pero, volviendo a los orígenes , este decisivo intento de crear una moneda única nació en 1988-1989 con el informe Delors, en una época de relativa bonanza económica. Y culmina en otra de crecimiento económico generalizado en la UE. Sin duda, esta situación ha facilitado la convergencia y favorecido el lanzamiento del euro. Entremedias, no cabe olvidarlo, casi todos los países de la UE han atravesado una profunda crisis económica, destructora de empleo. Pero es importante que el euro nazca con buen pie. La experiencia británica de entrar en la Comunidad Europea en 1973 en plena crisis económica ha sido negativa. La española, en sentido contrario en 1986, ha marcado un punto de partida positivo. Ahora bien, la prueba de fuego de la moneda única y del Banco Central Europeo (BCE) llegará, probablemente, cuando el ciclo europeo vuelva a girar -pues en economías cíclicas vivimos- y la unión monetaria tenga que navegar en una crisis. El panorama se puede complicar si esta crisis llega en unos países -por ejemplo, en España, cuyo ciclo parece adelantado- antes que en otros. ¿Cómo reaccionará el BCE?

En la Unión Europea que está naciendo, Alemania -que es el país central, pero de unas dimensiones insuficientes- no intenta imponerse, sino, si acaso, imponer su modelo y, desde luego, situarse bien en la columna vertebral de la nueva construcción. Así, el nuevo centro de poder en Europa, el Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo (BCE), con sede en Francfort, estará presidido por una persona próxima a las tesis y a la cultura económica y financiera alemana, el holandés Wim Duisenberg. Sólo falta que, en el reparto de carteras en este comité, el alemán Otmar Issing controle la de Asuntos Monetarios y otro compatriota suyo sea nombrado director de Estudios, puesto clave, pues será en ese servicio donde se preparen los informes que han de servir de base para las decisiones sobre los tipos de interés. La espina dorsal será así germánica, en unos años decisivos para conformar la cultura del banco y de la propia unión monetaria. Si a esto se añade la reticencia del Gobierno de Kohl, pese a los prometido en el pasado, de sacar el Bundesbank de Francfort y llevarlo a la capital de la nueva Alemania, Berlín, la influencia alemana en el banco está garantizada. Pero, claro, para Alemania, renunciar al marco a favor del euro era ya mucho. Del otro lado del Atlántico, tras años de descreimiento y de campaña contra la moneda única europea, sólo en los últimos meses parece que EE UU, y en particular Wall Street, ha asumido la inevitabilidad del euro. Pero, como dice lord Owen -socialdemócrata británico, proeuropeo, pero antieuro-, ¿va EE UU a ceder su supremacía monetaria?

Un último contraste. La aurora del euro que se anunciaba en Maastricht coincidió también con el absoluto desastre europeo en la cuestión yugoslava. Las divisiones en el seno de la que se llamaría UE, y entre esta Europa y Estados Unidos, favorecieron la implosión de Yugoslavia y la cruenta guerra que siguió. Hoy nace el euro, pero allá en los Balcanes, una vez más, las divisiones entre europeos y con EE UU impiden que se apague la nueva mecha que está prendida en Kosovo. Sigue fallando la política.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de mayo de 1998