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Editorial:

Un rey 'senior'

EL REY Juan Carlos cumple hoy 60 años. Tenía 37 cuando asumió la jefatura del Estado tras la muerte de Franco. Su actitud ante la situación que se abría era entonces una incógnita que pronto despejó. Convertido hoy en un rey senior, con lo esencial de su biografía ya escrito, y cuando su sucesor, el Príncipe de Asturias, está a punto de cumplir los 30 años, el momento parece adecuado para expresar el reconocimiento que merece.Ese reconocimiento es compartido por la mayoría de los españoles. En una encuesta realizada por el CIS en junio pasado, el 83% de los consultados consideraba que la sociedad española había cambiado mucho o bastante desde el inicio de la transición, y el 82% opinaba que ese cambio había sido a mejor. Un porcentaje similar estimaba que había motivos para que los españoles se sintieran orgullosos de la forma como se había llevado a cabo la transición. En otro estudio del CIS, fechado en diciembre de 1995, el Rey era considerado como la personalidad más determinante en el éxito de ese proceso.

Pocos lo esperaban hace 22 años. En realidad, sólo las escasas personas que habían tenido acceso a su intimidad. Por ejemplo, compañeros de estudios como José Luis Leal, opositor al franquismo y luego ministro de UCD, que el sábado recordó en televisión que para él no fue ninguna sorpresa la actitud del Monarca una vez desaparecido el dictador. Hoy se tiende a considerar que las cosas dificilmente podían haber evolucionado de diferente manera, pero eso no era evidente en enero de 1976, cuando un gobierno presidido por Arias Navarro trataba de dar continuidad al régimen nacido de la guerra civil.

El Monarca había adelantado su voluntad de superar la división, mantenida durante 40 años, entre vencedores y vencidos. La decisión de sustituir a Arias por Suárez se reveló acertada a tal fin. Para entonces el Rey había desvelado en privado, ante algunas personalidades próximas, su voluntad de impulsar la reconciliación en un marco democrático; pero también lo había dicho en público. Por ejemplo, un mes antes del nombramiento de Suárez, ante el Congreso de Estados Unidos.

Por supuesto, esto no significa que existiera ninguna pizarra en la que todo estuviera. previsto. Ni que el protagonismo real fuera el único factor determinante. Pero sí que sin decisiones concretas, deliberadas, del Monarca las cosas habrían rodado de manera muy diferente, y seguramente para mal. No sólo por lo que hizo, sino también por lo que se abstuvo de hacer. Renunció a utilizar los amplios poderes que le otorgaba la legislación heredada del régimen de Franco para entorpecer el desmontaje gradual del mismo; no fue receptivo a las presiones de los militares que le insinuaban poner freno a los cambios impulsados por Suárez, y se opuso abiertamente a sus pretensiones en los momentos cruciales del 23 de febrero, utilizando con audacia la autoridad de que gozaba en el Ejército.

Ninguna de esas actitudes estaba predeterminada, y todas implicaron riesgos para su posición. De hecho, fueron decisiones diferentes de las adoptadas en el pasado por miembros de su familia. Su abuelo, Alfonso XIII, se abstuvo de tomar iniciativa alguna contra la conspiración a plena luz que precedió al pronunciamiento del general Primo de Rivera, en septiembre de 1923, y, consumado el golpe, lo convalidó encargando a ese general formar gobierno. Su cuñado, el rey Constantino de Grecia, se comprometió con los generales golpistas en. 1967, y la caída de éstos en la década siguiente precipitó la suya.

El talante abierto, nada rígido, de don Juan Carlos ha resultado adecuado para las circunstancias en que accedió al Trono, de acelerado cambio social y de costumbres, y ha favorecido la legitimación democrática y popular de la Monarquía. Ésta es hoy una institución prestigiada dentro y fuera de España, y quien la encarna alcanza la edad de ser abuelo rodeado del respeto y afecto de la mayoría de los españoles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de enero de 1998