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Tribuna:

Mi perra

Hoy, justamente, hoy, en mitad de la resaca. de las elecciones, entre cómputos y análisis, no tengo ningún deseo de hablar de política. Creo que necesito volver a lo tangible, a lo cotidiano y sustancial, a todo eso tan pequeño y tan importante que nos hace personas. A mi perra, por ejemplo, que es gorda y grande y vieja. La tengo desde que era un grumo de piel de apenas mes y medio; ahora ronda ya los doce años y está bastante torpe y medio cegata, además de sorda como una piedra: los berridos con los que la tengo que llamar, mientras ella camina a mi lado impertérrita, dejan a los peatones estupefactos.Esto de los animales domésticos es una cosa rara. Entran en nuestras familias, nos aman, crecen y se mueren. Sus vidas son mucho más cortas que las nuestras, de modo que la velocidad de su envejecimiento nos permite apreciar (o más bien nos obliga a aceptar) la fugacidad de la existencia. En un mundo en el que impera el aturdimiento y que esconde el dolor y el deterioro, la presencia cercana de un animal doméstico, con su alegría y su necesidad y su decadencia y su mortalidad evidentes y básicas, nos enseña de qué material está hecha la vida. Y así, los perros son como las calaveras, del arte barroco, un recordatorio de que polvo somos; o como el retrato de Dorian Gray, en donde podemos atisbar, como en un espejo acelerado, la vejez que nos aguarda.

A menudo miro a mi perra, a la que recuerdo joven y alocada y atlética hace tan poco, y me pregunto si también ella tendrá, como tenemos los humanos, el barrunto de la melancolía de lo perdido. Si conservará en su cerebro chico la memoria de lo que fue, si suspirará soñando que vuelve a correr tras los gatos vecinos (ahora ya ni lo intenta). A menudo la miro, en fin, tan tranquila en su ruina, e intento desentrañar el misterio inquietante de lo efímero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de marzo de 1996