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Una escuela con granja, huertas y poemas

"La escuela estaba en una finca muy agradable, llena de árboles. Teníamos una granja con conejos y palomas. Las huertas estaban en cuesta, hacia la Castellana. También había colmenas, y veíamos sacar la miel", recuerda Celia Sanz Yáñez, de 73 años. A finales de la década de los veinte, esta mujer fue párvula en la escuela que levantó la UGT en la calle de Orense.Aquel centro docente, revolucionario en su tiempo, fue posible gracias a la donación del industrial Cesáreo del Cerro, cuyo nombre llevó. En su testamento, este empresario rogaba la creación de "una escuela de primera enseñanza para los hijos de los obreros (niños y niñas) donde además de instrucción reciban vestido y una comida diaria", según recoge Miguel Angel Villanueva en el libro La fundación Cesáreo del Cerro (UGT, 1989).

Con las rentas del legado se adquirió la finca. La escuela se inauguró en 1928. "Éramos 20 alumnos, la mitad niños y la otra mitad niñas. Entrábamos a las diez de la mañana en invierno y a las nueve en verano. Salíamos a las seis de la tarde. Lo primero que hacían al entrar era darnos un baño en una bañera blanca, muy limpia y con agua abundante", recuerda Celia Sanz. "Aquello era un lujo, porque entonces, en las casas de los obreros, no había más baño que un barreño", añade.

En aquella escuela, que seguía los métodos innovadores de la pedagoga italiana María Montessori, se daba mucha importancia a la naturaleza: "Regábamos la huerta y atendíamos a los animales", dice la ex alumna. La poesía tenía su espacio. "Nos leían versos de Rafael Alberti como aquel que dice 'la luna va caminando entre espárragos trigueros...', Creo recordar que una vez vino a vernos una mujer rubia e imponente que luego identifiqué como María Teresa León [la primera mujer del poeta gaditano]".

Visitas de Besteiro

Eran frecuentes las visitas a este centro con ideas avanzadas, orgullo de una UGT entonces poderosa. "Julián Besteiro [que bautizó la escuela como Viveros Infantiles] y Fernando de los Ríos venían a menudo, pero nunca nos decían quiénes eran. Se incorporaban a lo que estuviéramos haciendo", dice Celia Sanz. Esta mujer tampoco ha olvidado los ojos azules de Francisco Largo Caballero. "Me impactaron mucho. Él me sentó en sus rodillas cuando yo estaba leyendo, porque, como era una niña un poco sosa, no se me oía".

En el parvulario no había vacaciones. "En verano dormíamos la siesta en hamacas a la sombra de las higueras", recuerda Celia Sanz. "En aquella escuela me enseñaron, sobre todo, la curiosidad por la vida. Y eso es algo que me ha servido de mucho", concluye esta mujer autodidacta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de junio de 1997