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Tribuna:Relatos de verano

Mala índole (4)

Por Resumen de lo publicadoTodo empezó cuando el joven español Roy se incorpora como asesor de idioma al regimiento de colaboradores, ayudantes y consejeros del rodaje de Fun in Acapulco, una absurda película de Elvis Presley. Una noche se van de juerga a México DF Elvis, Roy, el grotesco y pelota McGraw -un magnate pueblerino y zafio-, Sherry, una joven actriz secundaria, y Hank, el piloto que los ha llevado hasta la capital.

Fuimos a caer a un tugurio antipático y con mala vigilancia, o era que los matones estaban para proteger a los dueños antes que a ningún cliente, aunque fuera un famoso gringo. Nos metíamos donde se nos antojaba, según la pinta externa del antro y lo anunciado en sus carteles, fotos de cantantes o bailarinas mexicanas casi siempre, unas pocas brasileñas con el aire apócrifo. Había bastante gente en una atmósfera que se masticaba bronca, pero era el tercer alto de nuestra velada y no andábamos exiguos de tequila, así que nos fuimos a una barra y nos pusimos en fila haciéndonos hueco con modales no del todo exquisitos, en el lugar no habrían pegado.

Al otro lado de la pista de baile había una mesa llamativa, eran siete u ocho con aspecto rico y a la vez poco educado, cinco hombres y unas tres mujeres, éstas tal vez alquiladas por noche o contratadas a diario, nos miraron insistentemente ellas y ellos pese a que dábamos la espalda a la pista y por lo tanto a su mesa contigua. Quizá eran tipos a los que gustaba ver bailar a los otros de cerca, las mujeres sí lo hacían pero de ellos sólo uno, el más joven, un individuo flexible con altos pómulos y facha de guardaespaldas, y esa facha la compartía con dos más que se estaban quietos, no dejaban solos a sus patrones ni un minuto. No parecían del local, resultaron serlo, uno de los patrones lo era también del sitio, un sujeto anodino en México, de unos treinta y cinco años con bigote y pelo rizado, pero en Hollywood lo habrían contratado como a un nuevo Ricardo Montalbán o Gilbert Roland o César Romero, era alto y apuesto y llevaba las mangas de la camisa muy subidas, enrolladas cuidadosamente y haciendo asomar unos bíceps que ponía a prueba a cada instante. Su socio o lo que fuese era un gordo de tez muy blanca, de extracción más europea, con el pelo planchado hacia atrás como si fuera un gomoso y en la nuca demasiado largo, las canas no se las teñía empero. En nuestro tiempo habría dicho que eran mafiosos lavados, pero esa expresión no se empleaba entonces: individuos fulminantes pero en principio intachables, propietarios de restaurantes o tiendas o bares y hasta de ranchos, empresarios con asalariados que los acompañan a donde vayan, y si hace falta los protegen de los peones y aun de algún capataz equivocado. El gordo sostenía en la mano un inmenso pañuelo verde con el que alternativamente se secaba la frente y aireaba la atmósfera como si espantara moscas o propiciara magias, invadiendo con él la pista un segundo.

No se armó mucho revuelo a nuestra llegada porque nos acodamos de espaldas y porque Hank, que era enorme, se interpuso entre el señor Presley y las tres o cuatro mujeres que al principio se nos acercaron, se interpuso muy disuasorio. Al cabo de unos minutos Presley giró en su taburete y miró hacia la pista, hubo un murmullo, él bebió como si no hubiera nadie y las voces se amortiguaron. Con su mirada a veces vidriosa tenía capacidad para aplacar a las muchedumbres, era como si no las viera y las anulara, o hacía leves gestos faciales que parecían prometer algo bueno para más tarde. Él mismo estaba pacífico entonces, bebiendo de su copa y mirando bailar a los hermanos mexicanos, era como si a ratos le entrara melancolía. No le duraba nada.

Pero George McGraw no tenía freno, un individuo exasperante y desde luego infatigable a la hora de realizar proezas, y si veía a Presley tranquilo, lejos de adecuarse e imitarlo en eso, aprovechaba para intentar brillar más y eclipsarlo, tarea vana. Quiso sacar a bailar a Sherry conminándola casi, pero ella no lo acompañó a la pista e hizo un mal ademán, se tapó la nariz como indicando que allí olía a tigre, y vi que eso no pasó inadvertido al gordo de la melenita aceitosa, que arrugó las cejas, ni tampoco al nuevo César Montalbán o Ricardo Roland, que tensó el bíceps derecho más de la cuenta.

Así que McGraw salió contoneándose solo con pasitos muy cortos, los ojos como botones encendidos por la rumba trompetera que estaban tocando, y no se abstuvo de desplegar su repertorio de movimientos pavorosos ni de lanzar aullidos inoportunos y agudos, parecían una burla de los gritos mexicanos de jaleo. Hank y Presley lo observaron divertidos, estallaron en carcajadas y la joven Sherry los siguió por contagio y cortejo. Aquel dueño del George Herald era tan obsceno bailando que sus golpes de cadera furibunda importunaron a alguna mujer de la pista, y el guardaespaldas de los pómulos subidos, que se movía como una goma, lo mató en un parpadeo de sus ojos de indio, pero no se detuvo. Otros bailarines sí se pararon y se hicieron a un lado, no sé si por repugnancia o para contemplar a McGraw a sus anchas: éste daba tales sacudidas a su gorro de trampero o botones que uno temía que pudiera salir despedido y malbaratarse, olvidando que lo llevaba pegado al cuero cabelludo y que lo tenía a salvo. El problema fue que no viajaba con su toalla y debía de juzgarla elemento indispensable del baile, así que en un momento de descuido en que el gordo de la tez blanca lanzó un pañuelo al aire para ventilar el ambiente, McGraw se lo birló sin miramiento y se lo colocó de inmediato a la espalda sujetándolo por dos puntas y empezó a restregárselo hacia arriba y luego hacia abajo con la celeridad acostumbrada que le conocíamos ya de sobra. El gordo dejó la mano inerte extendida, no la retiró en seguida, como si no renunciara a recobrar su querido pañuelo verde -un fetiche acaso- en el instante siguiente al de su pérdida. De hecho intentaba alcanzarlo desde su asiento cuando McGraw se le arrimaba en su danza, cada vez más indecoroso. Fue un momento de sus recorridos en que retuvo demasiado la prenda o se complació con ella en las nalgas lo que hizo perder la paciencia al gordo. Se alzó un segundo -vi que era un gordo muy alto- y arrebató el pañuelo al bailón irredento con fastidio. Pero éste se dio la vuelta ágilmente y, antes de que el gordo se sentara de nuevo, se lo quitó otra vez con un gesto imperativo, estaba acostumbrado a imponer su voluntad y sus órdenes, allí en Tupelo o en Tuscaloosa. El instante fue cómico, y no me gustó ver que a Gilbert Romero y a los suyos no les hacía ninguna gracia, porque gracia tenía, con el gordo y el semigordo disputándose la seda verde junto a la pista de baile. Y aún me gustó menos lo que vino a continuación: el gordo del pelo tieso trocó su expresión de impaciencia en una de cólera fría y saña, y volvió a arrebatarle el pañuelo a McGraw de un manotazo a la vez que el guardaespaldas elástico le propinó un rodillazo en el riñón a éste que lo hizo caer de hinojos, su baile parado en seco. Como si estuviera ensayado -pero no podía estarlo-, el siguiente movimiento raudo del gordo fue ceñirle el pañuelo al cuello a McGraw de rodillas y empezar a tirar de las puntas para estrangularlo allí mismo. La tela se adelgazó y tensó inverosímilmente y perdió todo vuelo en un segundo, quedó como una cuerda fina y desapareció su verde, una cuerda que apretaba. El gordo tiraba de las dos puntas con fuerza, la tez roja como un filete y la expresión despiadada, como quien anuda un paquete engorroso maquinalmente y con prisas. Creí que lo mataba en el sitio, como un relámpago y sin decir palabra, delante de cien testigos sobre la pista de baile, que en un instante se vació del todo. Confieso que no supe reaccionar, o quizá sentí que nos veríamos libres del magnate de pueblo, me limité a pensar (o lo pensé más tarde pero lo atribuyo a entonces): "Lo mata, lo mata, lo está matando, nadie podía preverlo, la muerte puede ser tan idiota e inesperada como se cuenta, uno entra en un garito y no imagina que allí acaba todo de forma ridícula y en un segundo, uno, dos y tres y cuatro, y cada segundo que pasa sin que intervenga nadie hace más segura esta muerte irreversible, la muerte que está sucediendo, la estamos viendo, a un rico de Chattanooga lo mata un gordo en Ciudad de México ante nuestros ojos."Luego me vi gritando cosas en español en la pista, todos en ella, Presley agarrando de las solapas al hombre de goma que se zafó de una palmada seca, Hank con el pañuelo en la mano, le había dado un empellón al gordo que lo había devuelto a su asiento haciendo que se vertieran las copas de la mesa de Roland. Aquellos tipos no llevaban navajas o no solamente, eran bien adultos y no eran peones sino capataces y propietarios y llevaban pistolas, lo vi claro en los gestos de los otros dos matones, uno al pecho y el otro a un costado, aunque los frenó Montalbán abriendo una mano horizontal como si dijera: "Cinco". Hank era el más excitado, también él llevaba pistola siempre, no le había echado mano por suerte, se excita más quien tiene un arma cuando prevé que podría usarla. Hizo un ovillo con el pañuelo y se lo tiró al gordo de las malas pulgas diciéndole en inglés: "¿Está loco o qué? Ha podido matarlo". Flotó la seda en su viaje.-¿Qué ha dicho ese? -me preguntó Romero en seguida, ya se había dado cuenta de que yo era el único de la partida que hablaba la lengua.-Que si está loco, ha podido matarlo -contesté automáticamente- No es para tanto -añadí de mi cosecha.La cosa no iba a mayores, ahora cada segundo que transcurría o jadeo haría disminuir la tensión, un altercado sin importancia, la música, el calor, el tequila, un extranjero comportándose como un crío mimado, se iba incorporando ayudado por Sherry, tosía violentamente, se lo veía asustado y sin comprender que a él pudiera habérsele hecho daño. Estaba bien, en realidad no había dado tiempo a gran cosa o el gordo era menos fuerte de lo que parecía.

-La nena vieja se puso pesada con el amigo Julio y Julio se cansa pronto -dijo Romero Ricardo-. Será mejor que se la lleven rápido. Váyanse todos, las copas están pagadas.

-¿Qué ha dicho? -me preguntó Presley en seguida. También tenía urgencia por entender, saber qué ocurría y qué se decía, lo vi deslizarse hacia la pendencia, el espectro de James Dean lo visitaba y me dio mala espina. Sus propias películas eran demasiado blandas para contentar a aquel espectro con ellas. Hank le hizo un gesto con la cabeza de que nos fuéramos, hacia la puerta.-Que nos vayamos rápido. Nos invita a las copas.-¿Y qué más? Ha dicho más.-Ha insultado al señor McGraw, eso es todo.Elvis Presley era amigo de sus amigos, al menos de los antiguos, tenía sentido de la lealtad y mucho orgullo y nadie le daba órdenes desde hacía muchos años. De la melancolía a la pendencia sólo hay un paso.

-Lo ha insultado. Ese tipo lo ha insultado. Primero intentan matarlo y después lo insultan. ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho, vamos? ¿Y quién es él para decir que nos vayamos?-¿Qué ha dicho? -le tocó ahora preguntarme a Romero. Se ponían furiosos de no entenderse, eso altera los nervios cuando se discute.-Que quién es usted para decir que nos vayamos.-Han oído, Julio, muchachos, me pregunta el gachupín que quién soy yo para ponerlos en la calle -contestó Montalbán sin mirarme. Me extrañó (si es que dio tiempo a tanto) que dijera que yo preguntaba: preguntaba el señor Presley y yo sólo traducía, fue un aviso del que no hice caso, o el aviso lo recuperé tarde, cuando uno revive lo sucedido, o lo reconstruye-. Soy aquí el propietario. Aquí soy el dueño, por muy famoso que sea su patrón -repitió con un ligero trémolo de uno de sus bíceps móviles. Eran antipáticos, mi patrón no les impresionaba, no habían ido a saludarlo a nuestra llegada y ahora nos echaban-. Y les digo que se larguen y se lleven a la bailona. La quiero ya fuera de mi vista, no espero.Continuará

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de agosto de 1996