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Editorial:

Bombas contra la paz

EL PROCESO de paz en Oriente Próximo sufrió ayer un nuevo y sangriento ataque que sembró de cadáveres las calles de Tel Aviv. Era el cuarto atentado suicida en nueve días, el segundo en menos de veinticuatro horas. Con esto son ya casi sesenta las víctimas mortales de la renovada y salvaje ofensiva del grupo radical Hamás contra la población israelí. Los heridos se cuentan por centenares. Los terroristas del integrismo palestino han conseguido elevar a niveles casi insoportables el deseo de venganza de los israelíes, provocar la angustia de los palestinos deseosos de paz y la inquietud de la comunidad internacional.Cada bomba y cada muerto hacen crecer en Israel el número de los que piensan que realmente la paz es imposible o al menos que el proceso abierto por Arafat y el asesinado primer ministro Rabin debilita gravemente la seguridad israelí. En estas circunstancias, se diluyen las posibilidades del laborista Simón Peres, abanderado del proceso de paz, de ganar las elecciones legislativas israelíes anticipadas al próximo 29 de mayo. En cuanto al proceso en sí mismo, está, como mínimo, congelado indefinidamente, y con él, la posibilidad de nuevos pasos positivos en el largo y doloroso camino de los palestinos hacia su libertad y autogobierno.

En medio de tantos signos ominosos, la única nota positiva de la jornada de ayer fue la manifestación de miles de palestinos de Gaza contra la violencia terrorista de Hamás y a favor de la paz con Israel, convocada por Al Fatah, el grupo de Yasir Arafat. Éste sabe que en la situación creada ya no bastan sus condenas de los atentados y que la única forma de salvar el proceso de paz es una acción efectiva y contundente de las autoridades palestinas contra Hamás. En Gaza prosiguieron ayer las detenciones por parte de la policía palestina de activistas de ese movimiento. Unos 350 han sido encarcelados desde la reanudación del terrorismo islamista.

La terrible violencia desplegada por Hamás está teniendo frutos inmediatos en forma de crispación, confusión y más violencia. Los enfrentamientos en Hebrón entre palestinos, de un lado, y soldados israelíes y colonos judíos, del otro, proliferan; Jerusalén está tomada por el Ejército israelí, y el Gobierno laborista de Peres y la Autoridad Nacional Palestina de Arafat intercambian agrias acusaciones. Sometido a terribles presiones por parte de la opinión pública israelí, Peres ya ha vinculado la continuidad del proceso de paz a los resultados de la lucha de Arafat contra Hamás. Y aunque de momento hace oídos sordos a las numerosas voces que se levantan en Israel para pedir la intervención de, su Ejército en los territorios palestinos autónomos, se ha limitado a cerrar las fronteras con Gaza y CisJordania, lo que supone en sí mismo un duro castigo colectivo para las decenas de miles de palestinos que viven de su trabajo en territorio israelí.

Israel ha comenzado a levantar barreras militares y electrónicas para crear una zona de seguridad de dos kilómetros de profundidad a lo largo de su frontera con Cisjordania. El Gobierno de Peres reafirmó ayer su compromiso con el proceso de paz, pero dejó claro que su prioridad actual es garantizar la seguridad de la población israelí, y exige un compromiso de Arafat en ese sentido. Es improbable que el líder palestino esté en disposición de realizar con su incipiente policía lo que el poderoso Ejército israelí no logró en décadas de ocupación, pero el proceso de paz ya no puede sostenerse tan sólo con la paciencia de los israelíes y palestinos de buena voluntad. Requiere una urgente cooperación israelo-palestina que produzca resultados efectivos e inmediatos en la lucha contra Hamás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de marzo de 1996