Atadura
Hace unas semanas, EL PAÍS publicó una carta en la que se pedía ayuda para una señora que vivía a la intemperie en la plaza de Castilla. Era el último recurso que nos quedaba a un grupo de vecinos que contemplábamos, con pavor, cómo esta señora se defendía del frío polar que padecíamos con tan sólo un paraguas y unas mantas mojadas. Hoy yace en la cama de un hospital en estado muy grave.Los servicios sociales se han visto maniatados para resolver este caso, debido a que la señora rechaza todo tipo de ayuda. Sin embargo, mostraba conductas "extrañas". No pedía limosna. Pasaba los días sentada custodiando sus pocos enseres. Rechazaba el contacto con los de más. Respondía con insultos, frases incongruentes e incluso, en ocasiones, llegaba a amenazar con un palo a todo aquel que tratara de acercarse, En mi opinión, indicios suficientes para que se le hubiera realizado una evaluación psiquiátrica.
Si bien el caso que describo es una situación límite y de resolución compleja, hay muchas cuestiones que quedan pendientes. ¿Por qué el psiquiatra del Samur decidió no actuar? ¿Cómo es posible que el Samur la examine tres veces y al poco tiempo- ingrese en la unidad de cuidados intensivos, cuando los vecinos sí éramos capaces de imaginarnos tal posibilidad? ¿Se ha actuado con la suficiente celeridad? ¿Posee el SITADE los medios necesarios para actuar en situaciones excepcionales como ésta? ¿O acaso hemos de asumir como inevitables este tipo de actuaciones? La fatalidad, en muchas ocasiones, no es más que el producto de nuestras propias acciones u omisiones.-


























































