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Tribuna:

Ánimo

Los parados franceses han conseguido organizarse; enhorabuena; pero ya no exigen trabajo, como antes, sino cultura barata, viviendas subvencionadas y transporte público gratuito o semi. Han asumido que no se puede pedir peras al olmo ni pleno empleo a una sociedad pos histórica, así que quieren ser reconocidos como clase pasiva y que el Estado se haga cargo de su hambre. Eso es comprender la diferencia entre estructura y coyuntura, y ya nadie en el futuro volverá a engañarles con el cuento de que lo suyo es pasajero. Llevan 40 años en casa de sus padres, ahora prejubilados, y han dicho basta. Lo curioso es que aparezca entre sus reivindicaciones una prima de fin de año, o sea, una bufanda, que es lo que se daba antiguamente a los funcionarios.A lo mejor los parados franceses han descubierto que son empleados de la función pública. Sin su ejemplo, los jóvenes se creerían que todo el monte es orégano y dejarían de estudiar ocho carreras para conseguir un trabajo basura. De súbito, se sienten tan imprescindibles como el Ejército, aunque sólo sea para meter miedo a los que se resisten a hacer un master en EE UU. Por eso han saltado a las primeras páginas de todos los periódicos de Europa, por eso y porque al unirse al fin en la defensa de sus intereses han venido a crear prácticamente un sindicato. Ése es su mayor éxito.

Ése, y la conciencia de que lo que no se puede modificar hay que integrarlo. Si el paro es tan inevitable como la Infantería de Marina, reconozcamos su existencia y otorguémosle una categoría laboral. Ahora han pedido cultura, vivienda y transporte, pero enseguida exigirán pluses de antigüedad, y harán muy bien. Cuentan con que cada familia guarda un parado en el armario, junto al tradicional cadáver, de modo que sus reivindicaciones son las nuestras. Ánimo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de enero de 1998