Moyano
Bajo los brumosos cielos de París, allá por los Quais de Conti y des Grands Augustin, las librerías de viejo se han venido posando tradicionalmente sobre las balaustradas del Sena, cerrándose por la noche sobre sí mismas, cual férreas tortugas o caracoles, y abriéndose de día, mostrando a los mirones prodigios de evocación, de Sade a Sartre; y no sólo libros. También medallas militares de antaño y viejas postales manuscritas, eternas. Madrinas moralizantes, como aquélla que escribió a su indefenso ahijado: "Gerard, me dice tu mamaíta que te muerdes las uñas. Te prohíbo, ¿entiendes?, te prohíbo que sigas desarrollando tan deplorable actividad...". Leyendo estas cosas, uno se da cuenta de la levedad y la vacuidad de la vida humana, porque el pobre Gerard estará criando malvas y, a la postre, ¿qué más dará que se mordiera las uñas o no?Bajo los cielos luminosos de Madrid encontramos tesoros parangonables -literatura y nostalgia- en la cuesta de Moyano, y sucede que estos días mis pasos me conducen inexorablemente hasta allí a podo que se me vaya la fuerza de la mano izquierda. Sé, además, por qué: no es sólo la hermosura del otoño, es que todo mi ser busca un refugio,- un remanso, un bálsamo, un antídoto frente a ese trágico desmán nacional llamado "tele". No puedo más de fútbol ni, sobre todo, de fichajes multimillonarios dentro y fuera de él, no puedo más de, Maastricht, del GAL, de preñadas famosas por nada (¡Rociíto!) de puérperas que no paran de hablar con sus muertos, de Bertines y Jesulines (¡hombre!, si al menos se quedaran preñados ellos, eso sí que sería noticia). Estoy ahíto, fed up.
Y no quiere decir esto, ¡oh, no!, que en anteriores temporadas de la hispanidad doliente hubiese renunciado yo a los libros en favor de la tal "tele", pero sí que la admitía como posible alternativa esporádica cuando la programación lo justificase. Ahora no, ahora me produce rechazo, náuseas, aversión y hasta pavor, y no me basta leer libros, sino que necesito serenarme atisbándolos, husmeándolos, hojeándolos, recomprándolos: ¡fastuosos desembolsos de 20, 40, 60 duros! Y las casetas grises de toda la vida, los delantales también grises de los libreros más conspicuos y consuetudinarios, las coníferas del Botánico asomándose tras el muro de ladrillo que hace de telón de fondo, el Ministerio de Agricultura, tan prócer, enfrente.
Y el otoño, ya digo, y ellos: amigos de la niñez, comenzando por mi oráculo Julio Verne, por Zane Grey, Dumas, etcétera, hasta llegar a Victor Hugo. Amigos de mi ardiente adolescencia primera, de Gustavo Adolfo Bécquer a Thomas Mann; impactos emocionales, como Werther o Manon Lescaut. Amigos de juventud, como la entera generación del 98 (Austral a manta), inmersión anglosajona, encabezada por Charles Dickens -mi tío-abuelo, ya que estudié inglés en plan autónomo, aprendiéndome de memorieta como primera providencia todo el vocabulario de sus obras completas- y que luego describiría toda clase de meandros, de Oscar Wilde a Somerset Maugham, de Chesterton a M. Joyce, de Norman Mailer a Saul Bellow, a Wodehouse, al adorado y lírico Bates, a C. P. Snow, Anthony Powell, qué sé yo.
Y la saga madrileña, liderada por Galdós, Mesonero Romanos, Répide y la galaica, a cargo de los Julio Camba, los Fernández Flórez, Cunqueiro, José María Castroviejo, Otero Pedrayo y, ¿cómo no?, a nosa Rosalía.Pues allá, en la cuesta de Moyano, me aguardan todos ellos y centenares de amigos más, y los seres tangibles que pululan de puesto en puesto se me antojan epítomes de cordura, equilibrio y sosiego. A lo mejor, ¡ni siquiera ven la "tele"! La misma impresión me producen los propios libreros, que suelen esperar pacíficamente al comprador sentados -y leyendo, claro- en el interior de sus casetas. La señora C. Montero, especializada en Pilar Primo de Rivera y otros "jerifaltes de antaño" ("¡cuidao con el Movimiento, comprar no compran, pero lo que es sobar ... !"), el señor Riudavets, todo un pedagogo, cuya caseta aparece tan abigarrada de libros, y quizá tan caótica, como mi propio despacho...
Todo un mundo. Y, eso, un antídoto.
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