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CARTAS AL DIRECTOR

Los jurados y la democracia

Santa Cruz de Tenerife.

En contestación a la carta Jurados populares, publicada por EL PAÍS el 24 de septiembre, en la que la autora expresa sus temores sobre la efectividad de los jurados y duda de la pureza, de sus actuaciones, pensando que ciudadanos poco cívicos puedan formar parte de dichos jurados, yo respondo que cuestionar la aptitud de una clase de ciudadanos para esa función es lo mismo que cuestionar el voto igual para todos en democracia.Por otra parte, hoy la imagen pública de los jueces está muy minada, si nos atenemos a la reciente encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en la que se observa que sólo el 21% de los españoles consultados dice sentir mucha o bastante confianza y protección ante un juez, mientras que el 41% dice sentir poca o muy poca.

Los jurados son, actualmente, una necesidad social, nos asuste o no, porque peor sería que creciera esa creencia dominante sobre el trato penal desigual que, presuntamente, se les da a los ciudadanos en los juzgados.- En la sección de Cartas al Director de EL PAÍS he leído la apurada consulta de un ciudadano ante la eventualidad de que le toque ser jurado.

Pregunta qué tiene que hacer para constituirse en objetor de conciencia y así sacudirse la enojosa obligación de llegar a ser uno de los "nueve hombres sin piedad" (no 12, como en Estados Unidos) que dictarán veredicto sobre la culpabilidad o inocencia de los transgresores de la ley. A eso contesto que no es preciso ser objetor ni nada por el estilo: sólo disponer de 50.000 pesetas que, como multa, habrá de satisfacer al desoír el "patriótico llamamiento".

En estos tiempos que corren no es mucho (tal como están los precios) y así se sacude el embolado que le echan encima. Es lo que haré yo de mil amores ahora, y también si, en los próximos comicios generales, me toca la china de salir como presidente o vocal de mesa electorera.

Pago lo que sea, pero a mí no me ven en esos lares. Si tiene ocasión, comunique esto al amigo angustiado.- José F. González Serrano. Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de septiembre de 1995