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¿Divorcio sin matrimonio?

Las intervenciones políticas de Jordi Pujol muy a menudo producen idéntica sensación que aquellas otras que hacía Cambó a comienzos de siglo. Ese juego mental con las posibilidades ofrecidas por la situación es apreciado de manera distinta por los observadores que oscilan, en su juicio, entre considerarle un modelo de estadista y un ser perverso pero, siempre ponderan su inteligencia. Se reproduce en su caso el juicio que hizo Rahola sobre Cambó y que Pla cita en la biografía que escribió sobre éste. Ante Pujol, como ante Cambó, se siente la impresión de estar ante un político de la cabeza a los pies al lado del cual todos los demás son poco menos que dilettantes.La advertencia que ha hecho al presidente del Gobierno contiene tal constelación de matices sibilinos que más bien parece el comienzo de una partida de ajedrez que el anuncio de una disputa matrimonial. El balance positivo de la colaboración y la existencia de una campaña, no sólo anticatalanista sino también anticatalana, justificarían el mantenimiento de la situación mientras que la multiplicación de escándalos y sobre todo la magnitud del último -todo un aparato del Estado convertido en violador de los derechos de los individuos- harían pensar en la necesidad de un cambio y en su previsión en el tiempo. Sin prestar atención a la algarabía de la oposición, González ha respondido a una finta con otra: acepta enunciar un calendario electoral, aunque sea lo más impreciso posible, pero esgrime un posible programa izquierdista -aborto- y declara hasta dónde no está dispuesto a llegar, es decir, a un gobierno sin un apoyo parlamentario estable.

Este dúo de sopranos tiene experiencia y calidad pero resulta mucho más que dudoso que esté ajustado a las circunstancias que se viven en España. Hay un momento en la democracia en que los profesionales de la política cansan por el solo hecho de aparecer en escena y la suma de los años que llevan ambos en el poder empieza a acercarse mas al tercio que al cuarto de un siglo. Uno tiene la impresión de que tenderían, si se tratara tan sólo de ellos mismos, a convertirse en una especie de matrimonio distante y convencional sin intimidad pero también sin asperezas.

Pujol no puede escenificar bien el divorcio por la sencilla razón de no ha existido un matrimonio previo. Es muy reconfortante poder decir a estas alturas que hizo bien en no estar en el gobierno, dado lo que luego se ha visto, pero si eso hubiera sido previsible en toda su magnitud no hubiera existido ocasión para el matrimonio porque el PSOE no habría ganado las elecciones. Sobre la negativa a entrar en el gobierno en junio de 1993 gravitaron el recuerdo de la operación reformista y una visión del catalanismo antitética, en la táctica, a la de Roca. De ese pecado original ha derivado todo lo demás: se ha atribuido a CiU un exceso de responsabilidad en la tarea gubernamental y, al mismo tiempo, no le ha sido posible controlar el tratamiento de los escándalos.

En cuanto a Felipe González, es lícito dudar también de su voluntad matrimonial. La verdad es que, aunque. en junio de 1993 hiciera su declaración de amor, existe la fundada sospecha sobre la firmeza de su deseo de cambiar desde la confortable situación de hegemonía parlamentaria de la que disfrutaba a otra más adecuada a las circunstancias. No ha aprendido a gobernar en minoría y ahora el divorcio se le plantea como un incordio porque, en realidad, lo que da la sensación de que le apetece es o bien ese matrimonio convencional o bien el puro y simple abandono del domicilio conyugal. Tiene ganas de dejar el Poder y eso -que se entiende- es, además, positivo. Una contienda electoral con él como protagonista se convertirá, de forma necesaria, en un discurso sobre el pasado.

Así las cosas, el panorama nacional pende de los hilos de contingencias imprevisibles, nada controlables además por los políticos. Nadie puede dudar que habrá algún nuevo escándalo pero la Filesa del PP nos descubre que eso ahora puede tener un efecto inédito. Dominados hasta tal punto por las circunstancias, lo que tenemos derecho a esperar es, al menos, la capacidad para proporcionamos un calendario. A eso debieran dedicarse ahora los esfuerzos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0007, 07 de julio de 1995.

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