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Tribuna:

¿Qué democracia?

ROSA REGÀS

Cada vez son más los países y dictadores que se pasan con armas y bagajes a la democracia. No sólo Bánzer de Bolivia. Se diría que de pronto han descubierto el respeto por la voz de su pueblo. Lo mismo ocurre con partidos políticos cuya ideología se oponía a ella. Antes, por ejemplo, distinguíamos entre derecha y derecha civilizada si aceptaba la democracia. Y, sin embargo, ni dictadores ni ideologías han cambiado. Lo que ha cambiado es precisamente la democracia. La democracia, tal como la entendían los pueblos que la reclamaban para sí y los gobernantes que la apoyaban, era la defensora de los ideales de libertad, igualdad, fraternidad; era la concesión al Gobierno por parte del pueblo del control de la economía para que sus resultados redundaran en bien de todos, atendiendo a sus necesidades básicas, educación, salud, seguridad. Pero hoy, con la conversión de todos los países al liberalismo más o menos salvaje, con su sumisión a las leyes del mercado y a su mundialización, ya no es la política la que controla la economía sino al revés, y en consecuencia los gobiernos, que ya no tienen en sus manos los flujos de dinero, se ven obligados, sea cual sea su ideología, a seguir las leyes del mercado aun en detrimento de la sociedad, y a desprenderse de los bienes públicos favoreciendo a la empresa privada.Se dice que no hay otra opción, pero el hecho es que la economía ha dejado de ser un instrumento al servicio de la sociedad para convertirse en un objetivo en sí mismo que no tiene por qué redundar en beneficio de los ciudadanos. Los gobiernos sacrifican nuestro bienestar a los indicadores macroeconómicos, inflación, moneda, déficit presupuestario, comercio exterior y crecimiento a cambio de formar parte de ese mercado omnipotente y omnipresente, aunque para ello se destruya empleo, industria y prestaciones sociales, y aumenten los parados y los pobres.

Los neoliberales defienden que los éxitos en economía son éxitos para la sociedad, pero la experiencia demuestra que no es así. Redundan en gran medida en provecho de unos pocos y van depauperando al resto que, dopado con la televisión y embrutecido por sucedáneos culturales, apenas se entera de que inicia la pendiente que le llevará a engrosar el mundo de los desarraigados. No sólo en las tradicionales bolsas de pobreza de los Estados Unidos, ni las de la sojuzgada Africa, ni las megápolis de Asia y América Latina donde las mafias del mundo apuran con la droga y la prostitución el último aliento de los olvidados. En la Unión Europea, regida por las leyes del mercado y uno de los tres grandes focos de riqueza del mundo, hay hoy 20 millones de parados y 38 millones de pobres. ¿De qué les sirve la libertad? ¿Dónde están la igualdad y la fraternidad?

No hace falta ser experto para entender que la mundialización de la economía acaba con la producción nacional incapaz de soportar la competencia de las multinacionales, que los países que no se sumen a ella quedan al margen del menguado y moroso desarrollo que les adjudican los criterios del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional. Que capital, trabajo y materias primas ya no son un factor económico en sí mismos. Que la tecnología es el eje de esa mundialización y quien tiene el poder cibernético tiene el poder total. Y ese poder exige resultados y sumisión de todos, países o mafias, a sus dictados.

Por esos resultados, empresas y gobiernos no dudan en dejar sin trabajo a miles de empleados que abandonan a los devastadores efectos de las leyes del mercado sin siquiera ocuparse de darles la sopa boba. Se hacinarán en los suburbios de las grandes ciudades sin más gasto que la seguridad que habrá de contenerlos el día que se zafen del dopaje de la televisión y del fútbol y se organicen para protestar. Pero esto es futuro.

En el mundo de hoy ni siquiera hay que abatir regímenes elegidos democráticamente como la República española, Goulart, Lumumba o Allende, fulminados por los que se llaman demócratas por pretender repartir más equitativamente la riqueza. El peligro de la repartición equitativa ya no existe, ni en economía, política o moral porque no hay más moral que los resultados. Así se entiende que los grandes del mundo exijan democracia a unos países y acepten en otros dictaduras que pisotean los derechos humanos. Véase el caso de la minúscula Cuba, que sufre desde hace años un bloqueo por no tener un régimen democrático y en cambio se recibe en honores a los gobernantes de China, Marruecos o Guinea que tienen las espaldas quebradas de crímenes contra la democracia. O se pide democracia a Kabila cuando en 40 años nadie se la exigió a Mobutu.. No se trata de democracia, se trata únicamente de que nadie escape a las leyes del mercado y todos acepten los preceptos de la mundialización. De que sea la política la que se someta a la economía y no al revés. De que obedezcamos, Clinton incluido, a esos poquísimos que, tras la máscara de unas siglas (FMI, BM) o de unas marcas (Microsoft, Ford) o escudados en la carencia de rostro, controlan los fondos privados de los mercados financieros, disponen de los mecanismos para desplazar de un país la confianza de los inversores y hundirlo en la miseria y ejercen de verdad el poder. De esto se trata. No de otra cosa.

A cambio nos dejan votar una vez cada cuatro años y podemos llamarnos demócratas. Y ¿qué más? ¿Eso es la democracia? ¿Lo que nos hace cómplices del dolor y del empobrecimiento del mundo?

Rosa Regàs es escritora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de agosto de 1997