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Editorial:

La última asonada

UN PAÍS no puede ignorar hechos básicos de su pasado reciente. La memoria histórica es previa al perdón, al juicio político sobre lo acontecido o al olvido voluntario. Los ciudadanos tienen derecho a conocer, por ejemplo, todos los datos sobre las intentonas golpistas de los años ochenta, nuestros años de plomo. También sobre la última trama que se organizó en 1985 para acabar en un único magnicidio con la vida del Rey, el presidente del Gobierno, el ministro de Defensa y la cúpula militar del momento. Este compló ya fue desvelado por EL PAÍS en 1991, pero hoy sacamos a la luz su trama completa y los nombres de algunos de sus protagonistas. El objetivo era volar la tribuna de autoridades durante el desfile del Día de las Fuerzas Armadas, que ese año se celebró en A Coruña. El método -un túnel de 100 metros y una carga de 100 kilos de explosivos- era el mismo que el empleado por ETA contra Carrero Blanco, con el propósito de hacer recaer su autoría en la organización terrorista.Tras los fracasos de la Operación Galaxia, del 23-F y del 27-O, la conjura de A Coruña fue el último acto desesperado -esta vez con intención de magnicidio de los supervivientes de esas intentonas, que se negaban a asumir el cambio democrático que se había producido en este país con la transición. Sólo la búsqueda de la verdad -aunque no siempre se consiga toda la verdad- nos ha movido a investigar esta trama, a la que Felipe González aludió el pasado 17 de octubre en A Coruña, durante la campaña electoral gallega. La crítica que cabe hacer al ex presidente es que nunca haya explicado en su totalidad este episodio golpista, cuya trama duerme en los archivos del Cesid. Demasiados aspectos de las intentonas recientes permanecen en la oscuridad: más allá de algunos nombres, la completa trama civil del 23-F y de otras aventuras golpistas sigue rodeada de un misterio que habrá que desvelar, aunque algunas de las personas vinculadas a ellas puedan estar aún en activo. Es necesaria una clarificación del pasado reciente que se está produciendo en buena parte del mundo y a la que España no tiene por qué escapar.

En el caso de A Coruña, el Cesid estuvo al tanto de la operación casi desde su inicio, y logró frustrarla haciendo saber a los conspiradores que estaban siendo estrechamente vigilados. Aunque el Cesid no tuviera pruebas, sino información -para eso está-, el Gobierno de turno debería haber hecho un mayor esfuerzo para evitar la impunidad de estos últimos golpistas. Sin afán de revancha, todavía hay mucho que investigar. Con la tranquilidad de que aquél fue, aparentemente, el último sobresalto de un golpismo que, en estas formas arcaicas o en otras modernas, ha pasado a la historia de España. Por eso debe entrar en los libros. Para que todos lo puedan leer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de diciembre de 1997