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Editorial:

Déficit cero en EE UU

LA ECONOMÍA estadounidense suministra a los mercados motivos mas que evidentes de confianza de forma continuada, hasta el punto de que en algunos medios de comunicación se ha lanzado el calificativo de economía de ensueño. En los últimos siete años EE UU ha registrado un proceso de expansión económica ininterrumpida, las tasas de par son persistentemente bajas y la inflación está en la cifra mínima del último decenio. Wall Street anticipó en su día, esta situación satisfactoria y se ha beneficiado después de ella. En Europa, que busca la definición de un marco monetario único para conseguir reducir el paro y mantener la inflación bajo control, la situación de la economía estadounidense se observa con una cierta envidia, aunque, también con prevención por las desigualdades que genera.El acuerdo entre republicanos y demócratas para reducír a cero el déficit del presupuesto federal en el año 2002 viene a redondear tan risueño paisaje. economico. El entendimiento entre los partidos ha sido difícil y obliga a un esfuerzo ciclópeo. Como referencia, téngase en cuenta que el déficit calculado para este ejercicio es algo inferior a los 50.000 millones de dólares; y, sobre todo, que el ajuste a cero se pretende conseguir con el obstáculo añadido de una reducción de impuestos de unos 90.000 millones de dólares durante los próximos cinco años. Los mercados dan por hecho que el esfuerzo negociador ha valido la pena.

En una primera aproximación, el acuerdo es un triunfo político para Bill Clinton. En primer lugar, por que arrebata la bandera de la rebaja de impuestos a los republicanos; y después, porque a pesar de los recortes ha conseguido aprobar nuevos programas de inversiones en educación y sanidad, con lo que salva, al menos en parte, dos de sus compromisos electorales más firmes. Es verdad que el recorte tributario se aplica básicamente a los impuestos sobre el capital, que será compensado en parte por el aumento de la imposición sobre el tabaco. Los mercados y la opinión pública atribuirán sin duda a Clinton las excelencias del pacto.

Tampoco cabe negar que el acuerdo -coherente, por otra parte, con la política de acercamiento de Clínton a posiciones republicanas- cercena las posibilidades de debate político y económico en tomo al futuro del Estado de bienestar y, por el contrario, aporta un nuevo impulso en la dirección del pensamiento único, como demuestra la aquiescencia de demócratas y republicanos en la rebaja de impuestos y en el déficit cero.

Pero hay que advertir que el pacto, por mucho que se hayan apresurado a calificarlo de histórico en Esta dos Unidos, no puede ser el punto de partida para una competencia fiscal entre países de forma que Europa se sume sin más a la ola por el simple efecto de arrastre del modelo americano. Los países que presentan aún carencias notables de infraestructuras o dotaciones de servicios tampoco pueden aceptar sumisamente la inevitabilidad del déficit cero o próximo a cero. Los paradigmas universales hace mucho tiempo que no valen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de julio de 1997