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Tribuna:A LA INTEMPERIE

"Los pájaros"

He visto las fotos de Melanie Griffith y Antonio Banderas saliendo de Lucio, me parece, y paseando por la Plaza Mayor. El actor estaba enseñándole la ciudad. Intento imaginarme el Madrid que le habrá mostrado: el de los Austrias, quizá. Ella regresará a casa con la idea de que en esta ciudad se hacen los mejores huevos estrellados del mundo y si vuelve en alguna ocasión con una prima, la llevará a Casa Lucio. A lo mejor van a Segovia también y desorganizan un cochinillo asado con un plato. ¿Habrá visto Melanie Griffith Madrid? ¿Lo habría visto aún en el caso de que Banderas le hubiera enseñado el parque de Berlín?No, es imposible: Madrid carece de especificidad. No tiene nada, ni un barrio, ni un edificio, ni un parque, ni una torre, nada, absolutamente nada, que al tiempo de verlo estés viendo Madrid. ¿Por qué la iglesia de los Jerónimos, pongamos por caso, es más Madrid que el tanatorio de la M-30, a donde hemos ido a despedir ya a tanta gente? ¿Por qué, la calle Mayor, más que López de Hoyos, por donde pasaban en los sesenta unos tranvías de cuyo trole nos colgábamos jugándonos la vida? Hablando de López de Hoyos: allí hubo un cine homónimo, de sesión continua, donde yo vi por primera vez Los pájaros, de Hitchcock, en la que hacía un papelón la madre de Melanie Griffith. ¿Le habrá enseñado Banderas el cine donde él vio de adolescente esta película? Espero que sí, porque, si la miró con atención, el destino tuvo que enviarle alguna señal de que aquella inquietante actriz era la madre de, la que unos años más tarde sería su novia.La realidad es una ilusión de los sentidos, sin duda alguna. Me imagino a Antonio Banderas en ese cine de Madrid, donde vio por primera vez Los pájaros, cogiendo ahora de la mano a Melanie Griffith. Afuera hace 40 grados a la sombra, pero la sala está refrigerada y los cuerpos se acercan buscando cada uno el calor del otro. No sé qué película ponen, o echan, como decíamos entonces, da igual, el caso es que Banderas evoca el momento en el que vio Los pájaros en ese mismo cine. Quizá tenía, como ahora, una chica al lado que en lugar de llamarse Melanie se llamaría Paquita, Menchu, o Almudena. Quizá, a pesar del aire acondicionado, Antonio se ponga a sudar pensando que cuando se acabe la película y se enciendan las luces, en lugar de Melanie, estará Paquita a su lado. Al fin y al cabo, todas las películas se acaban. No, no se acaban, las películas no se terminan nunca. Uno las continúa por su cuenta cuando abandona el cine, aquel salón climatizado. de la adolescencia. Estamos hechos por el cine. Nuestras vidas no son más que la continuación de todas aquellas películas que vimos en el López de Hoyos. A unos les ha ido mejor que a otros, porque no hay papeles de protagonista para todos, pero si miras la realidad como lo que es, o sea, como una ilusión de los sentidos, como una forma de relato perteneciente al género fantástico, te darás cuenta de que tu vida no ha sido menos inquietante que la de Banderas, al que Trueba, involuntariamente, ha convertido en el yerno de Hitchcock o algo así. Tal vez, sin saberlo, a través de las páginas amables del periódico, que nos van contando el suave idilio de esta pareja, estamos asistiendo a una historia de terror urdida desde ultratumba por aquel gordo malicioso. De hecho, he leído que Banderas se ha ido a Málaga para que su madre conozca a Melanie.

Qué fuerte.

En cualquier caso, ese cine de barrio en el que nuestro actor más mundial vio Los pájaros, y conoció el terror metafísico al mismo tiempo que se enamoraba de su suegra, ese cine, digo, es hoy, junto a Melanie, el único Madrid de Antonio Banderas. ¿Qué hace, pues, llevándosela a comer a Lucio? Probablemente, representar, a su pesar, uno de esos guiones de Hitchcock que empiezan de una manera amable, con un Óscar, por ejemplo, concedido a un director español, Fernando Trueba, aunque el te rror sutil del maestro ha comenzado ya a filtrarse, como un humo letal, por las rendijas de la pared. No sabemos dónde está Madrid. Ni quién escribe el guión de nuestra vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de agosto de 1995