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Tribuna:

El Papa

Estamos ante uno de los viajes más rentables del Papa de Roma. Los anticastristas esperan que, como ocurrió en los países del llamado socialismo real, la visita del Papa signifique el primer piquetazo contra el muro del Caribe. Los castristas consideran que el Vaticano ha burlado el bloqueo político-cultural de Estados Unidos, y Juan Pablo II, si bien no bendecirá la Revolución cubana, le prestará unas horas de imaginario en muchas pantallas televisivas del mundo.Estoy en La Habana en busca de un libro futuro sobre el castrismo y el poscastrismo, contemplado por toda clase de cubanos interesados en una solución desbloqueadora y por aquellos sujetos históricos de América Latina que tratan de encontrar una política transformadora tras todas las duras lecciones que la izquierda ha aprendido en el siglo XX a costa de su propia sangre y de la ajena. La pachanga atribuida a los cubanos es algo más que un sentido rítmico de la vida basado en la melodía secreta de la indolencia. Hay una inmensa sabiduría en la actitud de un pueblo qué ha pasado del vanguardismo de la Conferencia Tricontinental a ser el último reducto del socialismo real en la Tierra y supongo que en el cielo.

La llegada de Juan Pablo II va a ser para muchos un auto de fe; también para otros, un acto de reafirmación patriótico-castrista por activa y por pasiva, y para casi todos, un espectáculo tropical al son, al son entero de Nicolás Guillén y fray Betto, narrado por un bolero de Milanés, sabio en boleros autóctonos capaces de contar vida e historia desde la paciencia, esa energía histórica popular que ha sido la causa de las peores derrotas y las mejores victorias de los pueblos. Instalados los cubanos en la redundancia del isleño aislado, tras la marcha del Papa, ¿volverá a quedarse Cuba más cerca de EE UU que de Dios?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de enero de 1998