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Tribuna:

Y ahora, Francia...

El FMI acaba de recordar las condiciones en las que se mueve la economía: las reservas de todos los bancos centrales del mundo son sólo un 15% mayores que el volumen de dinero que, cada día, se negocia de media en los mercados de capitales. Lo que significa, de hecho, la imposibilidad de intervenir con éxito ante una oleada especulativa masiva proveniente de estos últimos.Acuerdos del G-7 sobre el dólar, como los del Louvre o los del hotel Plaza en la segunda parte de los años ochenta, son ya historia. No pueden repetirse con eficacia. La negociación media diaria de los mercados de cambio ha pasado de 200.000 millones de dólares (alrededor de 30 billones de pesetas) a mediados de la anterior década, a 1,2 billones de dólares (alrededor de 180 billones de pesetas) en la actualidad. Esa cifra es la que equivale al 85% de las reservas de los bancos centrales.

Las transacciones financieras diarias equivalen, por ejemplo, a la producción de bienes y servicios de un país como Francia en un año. Tres grandes fondos de pensiones movilizan más dólares que las reservas de los bancos centrales del G-7; los gerentes de esos fondos tienen más poder financiero que cualquier ministro de Hacienda o gobernador de banco central del planeta. Por todo ello es por lo que hay políticos y economistas que quieren establecer algún tipo de regulación sobre los movimientos de capitales: una especie de impuesto sobre transacciones especulativas que aumentase las reservas del banco central del país en el que se origina la operación. Opinan que un mercado global sin reglas es un mercado negro.

Éste es el primer gran corsé con el que se mueven las economías de nuestro entorno. En Europa, además, los gobernantes -sean del signo ideológico que sean- se han autoimpuesto otros (los criterios de convergencia), independientes de la coyuntura: equilibrio presupuestario, inflación baja, deuda pública limitada y tipos de cambio y precio del dinero estables.

En este entorno de ortodoxia económica se acaban de celebrar las elecciones en el Reino Unido, dentro de un mes tendrán lugar las legislativas en Francia y a finales del año que viene en Alemania. Los tres grandes países europeos, en primera instancia, y luego todos los demás, acuden a los comicios dentro de un marco macroeconómico en el que los electores han decidido muy poco. Hay una creciente pérdida de autonomía de los Gobiernos para elaborar sus políticas económicas nacionales.

Teniendo en cuenta ese cuadro de actuación, en el Reino Unido, por ejemplo, no podría haber marcha atrás en las privatizaciones si Blair quisiese (que no quiere), pues el déficit y la deuda impedirían las expropiaciones pertinentes. Las condiciones de la globalización y de la UEM lo excluyen, no las ideas de la revolución conservadora de la señora Thatcher, como interesadamente arguyen sus apenados deudos.

Entonces, ¿por qué votar?,¿Dónde se encuentran las diferencias entre unas opciones políticas y otras? En la asignación interna de recursos, en la distribución de dinero público, no en la indiscutible solidez que ha de tener la moneda o en el escaso déficit presupuestario. La cohesión social, la educación y la sanidad públicas, las pensiones, la atención al desempleo, los derechos sociales (que los derechos del ciudadano no se pierdan cuando éste entra en su lugar de trabajo), etcétera, son las que distancian hoy a socialdemócratas y liberales, a laboristas y conservadores, a la derecha y a la izquierda.

Margaret Thatcher y sus herederos habían convertido al Reino Unido, pese al crecimiento de la riqueza, en un laboratorio de desigualdad en los primeros lugares del ranking mundial. Las élites habían desdeñado la creciente insatisfacción de los trabajadores y las clases medias dentro del capitalismo popular. Dentro de un mes Francia aportará más datos para el análisis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de mayo de 1997