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Tribuna:

La felicidad genital

Para los científicos norteamericanos, primero fuimos ratas; ahora somos computers. Puesto que los ordenadores con inteligencia artificial ya se encuentran en marcha y puesto que otros, capaces de experimentar emociones, han empezado a gestarse, nada parece impedir la metáfora de un hombre-máquina al estilo del robot convencional. La biogenética colabora a renovar la siniestra visión de finales del XIX.De los 100.000 genes que componen un genoma humano hay ya censados varios miles y se espera que, culminando el siglo, el surtido esté literalmente completo. Con ello el ser humano podría: extenderse sobre un tablero como una colección de estampas que, barajadas y emplazadas en su lugar, compondrán el retrato de cada individuo. Algo así parece deducirse de la creciente relevancia del gen. A partir del actual entendimiento de los PCs clónicos y compatibles, se llega, por vía de la ingeniería genética, a imaginar al ser humano -antes divisible- como un puzzle, montable y desmontable a voluntad.

Con las ratas todavía cabía una dosis de misterio y una holgura en la configuración del porvenir, peró con el modelo genético la rigidez es casi absoluta y la fantasía prácticamente nula. ¿Es de ahí de donde se deduce la ausencia de cualquier proyecto ilusionado sobre nuestro futuro? ¿Es de ahí de donde se deduce que lo que ocurra con nosotros se esté entregando, como sucede en la economía, a las fuerzas automáticas del mercado confiados en qué su marcha llevará inexorablemente a lo que unívocamente debe ser?

Un estudio reciente, aparecido en, la revista Nature-Genetics, hace referencia a un moderno descubrimiento sobre un gen responsable, no ya de la propensión al cáncer o de una fragilidad cardiaca, sino directamente. de la felicidad. El artículo se titula La capacidad hereditaria de la felicidad y, según un comentario hecho por el profesor Santiago Grisolía, eso conduce a la conclusión de que somos más o menos felices no en función del amor, de la salud o del dinero que se conquiste en la vida, sino únicamente del obsequio que unos padres nos legan, descuidadamente, en la copulación.No importa apenas lo que hagamos o en qué nos empeñemos. No importa que se logre el éxito o se viva en el olvido; la felicidad es una sensación, como, el dolor o la enfermedad, que prevalece por encima de cualquier penitencia. El gen es más fuerte que cualquier generalidad: más importante que la educación, la fortuna, el triunfo o la belleza. Más importante que el sexo, la raza, el domicilio, la familia o la voluntad de ser feliz.

De esta manera, casi todos los asuntos relacionados con el perfeccionamiento colectivo e individual pierden relevancia porque, llegados a este punto en que todo depende del gen, ¿qué sentido, tiene el trajín? ¿Qué razón, por ejemplo, puede avalar la lucha por el estado del bienestar, si el bienestar ha pasado del orden macroeconómico al orden del microscopio?

Lo único sensato, por decir algo, sería proveerse, siendo posible, del mayor número de genes felices e insertarlos uno a uno en los individuos necesitados que puedan pagarlo. O bien socializar el gen, las industrias géneticas en bloque, y repensar la sociedad en términos de una formidable clínica de trasplantes. Con tal perspectiva, este mundo deja de ser, de golpe, imperfecto. Sólo sus habitantes requieren de un tratamiento particularizado para disfrutar plenamente de él. El exterior, lo político, lo social, lo económico, deja de considerarse objeto crítico y lo único crítico es la, condición genital.

Con una innovación añadida con respecto al proyecto cristiano o, calvinista: los individuos ya no podrán redimirse por sí mismos, pongan la pasión que pongan. No podrán, mediante la ascesis, el ahorro o, el trabajo, aspirar a mejorar su felicidad. Dios mismo se desvanece como una forma benéfica. Nuestro progreso, en cuanto sociedad o como personas, resbala de nuestras manos. Siendo ratas, todavía nos quedaba la capacidad de enloquecer, rnorder al amo; como computers, estamos a la entera merced del programador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de febrero de 1997