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Yacaré (3)

El paso del TigrePor LUIS SEPÚLVEDA

ORNELLA BRUNNI MEDÍA algo más de un metro setenta, el bien formado cuerpo enfundado en unos ceñidos vaqueros y una blusa de reminiscencias hippies llevaba a pensar en un Modigliani pintado por Andy Warhol. Estaba tendida sobre el lecho, con el televisor encendido, y las imágenes de un programa sobre conservación de los bosques aumentaban el brillo de sus ojos verdes. Había puesto una cazadora de piel marrón bajo sus pies, para no ensuciar el cubrecamas con sus botas de alpinista.-¿,Siempre se hace invitar así? -saludó Contreras.

Disculpe, pero debo hablar con usted, y a solas -se disculpó la mujer sentándose al borde de la cama.

-¿Sabe que se viste muy mal para ser una mujer que acaba de heredar una fortuna?.

-De ese sucio dinero no tocaré ni una lira. Se lo pueden meter en el culo -declaró la mujer buscando los cigarrillos en la cazadora.

-¿De eso quería hablarme?

-No. Quería decirle que a mi padre lo mataron, pero no fue un asesinato, fue, digamos que fue una ejecución, un acto de justicia que tarde o temprano había de llegar.

-El resultado de la autopsia es muy claro. Muerte súbita. A veces las verdades llegan también así, súbitamente.

-Me cago en la autopsia. Escuche: hace un año, en Asunción, un hombre llamado Michael Schiller murió de la misma manera, y hace unos seis meses en Barcelona murió Joan Estévez, de igual forma. Y esos dos hombres trabajaban para mi padre, para Marroquineras Brunni.

Contreras fue hasta el minibar y sacó dos minibotellas de whisky. Le arrojó una a Ornella.

-Siga -dijo desenroscando la tapa.

-Schiller era un traficante dé pieles al servicio de mi padre, y Estévez se encargaba de organizar los transportes a Europa. La industria es la mayor exportadora mundial de artículos confeccionados con pieles de cocodrilo o de caimán, y según los papeles de importación éstas vienen de Egipto o Cuba, pero es mentira. Hace unos años el socio de mi padre descubrió que las pieles se podían obtener casi gratis en el Matto Grosso.

-Querrá decir en El Pantanal apuntó Contreras.

. -¿Cómo lo sabe? -inquirió Ornella apurando la minibotella.

-No sé nada, simplemente ato cabos. Su padre contrajo un seguro de vida que beneficia a cierta persona domiciliada en El Pantanal. Esto siempre que su muerte se debiera a causas naturales o a un accidente. Por eso estoy aquí, para determinar si pagamos o no.

-Dígame el nombre de esa persona.

-Manaí. Así, a secas, Manaí.

Ornella Brunni se llevó las manos a la cabeza. En su gesto había una mezcla de satisfacción y desamparo.

-¿Sabe quién es Manaí? -preguntó sin soltarse la cabeza-.

-No. Y, me hará avanzar si me lo dice.

-Manaí es el último gran brujo de los anaré.

-¿Un brujo? ¿Y quiénes son los anaré?

-Una tribu de El Pantanal. Una de las últimas tribus que han evitado contacto con los hombres blancos. ¡Los pobres anaré!

-De acuerdo. Creo que tenemos que hablar largo, pero supongo que ni usted ni yo queremos, perdernos el funeral de su padre -dijo Contreras alcanzándole la cazadora.

BAJO LA NIEBLA FRÍA del ocaso milanés, una docena de personas presentaba sus respetos a Vitorio Brunni. La ceremonia transcurrió rápidamente. Contreras vio al inválido junto a la viuda, y a prudente distancia divisó a la pareja formada por el comisario Arpaia y el detective Chielli. Ornella permaneció muy lejos del grupo, con las manos en los bolsillos de la cazadora.

El ataúd con los restos de Vitorio Brunni fue dejado en el centro del panteón y unos empleados cerraron la puerta. De pronto, Contreras percibió que uno de los guardespaldas se inclinaba junto al inválido para decirle algo al oído, y que éste dirigía el brillo de sus gafas oscuras hacia Ornella. Se puso el cigarrillo en los labios y una mano le ofreció fuego. Era el detective Chielli.

-Es bastante frío Milán, y la humedad lo aumenta -comentó el gordo.

-¿Arpaia quiere hablarme del tiempo?

-No. Queremos invitarle a una grapa que llevamos en el auto para estos casos de urgencia. Grappa Nonino. ¿La ha probado alguna vez?

Contreras siguió a Chielli hasta el auto que tenían aparcado en uno de los senderos que conducían al panteón de Ios Brunni. Arpaia le ofreció un vasito de plástico.

-Beba, que le sentará bien con este tiempo de mierda -dijo el policía.

Aquella grappa era una delicia y Contreras dejó que bajara lentamente por su garganta.

-Lo vimos llegar bien acompañado -comentó Arpaia.

-La chica asegura que su padre fue asesinado, aunque ella prefiere decir ejecutado. Salud.

-Ortiella Brunni. Hijita de su papá, niñita rica que se ha metido en cuanto movimiento existe. Simpatizante de las Brigadas Rojas, de los presos políticos, ecologista, ayunista consetudinaria, marchista de la dignidad gay, sandinista. ¿Le dijo que su padre era un cerdo capitalista y que fue ejecutado por una vanguardia proletaria? -ironizó Arpaia.

-No, pero hay un brujo amazónico entre medio.

Arpaia se llevó las manos a la cabeza, luego a la barba de tres días que no se afeitaba en meses, Chielli rió socarronamente, y Contreras no supo que agregar.

ORNELLA BRUNNI Y DANY Contreras cenaron en el comedor del Manin. La chica apenas tocó su plato, pero a la hora del café Contreras sabía bastante más de Vitorio Brunni, de Manaí y de los anaré.

Hacía unos pocos años, Michael Schiller, un aventurero sin escrúpulos apareció en Milán invitado por Carlo Ciccarelli para proponer a Vitorio Brunni lo que el llamaba una reducción de costos en las materias primas. En El Pantanal había miles de yacarés, los pequeños caimanes amazónicos que poblaban ríos, manglares y pantanos. Eran animales bajo protección, pero eran muchos y en Paraguay tenía estupendas relaciones que colaborarían haciendo la vista gorda. Los números no mienten y lo propuesto por Schiller reducía notablemente los costos, además, y aquí intervenía Joan Estévez, ha ciéndolos entrar a Europa por Barcelona facilitaba la adulteración de los documentos de origen, con lo que podrían ingresar a Italia las pieles de yacarés como si hubiesen sido adquiridas en los criaderos de cocodrilos y caimanes de Egipto o Cuba. Todo era cuestión de organizar las batidas de caza en El Pantanal, y Schiller sabía mucho de eso. Lo que no mencionó el aventurero, era que los cazadores debían internarse en el territorio de los anaré, indios que vivían de aquellos reptiles, y que los consideraban el principio y fin de la vida.

-Hace poco más de dos años, mi padre viajó a El Pantanal, invitado por Schiller a participar en una batida de caza y regresó totalmente cambiado. Perdió la locuacidad, lentamente cedió la dirección de la industria a Carlo Ciccarelli, y ante la impotencia de la familia se transformó en una especie de autista. Tenía miedo. Dormía poco y mal, y a veces se despertaba gritando ese extraño nombre; Manaí.

La apresurada entrada del detective Pietro Chielli interrumpió a Ornella.

-Venga, señor Contreras, el comisario lo espera en el auto.

Salieron a la calle. Arpaia lo invitó a compartir la parte trasera. Chielli pegó un hongo azul sobre el techo del vehículo y partieron a gran velocidad.

-¿Adónde vamos? -se atrevió a preguntar Contreras, maldiciéndose por no haberse echado encima el abrigo.

-A la Villa de los Ciccarelli. Al parecer han intentado matarlo -contestó el comisario.

Esta vez el ropero de la escopeta actuó con inusitada gentileza, les abrió el portón y corrió luego tras el auto. Al entrar en la casa vieron a varios guardaespaldas y empleados que recorrían el enorme jardín premunidos de linternas.

Ciccarelli los esperaba sentado en un sillón de alto respaldo. Era como un monarca inválido que además no podía ver su reino.

-Comisario Arpaia, su agua de colonia es inconfundible, detective Chielli, sus toscanos apestan, y el tercero es Contreras, sí, Contreras, reconozco su olor y otro más, espere, sí, ha estado con la putilla ésa, con la hija de Vitorio -saludó el inválido agitando la nariz bajo las gafas oscuras.

-Gran demostración olfativa, doctor. ¿Qué ha ocurrido? -respondió el comisario.

-Esto -dijo el inválido arrojando un grueso libro abierto a los pies de los recién llegados.

Era una edición en Braille de la Divina Comedia, y en una de sus páginas, justo en los relieves que permitían al tacto leer "buon tetragono a i colpe di fortuna" se había incrustado una diminuta aguja cuya punta teñía de marrón el papel.

-Estaba aquí mismo, leyendo, sí, leyendo con las manos, y de pronto percibí que por la ventana abierta no entraba más que silencio. Giré el cuerpo y en ese momento sentí que algo golpeaba el libro. ¿Qué diablos es eso?

-Un dardo, un dardo de El Pantanal -dijo Contreras.

-¡Imbécil! Comisario, a usted le he preguntado.

-Es un dardo, doctor. Tendré que llevarme el libro para que lo analicen en el laboratorio.

Contreras salió al jardín. Unos focos de luz bañaban la torre en ruinas. Los guardaespaldas y empleados que buscaban sin saber qué con sus linternas se notaban nerviosos. Era indudable que alguien había entrado a la Villa, y sin embargo nadie vio al intruso. Los perros no ladraron, pero en el aire quedó el olor de la amenaza, el sigilo mortal que acompaña al paso del tigre.

Cuando el comisario Arpaia y el detective Chielli salieron de la casa, se escuchó, la sirena de un auto policial acercándose. En él venían los carabineros que protegerían a Carlo Ciccarelli.

-¿De dónde diablos saca que es un dardo de El Pantanal? -preguntó Arpaia con el libro envuelto en una bolsa de plástico.

-Sé poco, pero ato cabos. Comisario, creo que tiene tres homicidios y un intento entre sus manos.

-La santísima trinidad -exclamó el detective Chielli.

-Sí, pero en este caso no se llaman Foulloux, Jorge Toro y Leonel Sánchez, la trinidad del fútbol chileno. Comisario, estoy seguro de que si pide una autopsia al cadáver de un tal Michael Schiller, muerto en Asunción, y otra al cuerpo de un sujeto llamado Joan Estévez, muerto en Barcelona, descubrirá que fueron asesinados de la misma manera que don Vitorio Brunni, de cuyos restos pediré una nueva autopsia.

El comisario Arpaia escuchó mirando el libro abierto. De pronto, quitó la bolsa de plástico y acercó los ojos. El dardo había desaparecido. Sobre la mancha marrón se veía ahora otra, transparente, como de babas.

-No creo en brujos, pero de haberlos, los hay -comentó Contreras.

Los mastines, nerviosos, empezaron a aullar. Tal vez el intruso todavía estaba allí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 22 de julio de 1997.

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